Casi pareciera una maniobra paradójica el que el producto de una inteligencia singularmente sensible, fuese a parar a un olvido determinado por las circunstancias sociales y educativas. A mí me parece que esto es lo que ocurre actualmente con la obra de Severo Sarduy. Está visto que todo lo exquisito, es materia de lamentable indiferencia por parte de esta sociedad fascinada con la tecnología y que en el camino alienante a la que ha sido arrojada, va perdiendo casi todos sus referentes culturales o a trocarlos en otros decididamente someros: todo el universo que venga de Estados Unidos bajo cualquier forma y contenido.
No creo que cuando Sarduy escribía, su identidad sexual supusiera una limitación o marginación expresa. Las virtudes literarias de Sarduy eran notables y eligió, por regla general, destinar la narrativa a contenidos eróticos, cuando no, claramente gay, y reflejar en la poesía y en su obra ensayística el barroco mundo bautizado por las musas de Lezama Lima y los estilos cubanos.
A Sarduy le tocó en suerte el florecimiento de la cultura pop y supo bien explotar las nuevas imágenes que de la cultura hizo emerger la sociedad del momento, las relajadas y pululantes formas de desplegarse que las vanguardias plásticas y literarias articularon, haciendo colindantes las pinturas de un Andy Warhol con las teorías semióticas más en boga, los descubrimientos de simbolismos y surrealismos con las definiciones de la antropología y sociología últimas.
Un joven, adicto al móvil y que se mueva casi exclusivamente en los confines de las redes sociales, si se le ocurre echar un vistazo a las lucubraciones de Sarduy sobre el movimiento del barroco aplicado a toda estética y ámbito, o a su poesía, apenas descubrirá que los textos están escritos en español.
El genio de Sarduy tuvo el atrevimiento de trabajar con Roland Barthes, reivindicando sus tendencias homosexuales, escribiendo profusos y originales estudios sobre lo que implicaba el barroco, y, además, interesarse por todo lo que se estaba haciendo en América y Europa, relativo al arte. En este ámbito, en el de la imagen, Sarduy halló un sobre estímulo a su dinámica escritura.
Dinámica virtud que hoy no encuentra lectores como no sean los pertenecientes a la docencia. Al menos, eso es lo que yo percibo. El nombre de Sarduy no lo localizo ni en efemérides, ni en congresos, mesas redondas o reediciones.
La sensación que tengo al respecto es extraña: constatar que una obra literaria tan diversa en géneros e inteligente en propuestas y desarrollos, no disfrute de vida, de lectores, al verse marginada por el cambio de gustos o hábitos de las últimas generaciones. ¿Qué hacer con una obra así de enclaustrada? ¿Sirvió a la humanidad, realmente, o sólo a los lectores del momento de su publicación? La supermodernidad de un espíritu como el del Sarduy literario, ¿obró en contra de sí mismo, en contra del alcance de sus obras en el tiempo? Se dice que una ardiente manifestación del espíritu dura lo que dura tal manifestación. Los años sesenta y setenta fueron fructíferos en materia artístico plástica y en la elaboración alternativa de teorías, especialmente, filosóficas, literarias, sociológicas o estéticas. Quien presumiera de inteligencia, ¿se atrevió a mezclar todas estas teorías y transplantar sus audacias varias a la escritura literaria, a la escritura poética? Complicadamente, ¿llevaría acabo tales operaciones por estar de moda? No creo que a Sarduy se le pueda acusar de tal pose, pero quizá la sociedad misma, la cultura del momento sí llevaba implícito tal gesto.
Lo repito. Como lector, las sensaciones que tengo al abordar textos de Sarduy, se rozan cuando no, se hieren de una suerte de anacronismo que, al mismo tiempo, por mi parte, experimento como un gesto de desprecio por lo que la gente lee actualmente. Si decido leer a gente como Sarduy, como Lezama, como René Char, es en parte por una decisión autoafirmativa: defiendo mi mundo ante las preferencias, cada vez más chocantes e insustanciales, de la sociedad del momento.

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