Hasta ahora, lo que resultaba más accesible en el mercado eran ediciones incompletas o bien, fragmentos y partes de este notable Viaje a Italia del que Siruela decide mostrarnos la relación íntegra de textos que nuestro clásico escribió durante su periplo transalpino. Para Moratín la anotación sucesiva de todo lo que ve ya supone un marco repleto de contenido como para explayarse en lucubraciones paisajísticas o históricas, o bien, forzar relatos entorno a los lugares visitados.
El texto de Moratín es un pululante cuaderno de notas que sin inventar historias que pudieran funcionar como adornos retóricos de lo que refiere, sostiene la atención y el interés del lector al permitir que la realidad, con toda su sorpresiva carga de datos y apariencias, fluya abundantemente. Moratín, funciona más que como un reportero, directamente, como una cámara fotográfica: no cesa de informarnos de lo que visiona y de las sensaciones que le produce eso que ve continuamente y que continuamente se transforma. El texto de Moratín tiene la gravedad del informe y la amenidad visual de un reportaje escrito sintéticamente.
Si comparamos el libro de Moratín con el de Emilio Castelar sobre el mismo destino, Italia, las diferencias entre un neoclásico barroco y un romántico inspirado, saltan a la vista. Mientras que Moratín enumera arquitecturas, calles, plazas, vestimentas y aspecto de los lugareños y hace chistes de vez en cuando, Castelar se mantiene poseído de la belleza de las ciudades que visita y se siente portador de una civilización cuyo máximo mensaje es la belleza. Moratín también es sensible a la belleza de lo que ve pero no se entusiasma de más, integra lo notable en el cuadro mayor de lo que describe como elemento a destacar y considerar. Castelar advierte atmósferas numinosas ante el ocaso de la civilización romana y otras, igualmente europeas. Castelar se detiene en la sustantividad del detalle advertido, en el análisis de lo cualitativamente percibido y del mismo modo, descrito.
Moratín nos ofrece, en suma, un repertorio de objetos y apariencias que conjunta en archivos relativos a ciudades y pasajes. Semióticamente, pues, se presta a un examen que nos revelaría qué era lo destacable en una gran ciudad para un hombre de su época, desde el punto de vista de la arquitectura o de la habitabilidad. Y la verdad es que los pormenorizados balances de Moratín, resultan muy prácticos. Cuando una ciudad es atractiva por su transitabilidad, por la existencia de parques, fuentes, caminos arbolados, museos, cafés, sitios de recreo, lo refriere y destaca con respecto a otros confines urbanos más desangelados o peor diseñados.
Si tildamos el texto de Moratín como algo mecánico, nos equivocaremos. Nuestro escritor no para de quejarse de lo incómodas que resultan las montaduras de diligencias y afines, o de las pestilencias que emergen de aguas estancadas en los límites de las ciudades, o del aspecto deprimente de algunos aldeanos que no parecen muy felices. Y a propósito de ello, de vez en cuando, hace alguna observación que resulta muy chistosa. Son estos pasajes de humor los que hacen del texto algo muy cercano, indiscutiblemente nuestro y borra el tiempo que dista entre nosotros y las andanzas del redactor.

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