El otro día estuve en la sala de exposiciones de Las Verónicas, en Murcia, y estuve echándole un vistazo a la obra de Gonzalo Sicre, allí expuesta.
La primera impresión es, valga la redundancia, impresionante: un brote de inmensidad cromática te asalta desde los puntos estratégicos de la sala, como si fuera aquello el aviso de que una inminencia de carácter extraordinario fuera a acaecer. Los flujos abstractos de color, volcados sobre nuestra mirada, amenazaban con desbordar sus marcos y sumirnos en la ceguera con que la divinidad castiga a quien ose observarla directamente.
La enormidad de las imágenes delimitaban una presencia que no obstante no revelaba un rostro humano inteligible sino la amenaza de algo tan inconcreto como ciclópeo. Los vapores que se elevan son más la expresión de un devenir remoto definido, en todo caso, en la evolución de sus masas.
La instalación de Sicre impresiona por el efectismo de sus dimensiones, pero sobre todo porque ha sabido presentarnos los límites de aproximamiento a lo innombrable sin que lleguemos a salir escaldados de tal encuentro: las astillas que el aura de la divinidad expulsa a su alrededor apenas pestañea.
La obra de Sicre supone una suerte de apocalipsis silencioso desmantelando el tiempo.
Los trasuntos de libros sagrados arden en la cámara secreta de la sala, bajo el rayo que delimita sus bordes de pergamino atemporal. El contenido de la serie de libros que en realidad es, físicamente, sólo uno, únicamente puede ser leído por la luz cenital que nos acaricia desde lo alto. Es por ello que los "textos" resulten indescifrables.
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