martes, 16 de marzo de 2010


ENTRADAS ANTIGUAS

Lo que más me fastidia de la factura técnica de los blogs es ese dispositivo, para mí, exasperante, de las "entradas antiguas". Resulta que lo que escribistes antes de ayer puede ser ya antiguo pasado mañana, es decir, deja de tener valor, ya que el máximo valor en internet es la eficacia informativa, la joditera velocidad, lo cual implica excluir otro modo de acceso a la realidad que no sea la consumición instantánea de la noticia, del dato. ¿Por qué tanta maldita prisa? Pero esa "prisa" es inevitable teniendo en cuenta la naturaleza del tipo de herramienta que estamos utilizando. Ninguna expresión más paradigmática del concepto de tiempo en el espacio y más explícita de este viajar a la velocidad de la luz que las "entradas antiguas" de marras. La densidad, el paladeo verbal del concepto, la calma constatación tangible de lo que haces, fuera del circuito, para los libros impresos y el profiláctico distanciamiento de las pantallas hipnóticas.
Pero una cosa es disfrutar del fragmento, del microrelato, del acceso a la información puntual, y otra atomizar contenidos sistemáticamente. Lo que ocurre es que la actualización continua conlleva la pulverización de la información que se va acumulando (en el limbo de las "entradas antiguas", por ejemplo), y aunque esa mole de información antigua esté siempre disponible, el hecho de que lo que escribas en internet esté destinado a una cuasi eliminación instantánea, no deja de producir cierta ansiedad y una sensación de fantasmidad envolviendo lo que acabas de elaborar. Son las consecuencias de escribir en un medio virtual: es la velocidad la que niega el monumento verbal de la palabra impresa, la que desmenuza toda duración al erigir la instanteneidad en absoluta. En internet no hay, propiamente duración, sino flujo, renovación constante de la información. Podríamos imaginar una máquina cuya única operación fuera la de sostenerse indefinidamente consumiendo una energía infinita.
Andoni Alonso e Iñaki Arzoz (Cibergolem) critican el "misticismo digitalista y la filososofía tecnohermética" que surcan el mundo del ciberespacio y subrayan el desprecio implícito hacia el cuerpo de corte protestante que aquí se revela, pues, no sólo se piensa con el cerebro, sino también con el cuerpo.
De todos modos, las ventajas de utilizar un medio virtual no pueden efectuarse sino a costa de sacrificar cierta noción de duración, por lo que algunos autores han preferido publicar sus blogs en formato impreso, es decir, convertirlos en un libro: una forma "cerrada" de preservar los contenidos que viajan por un canal ilimitado pero impalpable.

viernes, 12 de marzo de 2010




ASINCRONÍA

Cuando hablamos de fotografías antiguas, nos remitimos enseguida a una acogedora niebla poblada de cuerpos gaseosos y rostros remotos, velados (por el tiempo, claro). Pero, a veces, en el examen de alguna de esas fotografías que creíamos haber ubicado, podemos encontrar algún detalle que distorsione o contradiga la clasificación que hemos hecho de lo que se supone o nos suscita una imagen antigua. A veces son detalles sutiles, pero no invisibles para quien decida explorar un poco. Por ejemplo, hay algo, en la fotografía escogida por la editorial Páginas de Espuma para ilustrar la portada de las deliciosas Memorias de Alphonse Daudet, aparecidas hace una temporada, que me turba. Es un detalle, quizá insignificante, pero cuya singularidad yo no dejo de ver. Lo que muestra la fotografía es la calle Rivoli, en París. La imagen está tomada alrededor de 1865. El detalle que me perturba tiene que ver con la idealización del tiempo y su espontánea, recóndita desmitificación. En el marco que he recortado de la imagen total se encuentra el detalle en cuestión. Se ve a un par de trabajadores, - un hombre con un capazo y una mujer - , y junto a ellos, marchando de espaldas al visor de la cámara, un distinguido caballero con levita blanca, un burgués de la época, quizá un dandy o un aristócrata.
Observo una diferencia sutil entre los dos trabajadores que se han percatado de la presencia del fotógrafo y miran de frente y la desdeñosa figura del caballero que se aleja parsimoniosamente. La diferencia a la que aludo, no es, naturalmente, social o estética, sino de índole ontológica, representacional. Mientras que sobre los trabajadores parece que cae el peso del tiempo, y los veo "característicos" de la época, el hombre que se aleja, pese a su indumentaria y estar al lado de los otros dos, no consigo ubicarlo en el pasado, en una fecha tan remota como 1865. O sí, pero no de forma evocadora o melancólica. Hay algo en la figura, en la naturalidad de su gesto, que me la hace sorpresivamente corriente, actual. Los dos trabajadores tienen el rostro emborronado, están presos de su tiempo histórico, mientras que el individuo que se marcha, logra escapar - literalmente - del óxido del tiempo, gracias a ese movimiento de evasión soberana, a esa tranquilidad con que levanta un pie y se aleja. La diferencia radica en el estatismo de las figuras de los trabajadores y la posición en movimiento del caballero. Los dos trabajadores posan sin saberlo, mientras que el caballero se evade del registro de la memoria: habita el instante, el momento en que lo han pillado como un transeúnte más. La fotografía reciente de alguien andando de este modo por la calle, no se diferenciaría en nada de esa imagen, pese a la fecha en que ha sido tomada. Es esa naturalidad lo que le distingue y le salva de la momificación del tiempo, mientras que sus dos paisanos, parados como pasmarotes, ejercen con mayor evidencia como representantes típicos de la iconografía de las clases populares parisinas.

viernes, 5 de marzo de 2010




LIBROS DE VIEJO




Últimamente había llegado a pensar que ya no iba a encontrar cosas interesantes en las ferias de libros de ocasión. El material de un año a otro apenas variaba, lo que antes me atraía ahora no lo hacía tanto, los libros de "ocasión" habían dejado de ser baratos..... Por otro lado, actualmente, han ido apareciendo nuevas editoriales en España, pequeñas, medianas y no tan medianas, que son las que últimamente nos están descubriendo tanto obras como autores interesantes que no conocíamos, de tal modo, que la posibilidad de encontrar una "novedad" en los libros de viejo se ha ido reduciendo. Pero este año la feria de Murcia, aunque algo mermada, pues habían menos estantes que el año pasado, ha supuesto una agradable ocasión para recuperar los ánimos de búsqueda de otras temporadas. El pequeño puñado de obras con que me hice en mi última exploración: Leonardo da Vinci, de Sigmund Freud, la famosa biografía psicoanalítica del artista; Egipto, el fin de una época, de Pierre Loti; Historia de la parapsicología de Jon Aizpurúa; Sobre la naturaleza del significado, de Christensen; La civilización puesta a prueba, de Arnold Toynbee; una edición casi facsímil del diario de viaje que Gozenbach llevó entre 1887 y 1888 atravesando el mítico desierto del objetivo preferido por los exploradores decimonónicos, Viaje por el Nilo; Interpretación sintética del espiritismo, de Gustavo Geley, racional esfuerzo de afrontar unos hechos misteriosos; un libro de fotografías de Javier Campano; Plumazos de un viajero, obra del ilustre médico Antonio Pulido sobre sus viajes por Francia, Holanda, Bélgica, Alemania y lo que era por entonces el Imperio Austrohúngaro, en una edición sin cortar de 1893, y añadido a todo esto, un estupendo disco del organista de Jazz, Jimy Smith.
Me he dado cuenta de que con el tiempo, mis preferencias se han ido ordenando en dos grandes bloques: las lecturas más típicamente literarias, lecturas lineales, narrativas, en las que me abondono al placer de cursar el espacio y el tiempo infinitos y que suelen ser libros de viajes, diarios íntimos, autobiografías y menos frecuentemente, ficción ; y por otro, lecturas más puramente intelectuales, en las que disfruto de los meandros especulativos de la teoría: ensayos, obras de semiología, filosofía, crítica literaria, etcétera.
En el primer caso me dejo fascinar por la anécdota, por el misterio que arrastra y y se encuentra disperso en la prosa del mundo, reparando en el cómo y porqué del registro de los distintos autores; en el otro el placer no depende de recorrer itinerarios espaciales o temporales, sino de la irrigación luminosa del pensamiento, de la excitación de saberte en el centro de las revelaciones verbales. Ambas lecturas, aunque efectuadas sobre continentes distintos, obedecen al mismo motivo: el placer. Sobra la referencia barthesiana.
El libro de Geley sobre el espiritismo se sitúa en un estadio intermedio, ya que es una reflexión puntual hecha sobre algo en el mismo momento histórico en que ese algo, que para nosotros se ha convertido en poético, se producía, es decir: se trata de la obra de alguien que vivió la época de las sesiones espiritistas y experimentó con médiums, y que lleva a cabo un análisis todo lo riguroso que le es posible de aquel mundo que hoy se reduce, meramente, a una pintoresca iconografía: grupos de personas muy seriamente vestidas dormitando en torno a una mesa, poses hiératicas o crispadas de las mediums, gasas ectoplásmicas flotando en la oscuridad, fotografías borrosas...
La lectura del libro de Toynbee, La civilización puesta a prueba, resulta sorpresiva: los temas y problemas que plantea se encuentran actualmente en pleno debate y desenlace. Le dedicaré una breve reflexión más adelante. Resulta interesante comprobar cómo se transforma el libro según su utilización y ubicación. Si no se me hubiera ocurrido abrir el libro de Toynbee y hojear por encima su contenido, se hubiera quedado ahí,entre el montón de nichos de celulosa amarillenta que desbordaban el puesto. Quiero decir que ese libro que tú rescatas del resto indistinto, cuando lo tienes entre tus manos, le pasas un trapo y te lo llevas a casa, se transforma como objeto, como medio de transmitir una información. Su aspecto manoseado, sus bordes arrugados, sus manchurrones, dejan paso a una riqueza que estaba oculta cuando el volumen permanecía mezclado de modo infame con los otros. De esas páginas vejadas por el paso del tiempo emerge un discurso, un ensamblaje brillante de palabras que a través de tu lectura adquieren actualidad, aunque el texto haya sido escrito hace décadas. Brota la inteligencia y reconoces un espíritu común disimulado, momificado en un viejo volumen que sólo ha precisado de tu atención para resucitar.
El libro: según Borges, el mayor invento del hombre y el tipo de objeto con el que, literalmente, sueño con más frecuencia. No sé, me parece que sí, haber contado un sueño que tuve recientemente: soñé que tenía en mi biblioteca un libro de Wittgenstein, con media portada desgarrada, estrecho, de tamaño grande y color crema, titulado Lo Algo. La desilusión fue tremenda al despertar y comprobar que el tal libro no existía. Ahora con lo que fantaseo es con lo que el filósofo hubiera escrito en ese libro imaginario. Bueno, quién sabe. Quizá algún día me lo encuentre semienterrado en algún puesto de libros de viejo (en otro sueño).

martes, 2 de marzo de 2010


UN POETA QUE NO GANA UN MALDITO PREMIO, CONVERTIDO EN JURADO DE UN IMPORTANTE PREMIO LITERARIO


Durante años, he intentado, infructuosamente, ganar un premio de poesía, y de repente, ante la solicitación de un amigo, me encuentro formando parte del jurado de un premio internacional. ¿Esto qué es, una broma del azar, implica algún tipo de moraleja, o es que el destino quiere equilibrar mi situación de huérfano absoluto de premios con una suerte de compensación desmitificadora? El que debiera encontrarse entre los aspirantes, está, súbitamente, entre los que decidirán, parcialmente, qué obra sea la propiciatoria del premio. La cosa me gusta un poco, me da cierto.. poder, pero al mismo tiempo me angustia, confunde cuál es mi verdadero papel con respecto a esto de escribir.

Tener montañas, torres de poemarios que me llegaban a la cintura, por un lado me entusiasmaba, y por otro, como siempre ocurre con las imágenes de lo masivo, resultaba un tanto aniquilante y triste.

Cuando empecé la tarea, leer con atención cada uno de los libros, sentí una especie de... piedad, me atrevería a decir. ¿Quién soy yo para decidir, para quitarme de en medio este o aquel poemario? El candor, la gravedad, la agudeza, la delicadeza, el arrojo de unas voces sin rostro desfilaban delante de mí. El problema ya no es tanto ser justos con un discurso, sino con una realidad, una realidad social y mental, porque, por ejemplo, ¿qué hacer con los poemarios venidos de Latinoamérica, tan enrabietados y protestatarios como lúcidamente cargados de razón, pero que desde aquí no nos dejan de sonar panfletarios e incluso, anacrónicos? Descartar un poemario y otro, era como enviar a la sima el testimonio de alguien anónimo, pero real.

El "poder" transitorio que de pronto se me había concedido, me permitía acceder al conjunto de lo que llega a un concurso, y esto era como si me hubiera metido en la intimidad creadora del prójimo para así comparar sus escritos con lo que suelo enviar a otras convocatorias y poder preguntarme qué es lo que demonios hay que escribir para ganar un concurso de una puñetera vez, con qué trucos, solturas, complicidades, atrevimientos, hay que contar para seducir al jurado. Pero los premios de poesía, a fin de cuentas, son un absurdo: a todos los poetas habría que darles un premio por el hecho de serlo.

Lo más gratificante que he experimentado leyendo los 153 poemarios que me tocaron en suerte leer, ha sido constatar, que pese a todos los tópicos sociales que nos rodean, pese a la simplificación estupidizante que los medios de comunicación alimentan y producen, pese a la banalización de las cosas y la transformación del mundo en un espectáculo degradante y absurdo, la palabra poética está ahí, resistiendo, como un diamante fulgiendo a ras de tierra, afirmando su verdad y combatiendo con su decir soberano lo que ese gran Hermano de rostro invisible, lo que ese robotito que nos sustituye, nos ordena hacer o sentir.

viernes, 19 de febrero de 2010

A LOS SEGUIDORES DE ESTE BLOG
Perdonad que no me comunique directamente con vosotros, pero aunque escriba en un medio del cibermundo, sigo siendo un profano con esto de los enlaces y demás. No logro aclararme. En el caso de que dejárais algún mensaje en el blog, os contestaría sin problemas porque lo recibiria también en mi direción de correo electrónico. Os pido disculpas y gracias por estar ahí.

DIARIO DE NOTAS




Apenas leído el primer párrafo del libro de Loti sobre Egipto, - "La luna... ilumina un mundo que sin duda ya no es el nuestro"-, caigo en la cuenta: lo remoto hace alusión no sólo al tiempo histórico sino también a la significación de los símbolos. La presencia del símbolo parece tener su propio tiempo de vigencia. Aunque Loti se refiere más bien a una cultura, a una civilización, no a la relevancia estética o a la fuerza de símbolos específicos. De todos modos, una cosa se liga a la otra. Imaginar las edades de la Belleza, de los símbolos iría vinculado al estudio de las grandes civilizaciones en que se han producido esos estilos, esos modelos o formas, aunque el mundo de las formas pueda disfrutarse atemporalmente.


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Un fantasma se cruza con una loca en los pasillos de una vieja mansión.



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En el tren de cercanías un animado y pintoresco trío compuesto por una gitana, otra chica no gitana y un árabe, en plena juerga. La chica no gitana, la "paya", está colocada o borracha, no para de decir tonterías y de moverse en el asiento. La gitana le dice: "no estás en la calle", queriéndole decir que no grite, que se comporte. Las dos chicas llevan la ropa bien ajustada, un traje de una pieza pegado al cuerpo con la falda corta. El árabe se divierte, feliz de haberse encontrado con un par de europeas animosas y disponibles. Resulta dulzón escucharlo. Quizá se crea que le ha brotado un harén espontáneo. Difícil cuesta imaginarse lo inverso: un europeo divirtiéndose con dos chicas árabes. Los observo poco antes de que se bajen en Beniel: la rubia dispuesta a coquetear con el personal del vagón completo, la gitanilla moderna, coqueta también pero algo inquisitiva con las pretensiones del árabe, y éste, encantado de tener dos mujeres con ganas de marcha a su vera. ¿Cómo acabarán estos tres la noche de sábado?


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"Estoy convencido de que la vida no tiene ningún sentido", dijo, al parecer Lévi-Strauss en una de sus últimas entrevistas. Claro que la vida no tiene ningún sentido, hay que producirlo, dárselo. Y ese sentido lo construimos nosotros, no nos lo da ningún dios esquivo y contradictorio. Aunque sea para perderlo, confundirlo e intentar encontrarlo después. El eterno proceso.


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Quizás los poetas se merezcan su destierro. El mundo del que han sido expulsados es pobre y poco virtuoso.


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No sé dónde, en la escena de una serie televisiva o en la radio, escuché que alguien decía: "se lo ha creído todo, como un católico". Creo que ahí está una de las claves de mi conflicto personal, de mi incapacidad para abordar la vida, de mi irremediable mitificación de personas y cosas, de mis pululantes neuras. Me he creído la poesía, la belleza, el orden del mundo sin reparar que en el trato con la destartalada realidad es imprescindible contar con el azar y con la imperfección como carga sustantiva de la existencia. Me he creído la fábula, he aceptado a rajatabla el valor que representaban los personajes del cuento que me contaron cuando era niño. Y ahora que he conocido a gente, a algunas personas relevantes y hasta famosas, me doy cuenta de lo relativo que es todo, de que es imposible estar a la altura del mito las 24 horas si no queremos que nos mate la sublimidad incansable de la teoría.


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El otro día recordaba unas palabras de Borges en la entrevista que a principios de los ochenta le hizo Serrano: "Lo barroco se interpone entre el texto y el lector". No sé. A veces. No creo que sea siempre así. Me parece un estereotipo, aunque venga de labios de Borges. Actualmente formo parte del jurado de un concurso de poesía internacional, y me encontré con un poemario de admirable factura, de versos tan extremadamente labrados y complejos como sugerentes, que en vez de cansarme o complicarme la lectura, supusieron un agradabilísimo estímulo creativo, hasta el punto de que me puse a escribir, espoleado por una súbita musa, ávida de laberintos verbales. Quizá fue que la lectura de este poemario me pilló en un momento dulce, con la percepción relajada y permeable. Probablemente hay barroquismos que sí son un estorbo, que no sobrepasan el experimento, y otros que todavía son capaces de demostrarnos las capacidades demiúrgicas del lenguaje. Lezama Lima afirmaba que lo oscuro era el principio germinativo de la poesía, y Barthes decía que la exigencia de claridad en un texto era una exigencia retórica más, que lo complicado obedecía, simplemente, a un registro de escritura diferente, afirmación tremendamente liberadora para quien cree que niveles de realidad escurridizos pueden ser rastreados o ser creados desde el lenguaje mismo.

viernes, 12 de febrero de 2010


JULES BARBEY D´AUREVILLY

Diarios 1863- 1864


Cada obra literaria representa a su época, transcendiéndola a la vez. Su estudio se convierte tanto para el filósofo como para el filólogo, en el modo óptimo de conocer los valores, el lenguaje de esos valores, la mentalidad de tal época, analizando la imagen que esa época interpretó y produjo del mundo. Pero hay otras formas colindantes de escritura, que para nuestros tiempos, ávidos de metaliteraturas y mestizajes lingüísticos, se convierten en apetitoso depósito informativo adicional con respecto al más estricta o formalmente literario. La eclosión del diario íntimo en el XIX supone esa fuente de datos a la que me refiero y que, en los casos en los que escapa a las autocensuras más o menos veladas, a la dosificación informativa autoregulada del que escribe, pueden resultar de muy grata e interesante lectura.
En definitiva, el diario es un género literario más que anuncia, que confirma esa idea romántica que también explotarán los surrealistas a su modo, de la indistinción entre literatura y vida. Todo puede ser registrado, expresado por la escritura porque todo es literaturizable.
Confieso mi fascinación por los diarios, especialmente, los del XIX. No creo que este amor por los diarios íntimos sea una obsesión enfermiza, un anacronismo, una morbidez causada por la idealización del momento histórico en el que emergen definitivamente - ese espeso XIX que inaugura la subjetividad, eje de la modernidad -, o que obedezca a una lectura perezosa: el amor por el fragmento. El diario me acerca a esa literalidad de la realidad que la ficción metamorfosea, me aproxima de modo directo a la anécdota que luego analizaré con sorpresa. El diario, precisamente por sus limitaciones, por su prosaísmo, por su aire de catálogo, se convierte en el testigo más inmediato de esas texturas del tiempo que el lector selecto sabrá distinguir y disfrutar. Por otro lado, si el diario está "bien escrito", se aprovechará, todavía más, de esa operación de adensamiento, de "mitificación" que el tiempo lleva a cabo sobre los textos.
Paul Valéry decía que no escribía diarios porque no merecía la pena llevar un recuento masivo de trivialidades que el tiempo mismo se encargaría de borrar. Estamos de acuerdo. Contar el tiempo, es decir, contar inmisericordemente todo lo que ocurre, puede ser un artificio inútil, melancólico e interminable, pero es precisamente la labor alquímica de la escritura la que no sólo hace real, concreto, durable, perceptible el suceso del tiempo para la posteridad, sino que lo simboliza, lo convierte en materia significativa. El tiempo se articula porque es la escritura la que confirma los tramos y las peculiaridades de esa articulación, la que lo narra, convirtiéndolo de ese modo, irremediablemente, en materia literaria inexcusable: el Tiempo, ligado a la muerte, a la vida y a sus cambios. No es que el tiempo necesite de la escritura para transcurrir, sino que lo que ocurre en el tiempo le ocurre a alguien, a una subjetividad, a un individuo concreto que al registrarlo en un diario, nos lega no sólo, inercialmente, información, sino una interpretación y una experiencia.
A esta alturas el diario se ha inscrito en un estatuto literario propio y es además una estrategia ideal para escritores: el cajón de sastre de las facultades propias del escribir. La literalidad del diario, la monotonía tanto como la multiplicidad de experiencias o referencias que podamos encontrar en él, todo eso es lo que, precisamente, me gusta a la hora de estudiar cómo el hombre de una determinada época percibía el tiempo. Esas características adquieren una interesante flexibilidad poética cuando quien escribe es una sensibilidad especial y atrevida. Es te es el caso de los diarios de Jules Barbey.
Resulta chocante. Cuando me encontré con el volumen en la librería Ali-Truc de Elche, me pareció un peñazo, una masa más de tribulaciones decimonónicas sin otro destinatario que la memoria del tiempo mismo. Yo no había leído nunca al autor, aunque lo conocía. La fama y la importancia literaria de Barbey me parecían relativas. Pensé:¿Quién se va a meter en este libro? De todos modos, cuando por fin me libré de la tentación creciente , cayendo en ella y adquirí el volumen, me llevé una pequeña joya a casa, un pedazo denso y apretado de tiempo, confinado allí.
Para hablar de este libro, publicado por Alfama, me contentaría con hacer una antología de pasajes, una colección de frases. D´Aurevilly es un exquisito, emparentado con la aristocracia que las sucesivas revoluciones habían dispersado por Francia en sus castillos y guaridas, un escritor incisivo y lúcidamente a contracorriente, que valora el instinto rastreador político y social de los periodistas, un dandy admirador de Brumell, y un fllaneûr que pasea y degusta detalles del cielo vespertino y de las calles de París, amante de los objetos bellos, de los paisajes, de la pintura y especialmente de las mujeres. Muchas de las anotaciones son típicamente surrealistas al modo de la Nadja bretoniana: vagabundeos y paseos por el bosque urbano de París a la caza visual de los atractivos de féminas errantes y anónimas. Hay momentos de embriaguez sinestésica: "A las cinco y media me reuní con mi tía en las Tullerías. Un calor insoportable, pero el cielo difundía una dorada luz otoñal que produce en mí un efecto parecido al de la loca ebriedad que me causan algunos fragmentos musicales. La gran aria de Semíramis, por ejemplo. Es la única sensación que puedo comparar con la de esa luz dorada y ambarina, más delirante que la que puede producir la mujer más encantadora y suavemente profunda".
Anotaciones agudas sobre la indescifrable naturaleza femenina: "Dios mío, que me digan dónde acaba la sensación y dónde empieza el sentimiento en la mujer!". "Las mujeres podrían darnos la mayor de las dichas contemplativas si el diablo no terminase siempre por inflamar el deseo".
Impresiones poéticas que se nos hacen nítidamente y misteriosamente fotográficas: "Fui hasta las Tullerías. Un paseo soberbio. El cielo estaba de un azul cielo, los árboles de un verdor sombrío, y la luna, redonda y pura, se elevaba por entre unos trazos de plata, esmaltada de gris de lino, con una indescriptible majestad. Las mujeres arrastraban el vestido indolente, se veían algunas bonitas siluetas en la sombra, un dulce misterio, todos los encantos de la noche".
Absolutamente moderno en apreciaciones y reflexiones en las que se anticipa a Baudelaire, superándolo al considerar las complejidades de la sensibilidad personal y afirmar su soberanía:"Es en el nombre de la majestad de la inteligencia que exalto la excitación de la ebriedad".
Y, sobre todo, lo que cruza el diario de cabo a rabo, como dice Laura Freixas en el prólogo, efectivamente, son las confesiones del ennui, del hastiado, del neurótico, del que se aburre abismalmente, del que naufraga casi voluptuosamente en las espumas del spleen, pese a las actividades que realiza y a las amistades de las que disfruta.
En fin, un texto de brillantes reflexiones, misterioss percepciones y acerados juicios sobre escritores y lecturas de obras ajenas: "Sigo sosteniendo lo que he dicho acerca de Pascal: un mediocre escritor a pesar de su reputación que es soberbia".
Retomaré en próximas entradas más comentarios sobre los sabrosos diarios de este "anacoreta de camarín" que Alfama ha tenido el acierto de publicar con su correspondiente diseño morado-violáceo, el color aurático de los místicos profanos que son los poetas.

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....