miércoles, 17 de julio de 2019

Poesía y prosa en los libros de viajes. Impresión/ narración. Lorca y Warton.




Podríamos decir que un conjunto seguido de impresiones crearía una narración, y que una narración consistirá en la descripción y análisis de impresiones. Según el interés de la descripción vaya del contexto de la impresión a las características de la impresión misma, obtendríamos un producto literario más próximo a la narrativa, según el primer caso, o a la poesía, en el segundo.  Por esto se hace posible diferenciar libros de viaje basándonos en dos modos elementales e idiosincrásicos de contar: por un lado, el que se centra en la  exposición de la impresión en sí, como si fuera un microcosmos de relaciones, enumerando imágenes de lo visto, y otra, que sin detenerse tanto en la poetización, nos hable de las singularidades vividas constituyendo sobre todo, un relato de lo vivido o experimentado. Una muestra de cada uno de los dos modos de contar encuentro en estas dos publicaciones, estupendas muestras del género, que son el libro de Edith Warton, Paisajes italianos, publicado por Desclasados, y la obra Impresiones y Recuerdos de F. G. Lorca que encontramos en   Biblioteca Nueva.
En algún diccionario internáutico he creído leer que lo contrario a la poesía es la narrativa y la novelística, conceptuando a estas últimas como representantes clásicas de la literatura, mientras que no recuerdo en qué límbico y numinoso puesto se ubicaba la poesía.
Si la poesía, por su mayor formalidad, guarda una relación más inmediata con la memoria, no hay duda de que el texto de Lorca es más descriptivo que el de Warton. Lo sucinto en Lorca consiste en la golosa precisión con que capta el detalle identificador de lo visto.  Warton describe lugares razonando sus ascendencias culturales, Lorca secuencia imágenes al borde de lo numinoso. El texto de Warton es una línea recurrente, el de Lorca se constituye de fragmentos autónomos. La relación que define el estilo de cada uno resulta clara: Warton es la prosa y Lorca la poesía.
La forma, como vemos, afecta a lo semántico (recordemos la aportación cuasi fugitiva de Barthes cuando insiste en que el significante no tiene referente, es decir, que significa por sí mismo sin vinculaciones de sentido externas). El texto de Lorca, susceptible como todo texto poético, de fragmentaciones de significado autónomo, recuerda la gravidez del verso por la definición graciosa de la imagen, por la condensación expresiva y esto se vincula a significaciones espacio temporales muy precisas y absolutas en cuanto al grado de acuse semántico. El tiempo no transcurre en el texto de Lorca porque su percepción es poética, porque describe espacios de significación pura y no se diluye en accidentes o estos no adquieren una extensión narrativa que llegue a alterar el diapasón, el nivel de valoración de mundo.
Warton, naturalmente, no es ajena a la impresión estética y la incluye en su descripción seria y pormenorizada del lugar que visita. Pero lo estético, es decir, la condensación poética en un detalle absoluto no es algo prioritario o determinante en su escritura. Warton se desplaza junto a su descripción por el espacio que explora y su numen no excluye aspectos sensoriales en tanto que privilegia otros o superlativiza uno en el que se especializa o detiene. Su finalidad es la de redactar un informe culto en el que la sensibilidad literaria no imponga especificidades sino que se amolde al carácter general de la impresión.  
En Lorca el adjetivo es casi un sustantivo en tanto que soporta, lleva y trasluce la esencia específica de algo. El nombre en poesía es numinoso, pero el adjetivo coloca la guinda final a la obra de arte que va configurando la escritura y sus brillantes tramos. En Warton, el adjetivo también es potente, pero se adosa al conjunto de las palabras que se traslada continuamente en un conjunto móvil. De hecho, la prosa es un continuum con principio y final creíbles y reales. El adjetivo pone aquí su calificación a la cosa, revela la intensidad de la percepción.
Warton ejerce el periodismo ilustrado, Lorca aprovecha la capacidad poética para convertir su viaje en una fuente de imágenes preñadas de tiempo fuera del tiempo. Warton, en tanto que tiene la misión de informar, compara, elogia y critica; Lorca tiene ante sí una serie de “cosas”, de cuyas texturas, formas, colores, atmósferas, en definitiva, realiza su redacción. Warton atraviesa la historia, Lorca, sustancias.      
En el texto de Lorca, la imagen es imantación de toda potencia expresiva, homocentro de mundos, confín vivo de relaciones. En el de Warton, la maestría escritural obedece al arte de una lectora selecta que dispone de tiempo para esbozar historias y articular perífrasis que la intención del artículo justifica.  
Lorca, como poeta tenía un trabajo por delante muy gustoso y fácil para él, ya que el viaje que realizaría con su profesor para reconocer lugares históricos, se comprimiría en densas y concretas imágenes que tan sólo tuvo que transcribir. El dato contextual, - el juicio histórico -  unido al perfil de la imagen despliega el rosario de percepciones que Lorca generosamente distribuye. Para Lorca, los conventos, los mesones, las criptas, los castillos, los jardines conforman un compacto conjunto de conexiones que sin necesidad de desglosar históricamente, analiza y describe con genio porque los percibe como heredad del tiempo y como imagen real, aunque añeja, del país. Para Lorca cada sitio visitado es “un lugar”, casi un lugar de poder, y toda la imantación histórico-cultural está ahí mismo, frente a nuestros ojos y sensibilidad. Para el genio de Lorca la condensación histórica equivale a la condensación metafórica de tales lugares.
Para Warton tal condensación histórica no es tan inmediata, o al menos, no funciona agotada en los límites exhibitorios de su imagen. Warton visita un lugar y, respetuosamente, y con todo el interés del mundo, decide recorrerlo a la búsqueda de la extrañeza repentina y estatuaria, atributos de la sensibilidad de una civilización mítica y de la historia, preñada de empresas y hallazgos.


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