jueves, 26 de septiembre de 2019

TRES LIBRICOS





Pierre Reverdy. Fuentes del viento.

Los escenarios que algunos poemas de Reverdy describen, recuerdan los cuadros de De Chirico: objetos dispersos sumidos en la quietud de un mundo extraño, aconteceres autónomos en un espacio que solo el sueño verifica. Reverdy no es surrealista, pero su surrealismo es inminente, atmosférico. El mundo que la poesía de Reverdy describe es un mundo que ya ha sufrido el cataclismo del apocalipsis o está a punto de sufrirlo. Es por ello que la multiformidad anecdótica que canta viene a reabsorberse y desaparecer ante el horizonte pululante que anuncia. Del mismo modo que la poesía y la pintura expresionista configuran una imagen del mundo desgarrada y exasperada, el mundo que había experimentado el horror total de la Primera Guerra Mundial, la poesía de Reverdy connota un universo alterado por una fenomenología continua de explosiones e implosiones  en el que la prioridad de la protesta social ha sido sustituida por la inquisición fascinada que portan las imágenes. Pues la poesía de Reverdy consta, fundamentalmente de este recurso barroco, de imágenes. Su lirismo es parco. Prefiere que la enumeración de los “sucesos”, de la imagen, narre y configure un mundo de colisiones súbitas, fascinado con su propia extrañeza y expulsado por ello de la historia inteligible, aspecto que hace tan curiosa la obra del autor francés. Precisamente la poesía de Reverdy ofrece su encantada revelación en los márgenes del sentido histórico, en aquel enclave tan furtivo como vertiginoso que se desliza hacia el agujero negro de la percepción. 







El espíritu de Roma. Vernon Lee

Ya advirtieron alguno de sus contemporáneos de la singularidad estilística de su prosa y de la extrañeza de su personalidad. Violet Paget se encontró mejor utilizando el seudónimo masculino de Vernon Lee, no tan sólo por la razón de  vivir más óptimamente su sexualidad como por el motivo de informar un sujeto literario bajo cuyo tenue disfraz poder articular con libertad toda las licencias y audacias de su sensibilidad. Escritora notoria de relatos de fantasmas, la gran obsesión estética de Vernon Lee fue Roma. Este librico se articula como una serie de estampas sobre lugares de Roma y su escritura, concreta, minuciosa y sólo condescendiente con la plena efectuación de la belleza, confirma lo que autores de su tiempo, como Henry James, por ejemplo, percibieron en ella. Si uno tiene la curiosidad o la paciencia de  visitar estas micro-postales sobre iglesias, palacios, catacumbas y villas, comprobará que no se tratan de meras e inerciales descripciones paisajísticas. Vernon Lee suma a la precisión, la extrañeza sobre lo que ve y cierto repentino aire de videncia, cuando comprende el carácter extraordinario de los restos de la civilización que se exponen ante ella.  “Soy sensible a la grandeza de Roma, no en el sentido de lo heroico o trágico, grandeza en el sentido de espléndida retórica. Roma parece haber estado aislada toda la vida, excepto de la vida eterna e inmutable. ¡Haber sido suspendida en una especie de vacío!”. Vernon Lee-Violet Paget se extasía ante las umbrías doradas de las basílicas, ante el despliegue fastuoso de las fuentes de un palacio, ante los campos y crepúsculos romanos. Y por la noche, piensa en Piranesi.     

  





El gineceo. André Rouveyre

Se trata de un facsímil de 1977 del libro de ilustraciones de André Rouveyre, publicado en Madrid en 1921. Aunque muerto en 1962, Rouveyre fue casi centenario y llegó a ser contemporáneo de Lautrec, Matisse  y Apollinaire. Su obra gráfica se empaña, pues, de todo el festivo ambiente finisecular de la Belle Epoque, arrastrando, también, la marca decadentista y las inquietudes de aquella sensibilidad que nuestros abuelos calificarían de “depravada”. Los dibujos de Rouveyre pretenden ser escandalosos, reveladores de una naturaleza insólita y salvaje: la mujer, como objeto del deseo, se convierte en objeto experimentador del ilustrador y ello supone que sea susceptible de  ser observada tanto como delicada princesa como monstruo de la sexualidad. De este último aspecto deriva que la línea modernista se torne trazo expresionista. El libro llevó una introducción del erotómano y morbosillo Remy de Gourmont, tan explotado editorialmente en su momento por Ramón Gómez de la Serna.     





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