jueves, 14 de noviembre de 2019

EL BUQUE FANTASMA. EXPOSICION DE EDUARDO ARROYO EN LAS CLARAS DE MURCIA.





Me he acostumbrado a visitar exposiciones sin estar con todos los sensores abiertos. A veces, he renacido en plena visita, estimulado por la sucesión de las imágenes, he ido recuperando la lucidez conforme cada obra me exponía su conjunto harmónico y misterio. En esta ocasión, ante la exposición de Eduardo Arroyo, he permanecido en un grado medio de  contrastación propia: las piezas me gustaban al tiempo que me imaginaba capaz de corregirlas, casi de mejorarlas. La fórmula lingüística de Arroyo es sencilla y visualmente efectiva. Su pertenencia estilística al pop art más que al surrealismo puro, le sitúan en la posición de los artistas que pretenden vehicular cierto mensaje en sus obras. Para ello, dispone de un amplio surtido de imágenes y de lenguajes-fílmico, fotográfico, pictórico, publicitario – para llevar a cabo su montaje con mayor o menor audacia. Sintetizo a conciencia. No pretendo analizar obras de arte desde determinados presupuestos teóricos sino comentar qué es lo que mi sensibilidad se encuentra en el espacio específico de una sala de exposiciones.




De la contemplación de las obras de Arroyo se deriva cómo técnicamente las compone, qué articulación ejecuta para lograr esos sorpresivos anuncios y anagramas. Es decir, que sus obras no ocultan su artificio lingüístico, son fundamentalmente eso, metapinturas, utilización maestra de la cita.  En qué consiste, pues,  una obra de Arroyo, qué recogen o implican conceptualmente esos diseños, a veces, algo inertes pero casi nunca desprovistos de humor y crítica: ¿son cultismos visuales, controlada metaforización de un gran legado convertido en material específico y  utilizable?
Me pregunto si alguno de los cuadros no tienen más entidad que la de una ilustración para un libro, o que la de un cartel publicitario. Desde el punto de vista de la crítica social y cultural, prefiero al mítico Equipo Crónica: me parecen más incisivos y abarcadores. Ahora bien, Arroyo tiene algunas piezas de referentes menos evidentes que transmiten cierta sensación de  misterio refinado, si me permite imaginar tal grado de juicio. Las obras relativas al personaje fílmico y literario de Fantômas, ofrecen una lectura sutil y esquiva, pero en todo caso muy sugestiva sobre tal figura en contextos también cifrados. Quizá podría haber hecho lo mismo con el Doctor Mabuse o con Fu-Manchú, pero tal cosa ya obedece totalmente al azar del gusto del creador.
Lo que yo me pregunto, y lo hice en la soledad total de la sala, ya que salvo la esbelta azafata, no había nadie más allí, es qué destinación final, que universo semántico o emotivo horadan piezas como por ejemplo, La balada de Reading, en la que podemos ver el rostro azorado y juvenil de un lloroso Oscar Wilde encarcelado tras haber cometido su “horrendo” crimen sodomita, y lo que parece ser una alarma eléctrica antigua adosada al muro de la cárcel. Me pregunté qué escalafón simbólico, qué relevancia representativa podría tener esta imagen, si era capaz, a través de una suerte de valoración trascendente, de superar esa inercia a la que tan fijamente parecía estar unida y que pesaba de un modo plano sobre mi mirada ligeramente incrédula. Las obras de Arroyo son, en definitiva, pequeñas condensaciones iconográficas, cifrado surtido de alusiones culturales, horneado por cierto humor y crítica. Por ello, ¿cómo disfruto de obras como estas: descifrando referencias y mensajes, desenvolviendo el paquete semiótico y alcanzando el contenido que se descompone en grupos informativos e irónicos?   
Me irrita esa suerte de funcionalismo del arte contemporáneo que hace casi imprescindible que la obra lleve consigo una etiqueta o nota con las instrucciones de uso. Cierto es que toda obra de arte porta en sí una protesta, esto lo admito y forma parte de la naturaleza reveladora del arte  mismo. Lo que a veces ocurre con muchas muestras concretas de arte  contemporáneo es que el supuesto contenido crítico se convierte en una gravidez teórica más entusiasta que la propia obra. Es de este modo que mucha producción artística adquiere un aire de panfleto: sin este, la pieza en cuestión es, supuestamente, incomprensible. Al arte contemporáneo le sobra logos, le sobran los pegotes informativos, aunque los hayan integrado como formas expresivas conjuntas de la obra. Esta debe ser más autosuficiente, más elocuente, más lúdica y no incorporar la presencia invasiva del discurso como puntuación necesaria de sus supuestas intenciones sociales o estéticas, aunque ante los supuestos contextos que se pretenden ilustrar, se haga casi inexcusable su presencia. Creo que tienen razón los seguidores de Gustavo Bueno: el arte actual debe ser arte y no ideología. Hay una reincidente confusión cuando no intromisión e inversión de papeles.
Creí ver algo de esto en las piezas de Arroyo, pero la alarma se fue atenuando. Las imágenes de Arroyo aluden a aspectos y contenidos que las leyendas escritas en la misma obra, identifican o sugieren, pero este juego no supone invasiones de lo discursivo en las obras: estas mantienen su gradación de ironía y agudeza valiéndose de todos los lenguajes que utiliza.
Obviando legitimidades, procedimientos y tecnologías, descansé por unos instantes de estos cuestionamientos, y pensé que lo mejor sería dejarse fascinar, pues a fin de cuentas, Arroyo siempre me había resultado más simpático que extraño.
Me ha gustado la serie de Fantômas. Ese antifaz puesto- producto de la intervención – sobre pinturas  que parecen antiguas, poseen cierto hálito a lo Magritte y resultan inquietantes, aunque la intención de Arroyo sólo haya sido la de extender y articular un dato sígnico como elemento  cómplice   de una cultura común.



Las obras de Arroyo suponen un espacio metapictórico que confirma la complejidad y calidad de nuestro legado. También muestran el modo de tratar determinados personajes representativos y motivos consagrados de la tradición. El arte, pues, sabe cómo tratar al arte para oxigenar sus símbolos, para volver a leer los grandes motivos que jalonan su historia, ya sea criticándolos o supervisándolos con discreción y simulada elusión. Obsérvese, por ejemplo, en las esculturas, la gracia con que se renueva, a través del mito del Juan Tenorio, esas cabezas de Doña Inés; o bien, también en formato escultórico, las chocantes Lámparas Zurbarán, sintetización extrema, caricaturescamente paródica, de un importante motivo iconográfico del corpus zurbaranesco.   

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