lunes, 11 de noviembre de 2019

IMPRONTAS LITERARIAS




Leyendo La época de los banquetes de Roger Sattuchk, reflexiono sobre la singularísima figura de Alfred Jarry. Se le asocia siempre a su personaje teatral  Ubu, pero me doy cuenta que su creatividad ha producido otros personajes igualmente sustanciales y únicos. El supermacho, el doctor Faustroll, el protagonista de Los días y las noches, representan por sí mismos, apuestas arriesgadas, universos extremos, desenlaces delirantes con consecuencias importantes en nuestra interpretación de la realidad. Pienso por ejemplo en el Frankestein de Mary Shelley. El estatus de mito clásico de la literatura romántica, ¿ lo mantendría o lo hubiera alcanzado sin la ayuda del cine? Me pregunto si a algún director, en las primeras décadas del cine, o a partir de los cincuenta o sesenta en Francia, se le hubiera ocurrido filmar las insólitas aventuras del Doctor Faustroll, ¿se hubiera creado un personaje único y tremendamente moderno del cine? Pero claro, por mucho humor que destile Jarry, tal humor difícilmente puede  llegar a ser popular, pues lo que se propone no es meramente divertir sino revolucionar, interpretar, crear, trascender. El humor de Jarry sí es peligroso. Y Jarry se quemó en su propia carrera patafísica.    





Escogí una imagen antigua, una foto de finales del XIX, en la que aparece un número concentrado de personas paseando por un lugar púbico, un parque. Van muy elegantes, con faldas, sombreros y bastones. Ellas con el pelo recogido tal y como lo llevaban y ellos, con el imprescindible bigote y esa aparente severidad. La foto la puse como pantalla en mi ordenador. Con el paso del tiempo, esa magia que poseía, -una imagen a lo Lartigue – ha ido perdiendo no encanto sino distanciamiento, extrañeza. He llegado a contemplarla como la escena de una película de época y por fin, a percibirla sin misterio alguno, es decir, como una escena callejera más salvo que en esta la gente viste de modo más frondoso o litúrgico. A veces el tiempo, las grandes distancias de un evento, moda o apariencia general y que han provocado nuestra extrañeza, se convierten en nada, se reducen a nada. Cuando el impacto de indumentarias y tempo en los rostros o gestos se atenúa, de pronto, ya no parece tan raro ese momento de ese tiempo, la inmediatez obtenida anula lo exótico. La distancia de un tiempo a otro y que suponía la cifra de lo extraño en nuestra percepción, desaparece por instantes, nos iguala en la línea de los acontecimientos. Se produce entonces el encanto del desencanto: la proximidad de lo curioso, de lo fascinador.



Hojeando unas líneas sobre la vida y obra del psicoanalista Jacques Lacan, doy con uno de los conceptos que no por ser uno de los más evidentes resulta el menos importante. Todo lo contrario. La “lengua materna” es la madre: donde estoy seguro, desde donde emito mi pensamiento, sintiéndome acogido por la profusa y blanda maraña de sus palabras infinitas al calor del hogar originario: el seno materno. Por una casualidad estoy leyendo y también releyendo, las poesías y prosas de Gustavo Adolfo Bécquer. La escritura de Bécquer, ya sea poesía o prosa, aunque de un modo especialmente elocuente en poesía, es mullida y fluyente, siempre con la palabra justa y el adjetivo preciso. Reproduce de un modo muy perceptible ese aspecto íntimamente acogedor de la palabra en la lengua materna. Leo a Bécquer teniendo en cuenta esta suerte de revelación de lo que significa la lengua materna, y me siento tranquilo, gozo de cada verso, de cada oración. La frondosidad de la palabra becqueriana me adormece con doble júbilo: por un lado, la belleza de la poesía, la obtención de la altura estética, y por otro,  el efecto sensorial,  cariñoso, tierno de la floración verbal. Un pensamiento agradable se desliza aquí a propósito de lo meridianamente expuesto: la madre que he perdido la recupero transformada en eclosión verbal. La ternura maternal se desplaza al sortilegio de las palabras que puedo disfrutar del modo que mejor me parezca: utilizándolas en la escritura propia, o gozándolas en obras ya escritas.



Que fascinación me producen esas anotaciones que Rilke colocó bajo los poemas que escribió entre 1903 y 1907, y que nos informan dónde se concibieron, en qué fecha y lugar la musa cayó sobre él y le hizo ver la belleza encarnada en un motivo, en un paisaje concreto: Buda, Meudon, final de 1905; Canción de amor, Capri, mitad de marzo de 1907; El ángel, París, principios del verano de 1906… Son como estampas que contuvieran esa belleza única de la Europa esplendorosa y decadente, la belleza de una época ya no romántica pero anterior al espanto de la primera guerra mundial, y a la explosión de las vanguardias y de la velocidad, el exquisito instante simbolista en que el arte era la máxima religión. Los poemas de esta época guardan esa belleza que ya no volvería a repetir su actualidad específica. Un breve lapso de tiempo pero suficiente para que la sensibilidad del poeta rescatara todo mensaje portado por el silencio y la posibilidad de la contemplación.   




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