sábado, 2 de noviembre de 2019

ESCUCHANDO LA MÚSICA PARA ÓRGANO DE MOONDOG



Este  seudónimo siempre me ha parecido, sonoramente, pobre con respecto a la singularidad y complejidad del personaje. Complejidad que se no se evidencia de modo más patético que en sus sorpresivas piezas para órgano. Moondog aúlla quedamente a través del órgano. Comienza la música y la inicial sencillez de los primeros pasos va dando paso a una fraseología que quisiera adensarse en pasajes barrocos. Estas músicas de Moondog para órgano logran entusiasmarme por su carácter germinante y progresivo. La música marcha, no quiere ser vencida y logra elevar un tono majestuoso envuelto en un aire descolorido y remoto. Escuchas el órgano de Moondog y de pronto no sabes bien en qué época identificarlo. Lo popular coexiste con una complejidad innegable que coloca la música en una dimensión atemporal. Es como un barroco que se fuera desconstruyendo conforme va sonando, y no obstante, se mantuviera, prometiendo una fuerza futura que es más evocada y dolida que puntualmente estallante. Cuando elude asumir fugas que superarían su capacidad real, Moondog se inclina por el minimalismo sonoro de lo místico. Algunas de estas piezas muestran un sofisticado trabajo de encadenamientos repetitivos de efecto hipnótico y sideral. Lo mejor de la música para órgano compuesta por Moondog nos lo muestra convertido definitivamente en el personaje que se inventó: ya no ostenta ningún artificio chocante, se trasciende en mago sacral de su propia religión. Moondog, aupado, atravesado por estas sonoridades se encierra en el aura de su misterio, como si confirmara que partiendo de los márgenes más insólitos, lo mistérico y la belleza emerge de las apariencias más inconsistentes y pintorescas.      




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