martes, 18 de febrero de 2020

EXPOSICIÓN EN LAS VERÓNICAS. TEJIENDO MEMORIA. EXPOSICIÓN DE SONIA NAVARRO.





Habiéndonos alejado ya lo suficiente de las fiestas de Navidad, sospechaba que algo debiera haber en la sala de Las Verónicas. En efecto, cuando volví la esquina de penetrante olor, mezcla de pescado y verduras,  de la Lonja, divisé un cartel oscuro en la altura y respiré aliviado: durante, al menos, unos minutos, no me comería el desasosiego: tenía un motivo positivo, con el que entretenerme y proyectar un artículo que satisfaciera mi prurito productivo de textos.

La exposición que inaugura la temporada, es de Sonia Navarro. Con lo que me topo en primer lugar es con la exposición de grandes patrones y mezclas de tejidos,  destacándose, entre ellos,  el esparto, con su entrañable rusticidad. La primera reacción fue de cierto sopor o aburrimiento. En una exposición, uno siempre prefiere la viveza de las imágenes a la presencia de materias primas. La  impresión inmediata que produce el visionamiento de patrones o muestras de tejido  no radica tanto en los atractivos de la forma visible como en el hecho de su complicada factura. La noción de tiempo se impone, relacionada con el trabajo que ha costado enhebrar la aguja que ha creado estas densas muestras de  memoria pura.
 Grandes pliegos oscuros, cuelgan de los balcones interiores de la sala, y se reparten en los lienzos compartimentados de las paredes. Todo me parece opaco, sólo valorable desde otro punto de vista que el puramente visual u ocasionalmente decorativo. 





La cosa cambia en el espacio disponible de lo que fue el altar de la sala. Aquí, el hilo como motivo metafórico se ha convertido en un trayecto luminoso, en una brecha de luz que recorre metros de altura hasta llegar al mismo techo y,  que tras reproducir  largas puntadas, pretende regresar al punto de salida. El hilo que teje, que une, conexiona y urde la gran masa del tejido, se convierte en un delirante itinerario de luz que  nos abisma al escapar e izarse sobre nuestras cabezas. El poder de las madres, de las Parcas tejiendo el hilo de nuestras vidas, se evoca aquí, independientemente de toda reivindicación ideológica o feminista. El hilo que sube y baja, que se retuerce y gira y emprende de nuevo el viaje, posee la energía de los dones primeros, del artificio sagrado que ratifica las semejanzas entre tejer y escribir, entre tejido y texto, entre la función de urdir y la escritura.







En la cámara del fondo de la sala, resguardada por grandes celosías, se encontraba la monumental pieza final: una suerte de gran fetiche, de exvoto de esparto emergiendo de sí mismo, del propio brotar de este material. La pieza, de considerable trabajo manual, también parecía reivindicar el prestigio de una industria local, aparte de las significaciones femeninas vinculadas a la tradición de tejer y el mantenimiento de estas técnicas y tipos de tejidos. 
Posteriormente he tenido una fantasía o sueño semiconsciente con esta pieza: un ser parecido a los héroes del espacio de Marvel, de aspecto sofisticado y estelar pero sin rostro, se encontraba en la sala donde se exponía la gran figura de esparto: era una suerte de  representante no humano de la técnica de trabajar el esparto, pero no podía aprovecharse de las singularidades de este material, por lo que se veía obligado a dormir de pie, ante dicha obra, sin poder recostarse en ningún sitio.
Aunque no me encontraba especialmente lúcido, salí de la exposición con buenas sensaciones: constatando la excelencia que la labor de los artistas mantienen todavía, al preservar el vínculo con lo arcano de las grandes tradiciones.       


 



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