5.3.21

VISITA HETERODOXA AL MUSEO DE ARTE SACRO: PALACIO DEL OBISPO DE ORIHUELA



Burdamente la visita a un museo es visionar, más o menos peripatéticamente, una serie de imágenes. Tal visionamiento implica en el visitante, un reconocimiento histórico de gestos y semblantes, de ropajes y situaciones espaciales que se realiza instantáneamente por el grado mayor o menor de cultura que se disfrute.

Si la visita es relajada, lo peripatético fructificará y el disfrute de las imágenes redundará en una percepción de detalles relacionables. Si cierta premura nos hace saltar sobre los datos identificativos de los distintos objetos expuestos, el paseo por el museo podrá acabar en una embriaguez de formas, eso sí,  nimbadas por el tiempo.

Una suerte de mezcla de ambos tipos de visita define la que hice el día…, cuando el palacio obispal estuvo abierto desde las diez hasta las ocho de la tarde, en una jornada de puertas abiertas.

Pocos universos más reglados, más sometidos al cauce directivo y representativo de un canon que el mundo de las formas sacras. Ahora bien, pocos universos tan misteriosos a la hora de discernir el origen de tales cánones, de descifrar la razón de sus gestualidades. Todo arte se somete a la forma: discutir o analizar esto produciría un anillo de Moebius interminable, pues, valga la inerte evidencia: el arte es forma. Pero, en cuanto a un  visionamiento y disfrute particularizado, pocos repertorios tan magníficos como los géneros sacros, en los que el sometimiento a unos modos, produce en el seno de tales convenciones, revelaciones tan esplendorosas, explosiones tan localizadas e intensas.

El rosario de las formas del éxtasis que los cánones barrocos o medievales generan en las obras de arte sacro, supone una aventura más allá de las fluctuaciones de la forma: los momentos indescriptibles en que los rostros y los cuerpos trascienden la inercia material y nos conceden en el seno de ese ámbito, de la experiencia estética, un instante de contacto con lo divino.

Después de haber visto cantidades de pinturas barrocas, de esculturas y lienzos, sin voluntad de esbozar reseña artística alguna, la impresión que me dejan en el ánimo y la sensibilidad, es la de haber asistido a un despliegue misterioso de rostros difícilmente descifrables, rostros y cuerpos que se elevaban desde sí mismos sin destruir su soporte material sino metamorfoseándolo en un evento que no se somete a la descripción, aunque la modernidad haya multiplicado los puntos de vista de sus análisis  multiplicado terminologías y conjuntos clasificados.

Resulta curioso que habiendo aceptado la localización histórico-formal que implica la nominación arte sacro, uno pueda subvertirla, súbitamente, liberarse del estatismo objetivante de tales etiquetas, una tarde de visita informal al museo, al descubrir el dinamismo estético y humano, el tesoro civilizatorio que se alberga bajo tales fórmulas.

Para disfrutar de verdad del contenido de una exposición de arte sacro, para convertir su visita en una pequeña aventura de descubrimientos modestos, hay que trascender las servidumbres imaginativas que, a través de la costumbre, se imprimen en tal concepto: arte sacro. Dentro de ese enunciado, se despliega el universo adjetivo que espera de su liberación en la contemplación aislada e inteligentemente piadosa.


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Los retablos son una suerte de protocómics. Esa facetación del espacio, esa sucesión de la imagen en recuadros, introduce en el campo de la representación cierto perspectivismo, la noción articulada del espacio y el tiempo. Es decir, las imágenes nos narran algo.

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Esta imagen dorada de una virgen, es tan barroca que me hace pensar en alguna divinidad asiática o hindú. Los rayos del sol que la protegen, tienden a la formación  de un mandala de fuego.

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Una virgen se permite el lujo extraño de liberarse de sus manos. Cómo se percibe el trabajo artesanal en estas proporciones pequeñas.



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 Las facciones de las vírgenes y santos del período medieval se diferencian del aspecto que estos mismos personajes ofrecen a partir del Siglo XVI, especialmente. Si los rostros de pinturas y esculturas medievales parecen nórdicos y aniñados, con un aire de miniatura trasladada a otro soporte, las facciones barrocas, en un grado importante,  son más reconocibles, más típicas de la Europa meridional. Esto se explica porque los modelos elegidos para las recreaciones de los rostros no provenían de otros grabados de épocas anteriores sino de personas reales del entorno del artista en cuestión.



El aire sonriente de esta virgen del siglo XIV es la materialización en tres dimensiones de las figuras sacras que encontramos representadas en las miniaturas. Un halo de delicada pureza, algo remota, la envuelve. Es más distante que las vírgenes barrocas por su ausencia de dato psicológico, por su “arcaísmo matizado”, pero ese semblante confirma que su alegría es soberana e inarrebatable. 


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Talla en madera muy erosionada de una virgen y el niño del siglo XIII. El paso del tiempo ha obrado una minuciosa huella en la madera carcomida, prestándole este aire fantasmagórico y expresionista. La proporción de la cabeza de la virgen también añade extrañeza al conjunto.     

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Libros de cantos y leyes escritos en latín, en hebreo, en las lenguas reveladoras de la antigüedad.


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Encantador belén napolitano del siglo XVIII. Minuciosidad en la caracterización de los personajes: rostros, trajes, etnicidades y profesiones.


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Extraordinaria maqueta del colegio de Santo Domingo. Por estos pasillos, por estos claustros discurriría una ficción sobre el espacio, cómo este modifica nuestro sentir, cómo la habitabilidad de un lugar depende de las prestaciones de la noción básica de espacio. 

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Uno de los rostros posibles de la Virgen. La sencillez, la no espectacularidad de estas facciones guardan, sin embargo cierta reserva final. Se expone y se retrae al mismo tiempo. Los barrocos se atrevieron a imaginar la timidez de la divinidad. 

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El aire de familia entre lo gótico y lo barroco.

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