viernes, 23 de julio de 2021

EXPOSICIÓN ALMUDÍ. PINTORES MURCIANOS EN EL PRADO.



No lo sé, pero quiero sospechar que los géneros en pintura nacieron de la concentración de la propia mirada estética, cuando esta se detuvo en la observación de la realidad circundante y proyectó representarla. Y esto sólo se produciría si esa mirada ya había discriminado y diferenciado partes concretas del mundo que divisaba, que ambas cosas, fueran una.

Digo esto porque cierta vuelta al orden, a la forma, a eso que tan pastosamente llamamos tradición, a veces es más que saludable en este mundo que parece haber decidido exasperalo todo. Disfrutar una exposición de pintura atenida a las normas más académicas y poco sorpresivas, supone un remanso para los nervios, una propuesta de reposo y tranquila, ingenua, si se quiere, delectación.

La exposición que se encuentra actualmente  en el Almudí, bien a salvo del fuego que recorre las calles fuera, y que nos acompañará todo lo que queda de verano, es una notable muestra de obras de artistas murcianos de los últimos tres o cuatro siglos y que el Prado custodiaba casi en secreto. El tiempo tiene fondos y dobles fondos, y siempre produce cierta sensación de perplejidad descubrir el nombre de tanto ciudadano, de tanto artista desconocido: Germán Hernández Amores, Domingo Valdivieso, Alejandro Seiquer, Antonio de la Torre o Rafael Tegeo son alguno de los nombres de estos artistas que con una exposición como esta abandonan por unos instantes ese estatus irrespirable del anonimato creativo.


La mayor parte de la muestra pertenece al período costumbrista y naturalista del XIX, y esto aporta a la exposición algo así como un aire de familia, un conjunto de imágenes que no cuesta identificar y que parecen salidas del mismo pincel. Ahora bien, estos aspectos no hurtan, claro está,  la posibilidad del disfrute y de cierto asombro. Examinando las escenas típicas murcianas, nos encontramos con personajes de novela o de comedia: el cura, los chiquillos, los huertanos, las huertanas, etc... En aquellos días se podía tener el orgullo de representar a alguien con indumentarias o lenguaje específicos. Hoy ¿quién somos, que especificidad es la nuestra, ir de la  mano de un móvil con una coletilla de samurái vistiendo un chándal o algo semejante? Vaya gloria. Al menos el estereotipo romántico no padece de conflictos identitarios a la hora de afirmarse con pasión, de escenificar las peculiaridades de su temperamento, de su idiosincrasia. Por ello, al observar el donairoso  despliegue de escenas murcianas, uno experimenta cierta fascinación: eso tan chocante y saleroso éramos y de lo que de algún  modo nos hemos distanciado. ¿Lo seguimos siendo todavía a ojos de otros?


Examinar cómo nos vestíamos o festejábamos implica de modo ineludible, la consideración pensativa del tiempo: escenario de fondo sobre el que se exhiben nuestras metamorfosis. 

A propósito de esto, me fijé en un cuadro de tonos ocres pero de líneas perceptibles y motivo nada trabado: una escena infantil de principios de siglo XX. Las vestimentas de los danzantes chiquitos me producían cierta sensación de pesadez, de falta de estética. La imagen anudaba ternura y melancolía: la niñez que fue. Pero mi imaginación hizo un esfuerzo y logré en décimas de segundo acoplarme a esas formas y aceptar el que los niños tuvieran que llevar aquellas ropas,  que les correspondiese llevarlas sin otra alternativa, y además, que estuvieran localizados en un pasado irrecuperable que ahora llegaba a mi conocimiento. De pronto, me instalé en esa galería, confirmé el bienestar natural  de los niños y “salí” fuera pronto, admitiendo que nada había en esta pintura que me provocase una discusión con el espíritu del tiempo. Con los niños no podía discutir y al pintor no podía reprocharle que hubiera sido coherente con las enseñanzas recibidas


Había un par de piezas donde el tiempo se había adensado definitivamente y sólo quedaba admirar la planta de su representación. Me refiero a una escena bíblica de la época barroca en la que autor o discurso eran absolutamente imperceptibles, indetectables. Ante imágenes así poco debate cabe a no ser que la pintura, simplemente, no te guste.  La impronta de una autoría en determinadas obras del barroco es una rémora, una singularidad fastidiosa: el artista debe aniquilarse como tal y convertirse en medio estricto de la mística emergencia visual. La biografía en este tipo de pintura se diluye en los claroscuros, desaparece en las gratas sombras.



Antes de la aparición de la fotografía, algunas escenas sólo pudieron ser imaginadas en la privacidad de talleres y gabinetes. En esta pintura sorprendemos a una pareja en un momento algo íntimo. El artista contempla cómo ha quedado su obra, mientras la modelo acaba de arreglarse o de vestirse. Impacta la posición de la mujer por su infrecuencia y su veracidad figurativa. Hay una complejidad añadida a esta pintura y a la figura de la mujer. Se trata en realidad de una escena de pintura costumbrista atrevida pues está creada en el siglo XIX. Gracias a la ventaja que le da el tiempo y la historia, ¿el pintor del XIX se recreó imaginando qué sensación obtendría proyectando sobre la tela una escena difícilmente accesible del siglo anterior? Una época contempla, investiga a la otra creyendo que no deja huellas en su artero asalto. De todos modos, a las escenas cortesanas dieciochescas del XIX, el espíritu moderno sólo puede añadir  meras maliciosidades esporádicas: la modelo que se arremanga el vestido ante el espejo…    




Algunas pinturas de ninfas desnudas bañándose en frescos ríos están ejecutadas con tan poca retórica, con tal levedad que parecen estampas y resultan poco originales. Ninguna pintura más huérfana de gracia pictórica que la que prescinde de su propia aura.

 


Cerca del término físico de la sala, me encontré con dos pinturas soberbias. Se trata de escenas de pescadores en las que casi podríamos trazar el itinerario de motivos que el pintor ha ido perfilando y materializando tan brillantemente en el plano que le presta el lienzo.  En estos casos se puede decir del artista que ha utilizado las normas estrictas del género para potenciar su arte en vez de limitarlo: las reglas le han surtido de un espacio de relaciones y ubicaciones – lejanías e inmediaciones, pescadores más cercanos, conjunto de pescadores guardando las redes, más lejanos, gaviotas, detalles del mar, de las nubes y del casco del barco -  con el que ha distribuido magistralmente la serie de objetos transmutados que componen este fragmento admirable de realidad. El cuadro convence no sólo por la calidad de la pincelada sino por el reparto veraz de los elementos reflejados.





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Con la idea en la cabeza, con la preocupación de lo que media entre el mundo y la pintura, entre la imagen pintada y el despliegue físico de las cosas, de qué es lo que los distancia definitivamente o los asemeja,  me acerqué a la última pintura con la que me despedí de la sala: una fiesta huertana. El cuadro es de tamaño considerable y el mensaje humano acaba por imponerse: más que formalidades pictóricas o servidumbres costumbristas, creo que es la alegría de los asistentes a esta fiesta o romería lo que importa y se nos revela entrañable. Al fijarnos en la sutileza del detalle de las sonrisas de las mujeres, en el rostro desvaído del niño, apenas una pincelada etérea sobre el aire calmo de la tarde, volví a pensar en que aquello que separa realidad y pintura, que es más bien una trama teórica,  a veces cede y se suma, indiferenciado, a la expresión de la delicadeza, de la belleza que termina predominando.   



 

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