jueves, 16 de diciembre de 2021

LOS DEMONIOS DEL MEDIODÍA. Roger Caillois



 

Decía Octavio Paz que el romanticismo no solo fue un movimiento literario sino una escuela de sensaciones y afectos nuevos. Nosotros, los modernos, si es que todavía cabe esta definición sin que comporte cómicas rigideces, estamos signados, entre otras cosas, por el romanticismo tanto en nuestra sensibilidad como en el modo en que hemos ubicado estereotipos dramáticos y motivos argumentales en el cine o en la novela, y en definitiva, en la vida.

El papel del romanticismo y, especialmente, de sus variantes góticas ha consagrado la noche como guarida de toda fantasmagoría, como lugar de residencia y acción de lo fantástico y de lo lúgubre por excelencia. Con el aluvión de películas, de personajes de ficción literaria que desde finales del XVIII  hasta hoy confirman lo dicho, nos sería algo complicado imaginar que hubo un tiempo en que nada de todo esto era de tal manera ni existía y de que la acción insólita o extraordinaria se ejecutaba por seres sobrenaturales en ubicaciones espacio-temporales bien distintas.    

Este libro de Roger Caillois resulta sorpresivo porque nos revela toda una fenomenología mitológica emplazada en el otro lado de la noche, en las antípodas temporales de la oscuridad.

A través de un brillante y contundente rastreo bibliográfico Caillois nos transporta a la antigüedad clásica, romana, y griega, pero también oriental, y nos revela todo un mundo de apariciones y sucesos fantásticos situados en el mediodía, es decir, a la hora en que el sol está en su punto más alto.

Este cenit solar en la antigüedad indicaba, ni más ni menos, el momento por excelencia en que los fantasmas hacían su aparición en el mundo terrestre. Si para nosotros es la noche el lugar y el instante en que lo fantasmal puede producirse, dejando como rarezas excepcionales visionamientos espectrales durante el día, para los antiguos fue a la plena luz del mediodía cuando los demonios y demás entes semidivinos evolucionaban o llevaban a cabo alguna acción contra los mortales.

Leyendo el texto de Caillois uno se fascina comprobando este, para nosotros, insólito y sorpresivo emplazamiento de lo extraordinario.

Para los antiguos la noche era más inconcreta que el resto de la jornada, las horas nocturnas menos individualizadas que las correspondientes a las del día. Recuerda Caillois que según los pitagóricos “los muertos no parpadean y no proyectan sombras”. Esta no proyección de sombra es importante: el mediodía, efectivamente,  es la hora que menos sombra arroja y se convierte en el momento de paso ideal de los muertos y de los entes semidivinos, precisamente,  por la fuerza expansiva de la luz que sume a la naturaleza en la mayor inmovilidad. Se trata de una conjugación de circunstancias cuya significación siniestra nos es tan remota como insólita. Que la luz pueda albergar consecuencias dañinas es un mensaje que se nos antoja extraño, fundamentalmente porque somos hijos culturales del cristianismo.

Cuando este se extendió, la luz adquirió una naturaleza teológica de elocuente proyección: pasó a convertirse en sinónimo definitivo del conocimiento y del bien.

Jensen, en su famosa novela Gradiva, - famosa por ser el primer texto literario en ser sometido al escrutinio psicoanalítico por el propio Freud – narra  apariciones espectrales por las calles solitarias de una Pompeya acribillada por los rayos del sol del mediodía. Recuerdo que cuando leí esta novela, me causó bastante extrañeza esta ubicación solar de los fantasmas. Pensé que para los nórdicos del siglo XIX el ardiente mediodía de las zonas mediterráneas resultaba ser un espacio inhabitable y que por esta razón habían desarrollado una mitología específica. Supongo que Jensen estaría convenientemente informado y que la utilización de espectros evolucionando en pleno mediodía  obedecería, pues, a la adecuada consulta de fuentes que la narración precisaba para su correcto desenvolvimiento.

Las interesantes pesquisas de Caillois apuntan al hallazgo de Jung, es decir, a la existencia de un inconsciente universal, pues señala que tanto en la antigua China  como en Egipto, la hora del mediodía era considerada como la hora propicia para la acción de los demonios y de los espectros. Quien se quedara dormido a esa hora bajo un árbol, o se echara una súbita siesta al pie de un nacimiento de agua, estaba a merced de las ninfas y de los vampiros. La hora del mediodía es también la hora de los íncubos, del ataque de las sirenas y de un nutrido conjunto de monstruos,  además de faunos y de sátiros.

Caillois señala que en los tiempos del primer cristianismo, los exégetas y traductores bíblicos se encontraron con la complicación de justificar o explicar la alusión espectral y diabólica al mediodía que se encuentra en los Salmos. Habría que recordar que los antiguos griegos no le concedieron un significado moral preciso a la luz o a las tinieblas y que el antagonismo expreso en la eterna lucha entre la oscuridad y el imperio de la luz es fruto posterior del cristianismo bien implantado.

El platonismo ha irrigado y articulado el pensamiento de Occidente durante siglos; somos herederos del universo conceptual, artístico y  lingüístico  griego y romano, pero qué extrañas nos parecen estas operaciones de los espectros paseándose por cualquier ámbito posible a la hora del mediodía, gracias al propio astro rey. Diríamos que es la hora más rara para lo raro.

Poniendo ejemplos de la percepción negativa del mediodía durante el periodo medieval, Caillois dedica unas breves páginas a analizar someramente esta extrañeza nuestra, este distanciamiento casi abismal entre nuestro concepto de la luz y el de los antiguos. Para estos, la acción aniquilante del sol a mediodía, el entumecimiento del alma por los rayos solares daba paso franco a la acción destructora y extraordinaria. Para nosotros lo numinoso se halla más bien en lo crepuscular o en la noche. Hemos iniciado un viaje radical para hallar lo otro, hemos abierto una brecha nueva y definitiva en la historia de las mentalidades para encontrarnos cara a cara con el otro mundo. Sin embargo, diríamos, ningún escondite más sutil para los fantasmas, ningún enclave más infrecuente para lo extraño, que el circunscrito por los rayos del sol en pleno espacio natural.     

1 comentario:

Anónimo dijo...


miguel perez gil
11:45 (hace 5 horas)
para mí

Un interesante estudio oh Pi acerca del tema del día y la noche en su relación con la percepción mitológica y ominosa de sus respectivos lugares en la conciencia

Podrías enviarlo a alguna revista de las muchas que hay para que tuviera una mayor difusión de la que tiene y así ocupar el lugar que merece entre los estudiosos de los temas más humanos y literarios de los tiempos antiguos y modernos

Aunque supongo que para todo el mundo su época ha sido la más moderna hasta entonces

La nuestra es muy moderna y además mucho más rápida y acelerada ya que la vida humana se ha acelerado y en los últimos tiempos está alcanzando una velocidad de vértigo hacia no se sabe dónde
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