lunes, 18 de julio de 2022

NOTAS POSIBLES. Estar fuera de la vida y amar la vida. I

 


Llevo cierto tiempo dulce, es decir, sin abismamientos ni pensamientos siniestros. Me encuentro tan insólitamente bien que me siento extraño, casi inseguro, como si algo fuera a ocurrir. Me pregunto yo a estas alturas, de qué ha valido tanto sufrimiento secreto, el calvario de tanto aislamiento, la tortura de tantas fiestas resueltas en la angustia y pasadas gracias al éxtasis de la música. Eso sí que no podré perdonármelo: la cantidad de tiempo que he desperdiciado, que no he vivido, que he perdido. Aunque pueda renacer en la hora presente, algo de la herida de ese tiempo esfumado y no experimentado, frustrado, pesará sobre mí.

 

 

Envidio a la poeta noruega Inger Christensen, es decir, me sorprende que con el tipo de poesía que escribía, tan poco popular, tuviera un éxito más que notable en sus días. O el pueblo noruego demostró un gusto muy singular o es que era la época hipi con su oferta de mundos y éxtasis nuevos lo que creó un ambiente propicio de recepción. 

 

 

El espacio cuadrangular de las películas de Clint Estwood. He ido examinando sus grandes películas de los setenta y todas las mejores tomas son de una horizontalidad muy eficaz: azoteas con el mar de fondo, piscinas a cuyo borde se encuentra el cadáver de una bonita muchacha en traje de baño. La chulería de los setenta.

 

 

Después de un largo periodo sin frecuentar densidades y secretos absolutos, volver a la escritura no sólo me da pereza sino que se me antoja pedante: aquí estoy de nuevo, pertrechado de lucidez y de entusiasmo por los laberintos sin fin... de siempre…

 


Qué insoportablemente solo me encuentro con esta lucidez a rastras y encima, en estos días de fiesta, qué hastío…

 

Imaginar que James Brown, que las grandes estrellas del arte o la música o el pensamiento que admiramos, estén muertas, me parece ridículo, trivial. Resulta artificioso pensar que quien protagoniza en nuestra memoria y emoción, la más intensa encarnación de lo vivo y pleno, haya fallecido y no esté, supuestamente, con notros.

 

 

Cuando alguien me pregunta por los papás suelo responder con un eficacia aprendida y formal, pero por debajo de la expresión contenida, se me abre, de pronto, un abismo, un precipicio sobre el que tengo que guardar un complicado y súbito equilibrio, si no quiero desaparecer yo mismo en él.

 

 

Semidormido, suena música por la radio. Los términos en que la creación del mundo se dio, un hilo vibratorio de temblores y rumores, separándose entre sí a partir del nacimiento en un mismo punto.



En las sedas furtivas de la noche del sábado vislumbro,  acaricio la salvación, la reconciliación definitiva, el misterio por fin resuelto de los seres a través de la trémula felicidad que nos da el sabernos todos soberanos y dignos de belleza y amor.

 

 

Un concierto en el cementerio. Imagino el final espectacular de la sinfonía Turangalila de Messiaen, haciendo estallar de luz los nichos, atravesando de furia sagrada los muros de los panteones, liberando a todos los seres que yacen el pasado, siendo redimidos en el ahora estallante de la música de la resurrección.

 

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