martes, 6 de junio de 2023

JAVIER PUIG. EN LA MIRADA




EL INTELECTO METICULOSO


Es posible que haya todavía alguien que dude de la funcionalidad o de la utilidad de la poesía, basándose en supuestos valores de referencia de la vida real que vienen a ser, a día de hoy, romos estereotipos.

Si encumbramos y elogiamos tanto el llamado progreso, apliquémoslo a todos los órdenes de la vida. Nos daremos cuenta pronto que sí, que la poesía sirve, o mejor dicho, no sirve, vehicula nuestras más preciosas confesiones y se convierte en el modo de expresión personal más suculento y secretamente eficaz.

Y si alguien merodea el ámbito de las letras puede muy bien darse cuenta de la sutil ventaja que uno lleva en sí al utilizar ese tipo de escritura tan especial que es la  poesía.

En el libro de Javier Puig se nota esta familiaridad con la palabra, no tanto por la historia de las publicaciones que haya llevado a cabo sino por su experiencia paciente y analítica como lector, tanto de literatura como de cine. Una experiencia singularmente cualitativa, pues en el caso de Puig la asiduidad lectora a través del tiempo ha potenciado la precisión y la hondura en la captación semántica, en la visión crítica del objeto artístico.

Todo poeta escribe, elementalmente, sobre lo que le ocurre. Puig también lo hace y por ello nos encontramos con refinados poemas dedicados tanto a  personajes fílmicos y literarios como a reales y  familiares.

Ya conocemos que Puig es autor de varios libros dedicados al cine y a la literatura. Se trata de obras en las que a modo de artículos o breves ensayos nos habla, por un lado, de los libros que han marcado su vida como lector apasionado, y por otro, de esas películas que por su altura han ido a constituir cierto itinerario interior.

 Es por todo ello que Puig dedica poemas a poetas, actrices o entes de ficción: Clarice Lispector, Marylin Monroe, Alejandra Pizarnik, el sacerdote de Diario de un cura rural, Claude Laydu; Dersu Uzala o Charlot…. Ante este notable elenco y actualizando culturas con respecto al último personaje que cito, uno se preguntaría si los jóvenes del nuevo milenio saben quién es Charlot. A veces las desmemorias que pululan afectan a nuestra mejor aventura: la cultura.

Podríamos observar: qué diferencia hay entre un comentario en prosa sobre una película y un poema sobre la misma materia: la diferencia radicaría no sólo en el tono sino en la, digamos, entrañabilidad, valga el neologismo, que se  experimente de la obra en cuestión. En un poema uno es más íntimo, habla directamente con la esencia del argumento, de los personajes, del film en general, de su representación.

 

La poesía ordena los sentimientos. Puig nos lo muestra con varios ejemplos que van marcando el tramo final del libro, utilizando un lenguaje preciso que direcciona densas abstracciones relativas al tema de cada poema.

Puig prefiere en la mayoría de los casos eludir la nota meramente realista, enfocar su objeto de un modo tan directo como quintaesenciado, dirigiendo su lenguaje al centro profundo de la experiencia, como es el brillante caso de Nosotros, en el que no resulta tan evidente, por dicha especiosidad del lenguaje, que el placer de un día veraniego de vacaciones se convierta en la instantánea plataforma de la felicidad; o bien, la fugacidad de la armonía, en el que se llama con melancolía a recuperar la comunicación humana y mantener viva la memoria de algunas cosas aunque hasta el momento solo hayan sido virtualidad.

En un poema como No es hoy, practica un reajuste abismático consigo mismo a través de la proyección de estadios de extrañeza.

En Los otros, Puig utiliza imágenes encomiables por lo precisas ante un motivo tan arduo como es el enfrentamiento cotidiano con ese que es nuestro prójimo y también un extraño. La vida se torna una extrañeza que hay que emprender para dilucidarla y sobrevivir.

En un poema como Epifanías el lenguaje utilizado sigue siendo muy elocuente a pesar de la oscilante brumosidad del motivo.

Ante lo que supone vivir y el pesaroso rosario de sus circunstancias, Puig es brillantemente sucinto: este bello secreto que no cansa. Vivir implica el sufrimiento pero también el reubicarnos en la pista de salida continuamente renovada desde la que saberlo hacer más o menos felizmente.

Los poemas referidos a familiares son más directos con respecto al tratamiento de la esperanza.

Destacaría los dedicados a sus nietas, en uno de los cuales leemos quizá el mejor consejo que el abuelo podría dirigirles a las hijas de sus hijas: De algún modo, sigue jugando, con la alegría de cada momento, en cada nueva estación.

Quizá eso sea el vivir con el auxilio de la poesía: el continuo renacer de una lúdica lucidez.

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