Ya me ocurrió con otro libro. Me refiero a la situación de no saber con total certeza si un determinado libro se encontraba o no en mi biblioteca, es decir, que si el libro en cuestión, lo tenía o no lo tenía. La primera vez que dudé de si poseía o no un libro que juraría haber comprado, fue El espacio literario de Maurice Blanchot, el volumen que protagonizó esta confusión de mi memoria. Al buscarlo por casa y al no encontrarlo y teniendo en cuenta que fue un libro que durante un período de mi vida deseaba adquirir al atravesar furores hermenéuticos y críticos, comencé a pensar que había soñado su compra. La certeza de que, efectivamente, lo tenía en algún rincón movedizo de la casa, bajo trastos y cajas, perdía consistencia y daba lugar a una entrada fugaz en el limbo. Las contradicciones que una persona puede mostrar quizá se justifiquen por el trasiego diario, por la multitud de encuentros y diálogos que se solapan entre sí, por las movilidades cualitativas del propio criterio; pero no poder afirmar si uno tiene un objeto concreto llamado libro de un determinado autor, no hace sino cundir la estupefacción, cierta irrealidad. Al final, cuando ya había abandonado la idea de buscarlo y pensaba adquirirlo para acabar con el misterio, de pronto, el libro asomó entre carpetas y montones de otros libros, produciéndome algo así como un efecto mágico. ¿Lo había comprado o es que alguien me lo había regalado; o bien se había producido un efecto paranormal y el libro había atravesado planos espacio-temporales que giraban en mi propia habitación y se había materializado librándose de una inquietante existencia virtual? Lo que más me pasmó es que había pasajes en las páginas, subrayados por mí que yo no recordaba haber leído. Todo lo más, me sonaba remotamente, alguna frase reveladora, alguna concentración aforística. Como aquellas notas ínfimas al margen del texto eran mi letra, resolví el asunto pensando que la cantidad de objetos que hay en mi habitación y un descuido de la memoria habían sustraído el libro de mi alcance.
Algo semejante a lo ocurrido con el libro del autor francés me ha pasado con Fragmentos de un libro futuro de José Ángel Valente. Hace unos días, me apetecía comprar un libro. Consulté la página que la librería Atenea tiene sobre sus publicaciones y me encontré con... una antigua novedad: el libro de Valente. Enseguida me entraron ganas de comprarlo, al tiempo que algo me decía en la cabeza que ya tenía ese libro y que lo había comprado en el Corte Inglés haría unos cinco años, cuando Jordi Doce dirigía esta encantadora colección de bolsillo de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.
Hacía mucho que este libro no lo veía por casa: ni en los cajones, ni en las cajas ni en los antiguos archivos de cartón donde voy metiendo los volúmenes que ya he leído y no me apetece volver a releer. De todos modos inicié una búsqueda por casa que pronto abandoné porque los castillos de libros uno encima de otros, los montones de cajas y de bolsas, que llenan las habitaciones de mi casa, amenazaban con derrumbarse y desparramar el libresco contenido por todas partes. No quise romperme la cabeza con la idea de si lo tenía o no. Así que me dirigí a la librería y lo compré. Al consultar por encima el contenido, recordaba confusamente el contenido. Curiosamente, cuando me puse a leer con atención y tranquilidad, la delicia de una poesía misteriosa, fugaz, transparente, casi furtiva, apareció ante mi percepción. En suma, y ahora que ya he casi acabado con la lectura de esta curiosa, fascinante obra de Valente, es que he leído un libro nuevo, que he descubierto matices que no vinculaba al recuerdo de mis lecturas pasadas y que todo me confirma, tenga el libro escondido en algún rincón de la casa o no lo tenga, que la lectura hace renacer el texto, que la literatura, como decía Borges, no se acaba porque la contenida en un solo libro ya es infinita. Un libro se lee, no se consume como un cigarrillo o cualquier otro producto. La naturaleza de la palabra es inmarcesible y más en el ámbito de la gran poesía.
Lo que todavía me turba son estas confusiones, estos ¿juegos? de la memoria, esta incertidumbre con respecto a ciertas cosas, en este caso, libros, y que presta a todo lo que pueda circular por nuestros recuerdos una identidad tan incierta como sorpresiva. Creo que era Gaston Bachelard quien decía que con el paso del tiempo, la memoria ya no recuerda tanto como despliega una narrativa imaginativa sobre las cosas.
En el año 1981 ingresé en un convento de retiro franciscano, ubicado en la montaña, Santa Ana del Monte, en la ciudad de Jumilla. En la primera noche que pasé en mi celda, al abrir la puerta, tras de esta me encontré con un escorpión enorme. Le di un pisotón y lo lancé al pasillo. A la mañana siguiente, no estaba. Recuerdo perfectamente que todo esto ocurrió así. Pero cada vez que evoco la imagen del escorpión, la sensación que se me impone es que soñé ese escorpión, se mezcla de un modo inextricable la realidad de su figura con las vaporosidades del sueño. Quizá el escorpión estaba allí, tras la puerta esperándome, al tiempo que el sueño lo detectó para desmaterializarlo fuera, en el pasillo.

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