De lo ocurrido en Ceuta el jueves pasado, independientemente de la indignación y el pasmo, lo que más me ha chocado ha sido la actitud de los asaltantes, exigiendo acogida, habitáculo donde descansar y asearse, comida y agua. En esta justa retahíla de exigencias podrían haber pedido un pequeño harén, ya que, prácticamente, habían escapado de las detestables condiciones terrenales y se encontraban casi ya en el paraíso. Una percepción ineludible de las realidades materiales, les llevaría a considerar que todavía estaban vivos, que no se habían transustanciado en espíritus puros y por ello el premio de su oriental y estático Dios no les pareció oportuno todavía.
Observando la actitud de estas personas, tan irresponsable como ingenua e infantil, recordé, a propósito de mentalidades arcaicas o alucinadas, aquello de la Cruzada infantil que se produjo en Europa en pleno medievo, y que acabó de modo parecido a como ha acabado el asalto a Ceuta aunque con consecuencias más dramáticas. Los magrebíes han sido prácticamente devueltos finalmente a su país, es decir, al sitio de donde vinieron, salvo algunos grupúsculos, y el atrevimiento de asaltar fronteras les ha costado casi un centenar de muertos; y los niños que tomados por la iluminación mística en el siglo XII se embarcaron en semejante empresa, perecieron en el desierto o fueron capturados como esclavos en alta mar. Como decía Marguerite Youcernar, con qué siniestra facilidad muere de golpe tanta gente. A las personas que se jugaron la vida penetrando en Ceuta yo las veo como víctimas, tanto de la historia política, gestada por muchos e incontrolables factores, como de su propia cultura.















