De las fiestas de las Navidades pasadas, que se me antojan remotas, aún subsisten restos dispersos por ahí. En los ajados muros de alguna calle oriolana, por ejemplo, este cartel se resistía a ser aplastado por otros, a ser arrancado por los chiquillos o a desleírse bajo la lluvia y el viento. La linda chica que anunciaría, supongo, alguna fiesta discotequera de fin de año, me fascina. Literalmente es un símbolo más que una persona: su vida ha durado lo que las (viejísimas) fiestas navideñas. ¿Quién será? ¿Por dónde andará? ¿Será española? Me cuesta imaginar que sea una modelo, que tenga codificado un número de carnet de identidad, que tenga apellidos. Su vida está engastada en el marco ya fantasmático de las fiestas navideñas pasadas. Fuera de ahí, como símbolo o icono de algo, no tiene razón de ser. No funciona. Salvo el rostro que tendría significación por sí mismo, lo demás, la indumentaria y la motivación que la rodean, la atan, irremediablemente, a un contexto temporal que preñan de lirismo melancólico su imagen contemplada ahora. En la calle se produce lo fantástico, decían los surrealistas. De este cartel sólo derivo una lectura obsesiva: qué fugaces son las cosas, qué lejano el pasado inmediato, el antaño de antes de ayer.
domingo, 16 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
OBSERVACIONES SOBRE LOS COLORES. Ludwig Wittgenstein
A cada autor, escritor o filósofo lo solemos asociar no tan sólo con un determinado registro lingüístico, sino con una imagen. Si digo Schopenhauer, cierta numinosidad comienza a agitarse atravesando, cósmicamente, seres y mundos (la Voluntad). Si digo Platón una luz me transporta al origen de los orígenes, a la Memoria, a la emoción del Verbo. Si digo Nietzsche, una tempestad de lucidez y energía hiperbóreas me arrebatan a través de una de las más vívidas prosas de filósofo-poeta. Si digo Wittgenstein, veo líneas (los sintagmas en los que van las proposiciones), experimento, de pronto, una detención, una expectación : estoy ante el umbral de algo. Sólo necesito leer la prosa aforística del filósofo para que el misterio que aguarda tras ese umbral me adelante una porción de lo que espera ser dicho o nombrado.
En esta obra, Wittgenstein nos plantea una reflexión filosófica sobre nuestros conceptos comunes de color. No estamos, pues, ni en el ámbito de la psicología ni en el de la física, sino en el seno de una investigación que, conociendo lo que sobre el tema aportan ambas disciplinas, parte de cero. Lo que a Wittgenstein le interesa del caso es lo elemental, lo fundamental: cómo se elaboran, ordenan y se instituyen nuestros conceptos sobre las cosas.
Podríamos decir que el libro, en apariencia, es sencillo. Pero hay que saber leer los textos filosóficos y la aparente sencillez – algunos de los párrafos aforísticos los escribió pocos días antes de morir - va adensándose, y haciendo emerger una sorpresiva reflexión sobre algo tan común y desapercibidamente cotidiano como son los colores.
En principio, Wittgenstein se pregunta por una serie de aspectos básicos, que, o bien solemos dar por conocidos o sobre los que no hemos pensado una segunda vez. Su preguntar es ya la apertura a una gran reflexión. Por ejemplo:
¿Por qué no podemos imaginar una incandescencia gris?
¿Por qué no podemos hablar de la opacidad como una característica del color blanco?
¿Por qué podemos hablar de una luz roja oscurecida, pero no de una luz roja negra?
¿Por qué pensamos que el verde es un color intermedio entre el azul y el amarillo?
¿Cómo es que podemos hablar de unos colores referidos a fondos y otros a superficies?
¿Cómo es que es imposible imaginar un blanco transparente?
¿Cómo es que estamos tan seguros de lo que los ciegos no ven, de lo que supone la ceguera para ellos?
¿Cómo es que algunos colores poseen una mayor incidencia espacial que otros?
¿Cómo es que es imposible imaginar un blanco transparente?
¿Cómo es que estamos tan seguros de lo que los ciegos no ven, de lo que supone la ceguera para ellos?
¿Cómo es que algunos colores poseen una mayor incidencia espacial que otros?
El que el negro absorba los otros colores, ¿pertenece a la lógica o a la psicología?
¿Emplearía un ciego la expresión “ciego al color” del mismo modo que lo hacen los no ciegos?
¿Es por razones lógicas o psicológicas que consideremos el gris como un color neutro?
¿Deberían tener los colores puros nombres especiales para distinguirlos de clasificaciones ordinarias equívocas?
El autocuestionario wittgensteniano tiene un efecto suavemente narcótico. Nos alucina lo real. Es decir, cómo componemos nuestra imagen de lo real sin saber de verdad las razones de tal proceso.
Wittgenstein niega que exista el concepto de color puro - la naturaleza es tan pródiga que es imposible extraer a partir de ella, claramente, esta discriminación -, en tanto que afirma que el mismo nivel de relación tienen para él los conceptos de sensación. Color y sensación poseerían una articulación semejante para nuestro pensamiento. Los colores no están, simplemente, a nuestra disposición, como lo están las palabras de un diccionario para nuestra consulta. Sus propiedades son huidizas o mixtas, puesto que los efectos psicológicos en los que vienen envueltos dificultan el esclarecimiento final de sus nociones. Wittgenstein llega a decir que una historia natural de los colores, pues, no podría construirse sino a partir de la aparición neta de estos en la naturaleza, convertidos, para nuestro conocimiento, en proposiciones temporales. Como el resorte de un mecanismo, diríamos…. La esencia relativa a la identidad de los colores, quedaría fuera de tal historia. De la Teoría de los colores de Goethe, Wittgenstein niega, incluso, que alcance tal entidad teórica. Su carácter predictivo es inexistente. Sólo destaca en esta obra la observación elemental de que ninguna oscuridad generará claridades por sí misma.
Wittgenstein afirma que no es su objetivo el crear una teoría. Su investigación se limita a rastrear la lógica de los conceptos de color. En definitiva, lo misterioso sobre los orígenes de la identidad que nos creamos sobre las cosas, persiste: “no hay un criterio comúnmente aceptado para lo que sea un color”
La sutil ubicación de donde parte la investigación de los colores wittgensteiniana nos la comunica el aforismo 234: la psicología conecta lo experimentado con algo físico, pero nosotros conectamos lo experimentado con lo experimentado. Es decir, no hay tributos a ningún conocer, se observan los distintos aspectos del color y sus consecuencias cognoscitivas a través de la evolución de los propios colores, sin configurar parámetros ni confirmar esencias ni principios. Teniendo en cuenta que para Wittgenstein lo importante de un concepto se revela en el uso que hacemos de él, formula una definición sencilla y precisa de lo que el mundo de la conciencia podría ser: no el conjunto más o menos denso o fantasmático de todas nuestras sensaciones, percepciones o juicios, sino su simplificación en “lo que estoy ahora viendo”.
La psicología describe unos fenómenos desde la psicología. La física hace lo mismo desde las competencias que la constituyen. El tipo de reflexión al que nos invita Wittgenstein sortea ambas disciplinas, planteándonos cómo creamos nuestros conceptos del irisado universo. Wittgenstein es consciente de lo que su tentativa podría implicar, aplicada al conjunto de nuestras ideas sobre el mundo. La naturaleza de tal tentativa la hallamos reflejada, sucintamente, en el aforismo 45 de la parte III del texto, : “Se debe siempre estar preparado para aprender algo totalmente nuevo”.
Ese "totalmente" ¿no confirma la eterna lozanía del pensamiento?
miércoles, 5 de febrero de 2014
FOGWILL. LA GRAN VENTANA DE LOS SUEÑOS
Con un sueño podemos hacer dos cosas: contarlo o analizarlo. Yo diría que a la segunda opción ya hemos desistido un poco. Tras el ingente parloteo psicoanalítico, nos encontramos, más o menos, como cuando, psicológica y técnicamente, no sabíamos nada y nos enfrentábamos al desciframiento de su huidizo simbolismo con el único recurso de la imaginación particular o el llamamiento a unos arcanos estereotipados de significación nebulosamente sugerida. Con respecto a la otra opción, contar un sueño no es, precisamente, algo fácil. Nada más complicado y traicionero que intentar contar un sueño en su literalidad. La narratividad del sueño ofrece singularidades refractarias a nuestros parámetros lógico-lingüísticos. El sueño es en sí un lenguaje propio. En este sentido, los sueños siguen manteniendo una irreductible autonomía que estriba en su negativa a ser sustituidos por lo que no sería sino una traducción. Les ocurre como a la poesía. Cualquier transcripción es ya una recomposición de su fluir originario, una adaptación a la inteligibilidad, y por lo tanto, una deformación.
En este libro, de algún modo, Fogwill, confirma esta “nueva” ubicación interpretativa de los sueños, y olvidando aprovechamientos literarios o análisis exhaustivos de los mismos, se limita a contarlos como si fueran curiosas historietas vinculadas a su persona y a su psiquismo, e interesándose, a lo sumo, en el sueño como fenómeno biológico dador de imágenes en cuyo relato interviene tanto la cavilante memoria como el estricto y consciente deseo de narrar, ya que, irremediablemente, la comunicación del sueño se hace posible sólo gracias a la estructuración que le dona el relato de la vigilia. No es posible, pues, contar el sueño desde el soñar mismo. El sueño no es el recuerdo que tenemos de él, exactamente. Hay factores difícilmente delimitables que intervienen en el sostenimiento del sueño, en la configuración que el recuerdo, presumiblemente, rescata.
Fogwill señala que no hay registro en la historia de sueños relacionados con el olfato. Alude a razones neurológicas desconocidas hasta el momento. Afirma, también, que tampoco existe música soñada, que no hay sueños de música. Quizá olvide cómo compuso Tartini su famosa Sonata del diablo; aunque quizás Fogwill tenga finalmente razón, pues Tartini, al despertar no se limitó a transcribir, sino a componer una obra lo más parecida posible a la que, supuestamente, había soñado y que al despertar, olvidó totalmente. Según Fogwill, - podríamos atrevernos a argumentar nosotros - , Tartini no soñaría tal música, interpretada fantásticamente, por el diablo, de la primera a la última nota, sino que se trataría, fundamentalmente, de una ilusión onírica, de el infundio creado por el recuerdo de una impresión, en realidad, fantasmagórica y remota. Tartini se autoestimuló a sí mismo a través de un sueño para crear una obra musical que no habría podido escribir de otro modo. “La función del inconsciente siempre es compensatoria”, recuerda Jung.
Creo que Fogwill acierta en su observación. Lo que dice es que nadie, que se sepa, ha soñado con una serie compleja de notas concretas y que, posteriormente, con plena consciencia, se haya limitado a transcribirlas mecánicamente. Yo mismo he soñado en tres ocasiones con música, unos pocos compases de una orquesta imaginaria, pero no fueron exactamente sueños, sino ensoñaciones en estado de semivigilia, e instantes después, me era ya imposible reproducirlos, ni siquiera mentalmente.
El sueño más sorpresivo, elaborado y literario de los que cita Fogwill en estos apuntes, es uno que titula Los días blancos y los días negros, en el que toda la nación ha adquirido el calendario lunar y se decreta un cambio en la notación musical. Fogwill visita España, y en un simposio se encuentra con que tiene que convertir su poemas en composiciones pianísticas con la fatalidad de que el único piano que se le facilita es uno con todas las teclas blancas.
jueves, 30 de enero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
LA DULCEDUMBRE DE LAS IMÁGENES. OBSERVACIONES.
jueves, 16 de enero de 2014
LAS HAZAÑAS DE HÉRCULES
He rasgado las puertas de ónice,
He pulido los soles mercuriales,
He deshecho coronas de maleficios,
He plisado yardas de diamante,
He liberado la persignación acústica de las
albas,
He demorado el caudal de las horas,
He soñado tu conversión en cáliz y
relámpago,
He borrado la constelación de Andrómeda,
He batido rosicleres y odiseas,
He asistido al parto de lo que fluye,
He maniatado saberes y tempestades,
He descrito la bisectriz de tu sonrisa,
He dormido en el látigo de los
siglos,
He fluctuado como estrella deshabitada,
He sumado ánforas de oro al sueño de tus
cabellos,
He desechado las teorías de la muerte,
He contado las anfractuosidades del velo,
He inventado el día bajo los álamos,
He acostado la llama,
doblado el disco,
trizado el obelisco,
He inventado una circulación única del
tiempo,
He partido los doseles,
He drenado las balsas,
He compendiado las eras en el verso que
concurre,
He irrumpido en las alegorías como una
astilla sigilosa,
He simulado apocalipsis,
Disfrazado a la lluvia de rectángulo,
He canjeado pétalos por gemas
trémulas,
He bifurcado las ansias en marginales
tersuras,
He remontado mi nombre,
he dudado de mi resurrección,
He señalado las huellas de la lágrima
caída,
He ignorado la sentencia del desierto,
He rodeado las montañas,
He blandido harmonías y máscaras,
He señalado cauces de agua magnética,
He sitiado al verbo,
He roto planicies y albas,
He soñado este día,
He escrito mi mito,
He franqueado las fuentes y tu cuerpo,
He limpiado los mirtos,
descifrado tantas muertes,
cegado los laberintos.
jueves, 2 de enero de 2014
NO JUZGUÉIS
No juzguéis, aconsejaba Gide tras su experiencia como jurado en varios procesos, recomendación sincera de quien, subrayando la necesidad de los jueces y las leyes, dudaba de un repartimiento total y equitativo de la justicia, advertencia que no es sino el reflejo civil de la famosa sentencia bíblica prometiendo idéntica contundencia contra quien se atreviera a juzgar.
Como en años pasados, de nuevo, me veo envuelto en los deslizantes entramados que preseleccionan obras poéticas para un concurso literario de fama suficientemente conocida. Y como en tales ocasiones, se repite la situación de vérselas con un promedio de obras a concurso de diversidad de estilos y procedencias geográficas, y por lo tanto, también de intensidades líricas y expectativas distintas. Formar parte de jurado de preselección viene a ser algo así como hacer un trabajo de deshollinador, limpiamos la morralla, somos los “negros” del “jurado auténtico”. Ya se sabe a qué me refiero. Agradezco de verdad a la persona que me ha elegido el que confiara en mí para hacer esta selección de los poemarios que aspirarán al premio definitivo, pero, como poeta que me siento, me siguen preocupando un par de cosas que, pese a mi remota intervención, se reproducen cada convocatoria:
Por un lado, cierta preferencia europeísta en los temas de los poemas, ( cosa, por otra parte, normal, pues se busca y se valora más fácilmente lo más próximo, lo que resulta, de este modo, más inteligible: véase lo que en Psicología del Espacio, Abraham Moles dice acerca de las leyes de diferenciación de los espacios: “un lugar está tanto más diferenciado cuanto más frecuentemente los individuos se refieran a él en sus discursos y comunicaciones")
Y, por otro, la dificultad en atender convenientemente poemarios procedentes de latitudes, que hablando nuestro propio idioma, se encuentran sumidas en conflictos, experimentando condiciones sociales y económicas muy desiguales. Si la poesía es universal y atraviesa fronteras, alguna vez el premio en el que participo, podría ofrecer más interés en obras originarias de allá, teniendo en cuenta las expectativas que los de allá tienen en la figura que da nombre al concurso.
Lo que sí me llena de alegría es que la poesía continúa, que la aventura poética es interminable, que a través de ella se nos ofrecen tesoros secretos, gratuitamente, y que la gente sigue escribiendo y encomendándose a su más seguro confidente: el poema
Hay algo que me angustia: los bellos poemarios que no ganarán el premio. ¿Adónde irán? Creyendo que son una masa energética que a través del Verbo, atravesarán la tierra, sé que en algún punto de planeta aparecerán, que venciendo el límbico estatus de la virtualidad, se editarán en algún sitio. Pero si no lo hicieran, otros poemas, otros mensajes igualmente fulgurantes, irán a sustituirlos, emergidos del incesante devenir creativo de la gran Mente que somos todos hacia la belleza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
-
EL DÍA ETERNO. Georg Heym En ámbitos germánicos, la exasperación de los mundos simbólicos del romanticismo y del simbol...
-
Creo que un Baudrillard le hubiera dedicado un par de páginas al menos, a propósito de las supremas banali...
-
IDENTIDADES NÓMADAS: LOS DIARIOS DE ISABELLE EBERHARDT Borges nos hablaba en uno de sus cuentos de aquella inglesa que, capturada por unos ...















