jueves, 9 de agosto de 2018
miércoles, 1 de agosto de 2018
ALEJANDRA PIZARNIK.
DIARIOS.
Al tiempo se le vence con el
tiempo mismo. A esta conclusión se llega, al menos, cuando se repara en que
sólo con el paso del tiempo y armados de paciencia, por otro lado, asistiremos
a una edición verdaderamente definitiva de los diarios de Alejandra Pizarnik,
porque lo que nos advierte Ana Becciú, gestora de esta edición, es que se ha visto obligada a hacer, en un par de cuadernos concretos entre los muchos en los que Pizarnik consignaba sus experiencias diarias, una selección de pasajes y
no a publicarlos íntegros, teniendo en cuenta la delicada materia, demasiado
alusiva, de tales notas. Al parecer, la familia y un abanico de
nombres de personas concretas, todavía vivas al día hoy, han sido la diana a la que Pizarnik dirigía esas
notas tan explicitas que Becciú ha decidido no publicar, posponiendo, en
nuestra imaginación, otra edición, quizá esta sí, total y definitiva, de estos
estupendos diarios.
Resulta curioso que
considerando la envergadura del volumen que alcanza las 1.100 páginas, haya que
pensar que todavía falta texto…
El itinerario de los diarios
ha sido accidentado, aunque el tenor de las circunstancias explique tal accidentalidad.
La misión de preservar los documentos durante la dictadura, hizo que se
decidiera sacarlos del país. Julio Cortázar se convirtió en albacea temporal al
residir en París, pero pronto falleció. Desde ese momento los diarios no
acabaron de estar seguros hasta que la universidad de Princeton los compró
junto con los archivos. Hay que celebrar, pues, que tal cantidad de
material haya, finalmente, adoptado la apariencia de libro bajo la que
gozosamente, nos acercamos, confidentes silentes y emocionados a una de las
voces más singulares de la literatura de las últimas décadas en español. Tenemos ante nosotros el vivido documento de
un alma compleja, un verdadero diario de escritora, como la autora prefería
definirlo, en el que además de las lecturas de obras y autores que van formando
la singladura de la formación literaria
de Pizarnik, se nos da la oportunidad de escuchar las confesiones de un
espíritu que conoció la intensidad, la pasión, el extremo, el sumirse
riesgosamente del “otro lado”. Precisamente, de
ese lado brumoso e insondable es de donde procedían las voces que de
modo insidioso y constante le tentaron toda su vida a salir de la misma como
numinosa solución a su dolor incurable, al soterrado acecho de la locura.
En las primeras páginas del
diario aparecen menciones a un absoluto y mayestático EL, entreveradas de
reproches, dudas y esperanzas. Algo
después, más bien pronto, estos "ires y venires" con la divinidad, sintético
producto de la pasión adolescente, cambian el trato irónico por la ausencia de
toda nominación directa. También muy precozmente hace su aparición en estas
páginas un antipático sujeto que se autoinvita a la fiesta y se dedica a acosar
a nuestra poeta, reclamando anodinamente su ser total. Se trata de don Suicidio quien, emergido del
inconsciente y proveniente de no sé qué ensortijadas eras remotas, traza un
anillo de Moebius fatal en la vida de Alejandra, y como si reclamara a la
poeta como cosa suya, se presenta como solución última en los primeros años de
vida libre, consiguiendo lo que deseaba, llevándose a una Alejandra
intelectualmente pletórica de 36 años, en 1972. Bibliografía abundante y específica, filosófica, psiquiátrica, pide este eje
central, este motivo definidor en la vida de Alejandra, pues el porqué de su
suicidio no sólo presenta interrogantes tanto de tipo biográfico como más abiertamente intelectivo, sino que casi
parece un enigma, teniendo en cuenta que signa definitivamente el destino y el
desenlace de su obra poética y de su figura humana. Aún así, personalmente, me
molesta que el suicidio, en el caso de Alejandra Pizarnik, sea el garante de no sé qué exactamente,
cuando mucho de su obra poética, junto a sus escritos patafísicos o críticos no
necesitan de ningún sacrificio para ser lo literariamente efectivos que son.
Como en todos los diarios,
hay una proliferación de iniciales. Sería
de agradecer que esta edición hubiera identificado tan sólo a alguno de
los personajes citados para comprender mejor lo escrito por Pizarnik. Condenada, por un lado, a un destino poético solitario, la poeta trajina en su vida
profesional y sentimental con un gran número de personas. Si ese destino
poético la lanzaba a un viaje en solitario a las estrellas de la locura, en el ámbito de las
relaciones íntimas cambia su cifra única y vamos comprobando en las anotaciones
diarias cómo se suceden los variados y
numerosos contactos sexuales, cómo se producen y decrecen los amores por unos y
por otras, y hacia el final de su vida, cómo influyen catastróficamente, los
amores que fracasan, cuando su malestar más secreto le obliga a necesitar
urgentemente de la seguridad de una compañía afectiva.
La “autenticidad” de
Alejandra, creo, radica en el carácter altamente literario de su persona. Solo en
clave arduamente poética es posible calcular la totalidad de su entrega a algo:
la índole de su pasión, su virtuosismo son lingüísticos. Como dice en una
entrega de sus diarios, las grandes nociones como Dios, la Naturaleza o el
Universo le son inalcanzables, precisamente porque a tales entes les es
indiferente la existencia de su persona. Fuera de servidumbres conceptuales o discusivas, todo viene a reducirse a la trabazón
íntima, al conflicto interior donde la vida sexual, el amor y el inconsciente
son los navíos fundamentales de toda experiencia. Tanto temáticamente, en su
obra poética, como vitalmente, en su
existir cotidiano, esto se corrobora con contundencia y estos diarios nos
surten de jugosas confesiones al respecto. La complicada vida sexual de Alejandra,
la hondura de su viaje poético, su lucidez en cuanto a la problemática de su
estado conforman una rígida telaraña que solo puede leerse en clave de
intensidad.
Hay algo que se publicita
poco sobre la vida de Alejandra y que me ha sorprendido conocer. Si no he leído
o comprendido mal, durante sus años de estancia en París, sufrió un aborto. En el
caso de que hubiera tenido ese niño, creo que Pizarnik ya no hubiera sido la Pizarnik
que conocemos todos. Cómo habría cambiado, qué condicionamiento hubiera
transformado lo salvaje de su vivir. Pero nos es muy difícil, por no decir,
imposible, imaginar a Pizarnik entregada a las necesidades y deberes de una
vida maternal, verla inserta en esa “normalidad” , desempeñando el papel de
madre…
Subrayo la curiosidad literaria de
alguna de sus observaciones críticas. Por ejemplo, lo que dice sobre
Juan Ramón Jiménez es justo lo que yo he pensado siempre. Se trata de un poeta
entregado obsesivamente a su mundo de sombras, sueños, azules y demás insomne
repertorio simbolista-modernista. Pero, no llega a ser un gran poeta precisamente
por ese carácter confuso, o lo es pero deja de serlo cuando naufraga en
metafísicas rebosantes de líricas especulaciones.
Los diarios de Pizarnik están
surcados de anotaciones vibrantes sobre un cuerpo y una mente ávidos de belleza
y plenitud, el cuerpo y la mente de la poeta. Aunque sus juicios literarios
siempre sean agudos, lo que aquí más abunda es el registro de su convulsiva
subjetividad y es importante recordar, en cuanto a la historicidad de ideas y
sensibilidades, que estamos hablando del sustancioso diario de una poeta.
He disfrutado mucho con la
lectura de estos diarios, diarios que temía, prejuiciosamente, visitar. En algunos
momentos muy precisos he sentido una gran empatía, yo diría, ternura, por la
amanuense. Por ejemplo, cuando en una sesión, lee en público una generosa
selección de sus “textos de humor”, producción que la autora valoraba como lo
más propio suyo y lo mejor ejecutado, anota escuetamente: Nadie rió. Cómo comprendo la situación, pues he conocido, también
en recitales, momentos de idéntica y lamentable desconexión.
Algunas de las anotaciones
finales sobre sus intentos de suicidio- tentativas de ahorcamiento, asfixia- me
golpean la cabeza como imágenes viles. Episodios tremendos, también, entre lo
cómico y lo trágico, son sus luchas nocturnas con los vecinos. Yo desearía no
perder de vista la sustancia del sujeto poético de estas líneas, la verdad profunda
de la poeta que sueña porque aspira a que esa felicidad se cumpla de alguna
manera y que podemos encontrar con intelectual pureza en este apunte: Yo sólo sería feliz en un mundo de esfinges.
Sin palabras. Sólo la música, el vino y los ojos más intensos del universo
contemplándome.
miércoles, 25 de julio de 2018
ACTUALIZACIONES
En la Red, veo un programa grabado
por la televisión mejicana en 1981. Se trata de una tertulia entre Borges,
Octavio paz y Salvador Elizondo. Hablan sobre el tiempo y la poesía como
testigo privilegiado del mismo. Lo que enseguida choca es pensar que este
programa se emitiera en horario de máxima audiencia. Hoy sería impensable que,
con el jolgorio de cadenas buscando reclamar audiencia, se lograra tal cosa con
un tranquilo debate filosófico sobe el tiempo. Y ello no sólo por cuestiones
mediáticas sino por el propio contenido: actualmente las prioridades
tertulianas son esencialmente de índole política. El acoso mediático sobre la
realidad es de tal calibre que cuesta imaginar que un debate puramente
filosófico pudiera satisfacer el interés multitudinario de la audiencia. Resultaría
anacrónico e insólitamente ilusionante a la vez.
En cadenas privadas o locales,
en programas radiofónicos pueden darse tertulias de este tipo pero no rellenan
sino las casillas fugaces de temas varios que las grandes cadenas dejan a sus
flancos deslizarse. En cuanto a las sensaciones
específicas del visionamiento de este debate entre los tres grandes autores,
experimento como dos pulsiones: por un lado celebro verlo, me gustan los
escritores ahí reunidos, lo que dicen y cómo lo dicen; por otro, uno percibe
que el tiempo hace surgir nuevas realidades y nuevas formas de interpretar, por
ello, quizás, la brillantez expositiva de los contertulios supone, a veces,
juicios algo expeditivos.
Si no hablas el lenguaje de
las nuevas tecnologías – facebook, wasap, twitter, etc – eres un marciano y, lo
que es peor, estás fuera de onda, fuera de la comunidad virtual de hablantes.
Bueno. Da igual. La realidad es siempre más compleja e insólita. La actitud a
seguir por el disidente relativo sería la de saber utilizar en la medida de lo
necesario todas estas herramientas y no rendirles ningún culto, porque entonces
sí se produce un intercambio de esencia y el instrumento modifica lo que se
comunica a través de él.
Ante el cuasi avasallamiento
tecnológico la soberanía individual debiera radicar en la no delirante actualización
de lo que se oferta, domeñar la
maniática puesta a punto del equipo personal.
Si es necesario, fingir indiferencia. Lo que vuelve loco hoy, mañana está cubierto de telarañas.
El capital del reino actual
es la información – de todo tipo - . Pero en ámbitos filosóficos, el exceso de
información es contraproducente para el conocimiento. Es más, no basta. La
información es como un paquete de contenidos relacionados y ordenados sintéticamente
que se añade a relaciones y nexos igualmente engrosable y ordenados de ese
modo. Para el pensamiento la información es meramente un conjunto de datos
archivables, algo estático que le falta la relación con la vida, es decir, con
lo que la hace verdaderamente eficaz y justificable, con un contexto.
Ninguna moda o tecnología en
alza pueden afectar a nuestra soberanía. Lo que sí resulta inadmisible es el
poder de opresión de la estupidez.
La teoría pura precisa del
contexto, del conjunto eventual de las circunstancias para hallar su contraste
y justificación, para comprobar su eficacia y verdad. El contexto corrige la
teoría, aunque en casos extraordinarios también ocurra lo contrario. No todo lo
que ocurra lo sabe ya la teoría. Si la teoría calcula variaciones y conjuntos
de variaciones, puede que no sospeche cuándo nos podemos cansar de sus vaticinios.
Si pudiéramos analizar, en
el curso de un acontecimiento breve, moléculas de tiempo, apenas entrado en el
análisis de la primera, ésta se desplazaría fatalmente al pasado o al futuro
inmediato. ¿Hasta qué punto una molécula de tiempo analizada aguantaría en el presente
mientras es estudiada? O quizá sea una virtud del tiempo en tales medidas no corresponderse estrictamente con
ninguna forma de tiempo concreto estando un poco en todas.
miércoles, 18 de julio de 2018
jueves, 12 de julio de 2018
Alejandra Pizarnik. Poesía Completa.
Esta edición
El gran atractivo de esta
edición de la poesía completa de Pizarnik llevada a cabo por Ana Becciú es que rectifica
y mejora intentos anteriores de la misma empresa. Incluye poemas hallados en
carpetas y cuadernos que hasta ahora habían escapado a ediciones póstumas, incluyendo
correcciones de ediciones anteriores, reajustes de fechas, etc.
Pero aun así, la editora nos
advierte que esta publicación no pretende ser la definitiva: las citas de obras
de otros autores o las anotaciones de frases escuchadas al azar o extraídas de
conversaciones que Pizarnik seleccionaba y guardaba meticulosamente como
material inspiratorio conforman un archivo, en poder, actualmente, de la
universidad de Princeton, que espera su edición correspondiente, del mismo modo
que, por ejemplo, la ha tenido el archivo personal de Lezama Lima.
De todos modos, el placer
exclusivo de esta edición es que nos permite un seguimiento puntual de lo que
escribió y publicó Pizarnik a lo largo de su vida en el ámbito de la poesía, y
es de este modo como reproducimos con la lectura, los episodios precisos de una
escritura única. El último texto que encontramos en esta edición que sigue un
estricto orden cronológico es el poema que Pizarnik dejó escrito en su pizarrón
de trabajo, prácticamente, instantes antes de morir.
Simplemente añadiría con
respecto a esta edición que la fidelidad
en el orden cronológico de los textos publicados suple cierta falta de aparato
crítico que toda edición completa debiera llevar sobre el poeta en cuestión:
recurrencias temáticas, tipologías simbólicas, incidencias varias de la
escritura, intenciones formales de la autora, preferencias, alusiones o
influencias, etc…
PRIMERAS OBRAS
Con el paso del tiempo, Pizarnik
se distanció de sus primeros libros. En
realidad se trata sólo de un gesto que no confirma lo que expresa. Nos
encontramos esta constante en muchos autores importantes de la literatura, en
Borges, por ejemplo, para no ir, geográficamente con respecto a la poeta
argentina, más lejos. Y como en el caso, también, del citado Borges, este
alejamiento, cuando no, secreta abominación de lo primeramente publicado, suele
resultar no muy acertado. Precisamente, en los primeros libros de poesía
publicados por Pizarnik, La tierra más
ajena o La última inocencia es en donde encontramos ya
alguna de las grandes intuiciones de su poesía expresadas de modo diáfano.
En estos primeros libros
alienta una poética muy libre que se satisface con el formato más bien breve de
imágenes sorpresivas, característica formal típica de la obra poética de
Pizarnik.
Pero lo más temible es la
precocidad con que el devenir de un destino trágico, el de su propia vida, se
vaticina en tanto que la musa es a penas liberada. La presencia de la muerte,
involucrando tenaz y complejamente al sujeto poético que enuncia los versos, o
sea, a la mismísima Alejandra, aparece, desaparece y reaparece en fogonazos, y
se puede ya detectar, por ejemplo, en poemas como Azul, de 1955. Pocos poetas encontramos en la historia de la literatura en quienes
la muerte como motivo poético y
existencial se haya convertido en un asedio personal tan contumaz e
indesligable de las andanzas propias.
Habría que hacer una
discriminación valorativa en la escritura de Pizarnik, a propósito de
presencias y densidades envolventes. Cuando Pizarnik desciende al ruedo de la
poesía asume un destino, un exilio interno y un desasosiego de
desenvolvimientos probables varios; cuando empuña la pluma de la prosa creativa
encarna un espíritu diferente, explota el humor delirante y casi diríamos, toma
contundente venganza de ese secuestro del alma experimentado en la inspiración
poética, a través de la conversión del lenguaje en una máquina de semejanzas
disparatadas, de confusiones y mixturas fónicas. Escribiendo prosa, sus textos
de humor, como ella los designaba, explota la materia sonora del lenguaje
volatilizando el sentido o ubicándolo en enclaves desternillantes; cuando
escribe poesía el humor se deja de lado, y las palabras adquieren una misión
frontal: hablar de su exilio, de su sueños incumplidos, de la orfandad de su
alma, de la aspiración a un paraíso definido por la recuperación de la infancia
rota. Si la poesía es el lugar de lo posible, como ella misma declara, esa
posibilidad renuncia al mero desbaratamiento patafísico y se atiene a la
formulación preciosa y temblorosa del prisma en que quede nítidamente expresada
su esperanza más herida y su ansia ante lo que ya secretamente se ha cumplido.
En sus primeros libros hay
poemas que suenan únicos, aunque no dejen de remitirnos a esa asunción
reverberante de lo fatal, como por ejemplo, El
despertar, que es una auténtica oración dirigida a lo ignoto o a la
divinidad, a quien, pide clemencia por su mal que parece incurable. El poema está significativamente dedicado a su primer
psicoanalista, Leon Ostrov, como si, podríamos pensar, su paciente quisiera
mostrarle las capacidades curativas de la palabra de otro modo que tendida en
el diván.
VOZ ÚNICA
El prólogo de Octavio Paz al
libro Árbol de Diana es la réplica a
un estilo (y a una voz) que emerge como interesante novedad en el panorama
poético de la década. La precisión, la delicada belleza, la discreción formal
unida a la audacia en ese formato del poema breve y del poema en prosa, son las
características que resaltan en esta voz nueva que es Alejandra Pizarnik. Se
podría decir, sin correr riesgos de
reboso crítico, que Alejandra es minimal y abismática al mismo tiempo, que sin
desparramarse en poemas largos hace efecto de contención expresiva en poemas
que convierte en brillantes punzones de lucidez. El poema que dedica a Antonio
Porchia y que se encuentra en Los trabajos
y los días, es una brillante síntesis del pensamiento y del hacer literario
del poeta italo-argentino, y casi merece un análisis específico aparte por la sutil
complejidad de lo que dice con tan pocas y aparentemente, sencillas palabras.
No puedo evitar citarlo por completo aquí.
Las
grandes palabras
aún no es ahora
ahora es nunca
aún no es ahora
ahora y siempre
es nunca
Entiendo el poema de la
siguiente manera: ahora, en el momento y mundo donde nos encontramos, no se
produce la plenitud, la felicidad, teniendo en cuenta que tal estado siempre se
ha prometido a través de desesperantes futuribles y enclaves edénicos
imposibles, es decir, será en el mañana, o bien fue en un mítico pasado donde
fuimos y seremos libres y felices. Pero ocurre que todavía –aún no es ahora –
no ha llegado el momento de la felicidad general prometida, porque ese, el
instante en que se producirá, - ahora -, no ha llegado. El segundo verso confirma
con angustia la imposibilidad de ser feliz tras caer toda esperanza, al ser
conscientes de que tal esperanza es una ilusión. Por ello, lo que este segundo
verso afirma tremendamente, es que la
esperanza no se producirá nunca ya que el tiempo que habitamos, ahora, no
confirma en absoluto nuestros deseos. Los versos finales de la segunda estrofa
desalojan a todo tiempo conocido de una verdadera liberación del alma, y lo que
indican con esta vertiginosa sencillez es que no conoceremos en esta vida, -
este ahora en el que somos – esa libertad o felicidad deseadas. El machadiano Hoy es siempre todavía, reflejo sutil
del dicho la esperanza es lo último que
se pierde, deja un rescoldo de esperanza,
ofrece una posibilidad de vida en el hoy, concepto temporal más amplio y menos urgente que el del ahora
de Pizarnik. La poeta argentina ha quemado las naves de la paciencia, sabe que
nunca llegará la felicidad en el tiempo que se vive; el poeta español define un
vívido margen de lucha, al proyectar la posibilidad del renacimiento personal
en el tiempo material del que aún se dispone.
TEXTURAS DE UNA SOLA INTENSIDAD
Cristina Piña afirma que
cada vez que se aproxima a la poesía de Alejandra descubre algo nuevo. Este
volumen de la poesía completa de nuestra autora, lo adquirí a principios de
febrero y lo he terminado de leer, sin prisa y con todo el placer del mundo, a
mediados de este mes de mayo último. En ese transcurso de lectura y de andadura
relajada por los textos de Pizarnik,
también he creído percibir, dentro de su linealidad dolorida y
sentimental, reverberaciones tonales, modalidades formales. Ante la mayor narratividad
de los poemas en prosa o ante la definición de una iconografía – lilas, niñas,
jardín – hay otros poemas que asaltan la sensibilidad o incluso, se hacen
estremecedores.
Un poema como Privilegio, me hace recordar a Celan,
por esa pureza compleja de lo que invoca y cómo lo invoca; o bien, en pasajes
de poemas de Extracción de la piedra
de locura, hallamos confesiones y
ruegos que arden entre otros desenvolvimientos convulsivos, incluso entre
versos que podríamos conceptuar como brillantes aforismos: Alguna vez se olvidarán las culpas, se emparentarán los vivos y los
muertos.
La imagen, que no
imaginería, en Pizarnik es tan declaradamente hermosa como sorpresiva: El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de
luz dentro de la luz.
La poesía es el espacio de
lo polisémico y, aunque las incursiones críticas sean legítimas, la exégesis
que se pretenden definitivas siempre resultan empresas ingenuas y pedantes.
Ante la poesía, y sobre todo ante una poesía como la de Pizarnik solo cabe el
asombro y el estremecimiento. Como, ciertamente, estremecedor resulta el poema En esta noche, en este mundo, poema que
la poeta escribe al borde de sus fuerzas, en el mismo límite y que también es
un ruego, una solicitud de ayuda. La enfática precisión espacio-temporal y el
tono desesperado lo hacen inolvidable.
Algunos de los poemas
inéditos que recoge esta edición, la mayoría breve y sin título, son la
continuación semántico-expresiva de un mismo verso, insinuado en poemas
anteriores, la prolongación de un solo eco. Entre estos poemas inéditos hasta
el momento nos encontramos con el que resulta más extenso, escrito en Buenos
Aires, durante una de sus últimas estancias en el hospital, titulado sin
ambages, Sala de psicopatología, que viene a ser una suerte de manifiesto
autobiográfico y que me ha hecho recordar ciertos textos de Artaud. A la mayor
desesperación se une la falta de miedo a desnudar su alma y su vida en unas
líneas delirantes que no admiten comentarios. En realidad, una poesía como la
de Pizarnik no necesita de comentarios sino solo de escuchas estremecidas.
Si Pizarnik desapareció en
el agujero negro del suicidio, no hay un modo, aparentemente, más sencillo de
seguir escuchándola que a través de sus poemas. Resulta estremecedor comprobar
cómo en multitud de poemas, en versos concretos
insólitamente expresivos, Alejandra nos habla como si lo hiciera ahora,
a más de cuarenta años de haberse despedido del mundo que nosotros habitamos. Su poesía es, efectivamente, no solo el lugar
de lo posible, como ella decía, sino el punto en que, trémulamente resurrecta,
se encuentra congelada, presa su voz. Hiperconsciente de su mal y de su
destino, Pizarnik vuelve el rostro y nos dice desde la lejanía que habita lo
que le sucederá y lo que le sucedió, y, ciertamente, lo que le está sucediendo.
Alejandra, habitante de confines convulsos de luz y sombra.
FASCINACIONES ÚLTIMAS Y FUNCIÓN DEL AMOR
Cada artista posee su
encanto especial. Como diría el poeta, hay en Pizarnik “un no sé qué”, que constituye su atractivo y que es lo que
provocó que, personalmente, profundizara en ella a través de unas primeras
lecturas de sus poemas y posteriormente a través de su diario para acabar con
la lectura de su obra poética íntegra en este volumen que presento y reseño.
Confieso que me acerqué a la
figura y a la obra poética de Pizarnik con el temor de que estuviera demasiado
anclada en las culturas reivindicativas de los sesenta y principios de los
setenta: revolución social y sexual, preocupaciones filosóficas a cerca del lenguaje,
influencia, todavía demasiado evidente, del psicoanálisis, mucha cultura francesa, etc... Pero como la
misma Pizarnik declaró, su obra se ha hecho desoyendo tendencias de moda o
escuelas, y finalmente, he comprobado que la belleza de sus versos no dependen
de ninguna lectura epocal determinada
sino que inauguran un espacio propio signado por la melancolía, la ausencia y
el poder evocativo de un verbo que no teme sobrevolar simas y abismos e
internarse en ellos. Su suicidio rubricó esta entrega de su verbo a las
nominaciones últimas y desesperadas. Sus delicadas incursiones en mundos
posibles y tremendos se cerraron trágica y brillantemente con su sacrificio
personal, señalándolos a todos qué exige del poeta la verdadera poesía, en qué
términos quiere lo poético que los poetas dancen al borde del abismo.
Desde esa entrega
definitiva, Alejandra vuelve a nosotros como un eco, en los distintos términos
de su poesía, es desde esta que como un lúcido espectro cuenta lo que le sucede
y lo que iba a suceder y es todo este dolor entregado a nosotros su máximo
testimonio. ¿Podremos verla de nuevo si nos encadenamos etéreamente a estos
versos, si dejamos por un instante que arda en nosotros la verdad a la que se refieren?
Las personas que tuvieron la suerte de conocerla, ¿la reconocerán en esta edición de su poesía completa,
emergiendo de abismos cristalinos, como expresión de una alianza de amor irrompible
que todavía estuviera ahí, en el universo virtual de esta poesía?
Extrañeza, belleza, drama,
efervescente melancolía, son alguno de los ingredientes de una poesía extrema,
de una andadura lirica única, de una dicción personalísima. Que todo ello nos
estimule y nos decidamos a hacer el extraño viaje, ingresando en un alma compleja y ardiente. Su
rescate depende en buena medida de nosotros, lectores que además nos convertiremos en amantes, pues amándola es como hallaremos la mejor y más verdadera imagen de Pizarnik: el que me ama aleja a mis dobles.
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