martes, 8 de enero de 2019
RESACAS DE LUZ
Si la luz es vida, resulta difícil imaginarse una resaca de exceso de vida. Pero para una sensibilidad especial e imaginativa, esto se traduce en ebriedad de imágenes, las imágenes que en estas fiestas han irrigado calles y plazas.
lunes, 17 de diciembre de 2018
Poéticas
Articulándome en la hora rasante, atreviéndome a olvidar una seguridad
neurótica, imaginando qué pasará en el paso siguiente en el que los espacios
forcejean, creyéndome que puedo desaparecer si la luz arrebata mi rostro.
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Perfilando el claror de la nieve sobre una suerte de papel cebolla,
merodeando en torno a los términos más suculentos que quisieras emplear para
atajar este descenso, reubicándote alrededor de la grava luminosa.
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Has conseguido que lo que el amanecer va descubriendo sobre la línea de
la playa se asemeje por procedimiento a tu dibujo del perfil de las cosas. La delicadeza
es una suerte de luminosidad difusa y precisa, a la vez.
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Distanciándote del fenómeno pero sin dividirte de él, apartándote de su ruido pero sin perder oído de las incidencias de su murmullo.
Distanciándote del fenómeno pero sin dividirte de él, apartándote de su ruido pero sin perder oído de las incidencias de su murmullo.
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Descender a la superficie del instante, el ahora mismo como habitáculo móvil y atalaya. Incluso lo que acaba de suceder resulta remoto y lo lejano, trémulamente próximo.
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Que, paulatinamente, el cuerpo obtenga el fulgor que le exima de toda
decadencia, que retome su origen fabuloso.
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Las postergaciones del deseo hacen almas tumefactas.
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Que la franqueza de la imagen reste sombra a tu especulación legítima, que
el claror soñador de la tarde impregne el resultado de tus merodeos.
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El rosario de objetos supone encarnaciones concretas de conflictos, de
motivos para la empresa de desciframiento. De todos modos hay que reposar
sobre la idea de que todo misterio ha sido conocido y todo conocimiento
difundido.
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viernes, 14 de diciembre de 2018
DEBUSSY.
POEMA SINFÓNICO DE LOS SENTIDOS O EL MISTERIO SENSIBLE
La excusa de unas
efemérides, - el centenario de la muerte - me da ocasión para esbozar un par de
líneas sobre el arte de este compositor francés.
Como suele ocurrir y de un
modo especial con las figuras pioneras en el ámbito de la creación estética, la
obra de Debussy alcanza con el paso del tiempo una importancia cada vez mayor,
o mejor dicho, su genialidad se nos hace más elocuentemente perceptible, así
como su puesto en la historia musical.
Curiosamente, cuando me
inicié a la música clásica, el primer compositor que escuché o que me pareció
no sólo inteligible sino fascinador, fue Debussy.
La sensualidad y el misterio
son factores básicos en el arte de Debussy, y con el paso de ese tiempo
revelador que hemos señalado y que hace grandes a los artistas que hemos
admirado de adolescentes, se abren cámaras y recámaras en la impresión
fascinadora de los sonidos.
Lo que denominamos en el
arte de la palabra y de las artes plásticas, simbolismo, se convierte con
cierta premura vulgar, en impresionismo en lo que respecta a la música de la
época de Debussy. Mallarmé es simbolista, además de visionario. Mientras que
Debussy es sólo impresionista. Me parece un error sensorialista encasillar el
arte de los sonidos debussyanos en mero flujo impresionista. En realidad,
Debussy es contundentemente simbolista, y lo es cuando se inspira tanto en
textos de Verlaine como de Mallarmé para sus composiciones.
¿Es impresionista por la calma
radiación efectista de su sonido, y simbolista por la significación de tal
radiación?
El hecho es que hoy el arte
de Debussy se nos muestra soberano de su propio mundo, un mundo hecho de encanto, de fragilidades
vaporosas y cristalizaciones lánguidas, de humor y melancolía específica. Digo
esto último porque la misión del arte debussyano no es tanto redimir almas como
localizar espacios en los que la musa puede interrogarse por el destino confuso
de la materia o por su despliegue suntuoso bajo las estrellas. Escuchemos Images para orquesta, por ejemplo, y podremos
percibir esto. Los preludios, otro ejemplo, es una suerte de laxo desmenuzamiento
de lo fascinante a través de una multiplicidad de motivos.
Una característica singular
perceptible en el arte de Debussy es que por muy etérea que sea su música,
siempre se despliega en un aquí perceptible. La música rastrea mundos, jardines
solitarios, catedrales sumergidas, ninfas de trenzas amarillas, noches
embriagadoras. Y aunque todos estos motivos sean hipersutiles, responden a una
sensibilidad que se ha hecho universal gracias a la obra de Debussy. En la obra
de Debussy ya no hay extrañamiento por desajustes del gusto con respecto a lo
ya socialmente establecido, pero el impacto de su magia permanece intacto. La
música de Debussy es lo suficientemente moderna para encantarnos como
“reconocible” para poder disfrutarla.
El modo en que Debussy juega
con la sinestesia evocando perfumes, describiendo colores, visibiliza elocuentemente
la ingrávida topografía del mundo impresionista musical. La música de Debussy
siempre te alcanza, siempre te hechiza porque no evita su motivo, se hace
tangible a fuerza de inmaterializarse, de espectralizar sus abanicos sonoros.
Personalmente, siempre estoy
dispuesto a escuchar música de Debussy.
Es, de todas las músicas, de las más fluyentes, de las más inmediatamente
aceptadas por el cuerpo escuchante. El barroco me exige cierto ranking en la
musculatura y el ritmo, el clasicismo me parece remoto si lo comparo con la oferta
debussyana, y la música contemporánea, incluso en sus variantes electrónicas,
puede incomodarme más que cualquier elección del opus debussyano. Por su
extraordinaria plasticidad, podríamos decir que el arte de Debussy supone la
traducción musical de ciertos fenómenos de la naturaleza. Es en este sentido
como Debussy se convierte en un maestro universal, al ser el descubridor de un
lenguaje musical; pionero no, creador de un continente que esparce su tímbrica
en multitud de islas interconectadas a la misma mágica imantación.
jueves, 13 de diciembre de 2018
POESÍA A PARES
En ámbitos germánicos, la
exasperación de los mundos simbólicos del romanticismo y del simbolismo,
produce expresionismo. Este tiene además, una característica que yo diría,
misteriosa: la precisión histórica con que fechamos su aparición y máxima
vitalidad en el horizonte de la creatividad europea: a principios de siglo, y como
vaticinador de los desastres apocalípticos de la Primera Guerra Mundial y del
nazismo. Heym, siendo uno de los poetas más representativos de este movimiento,
no podía ser una excepción a estos términos. Conocí su nombre en aquella pionera antología que la editorial Hiperión lanzara a principios de los
ochenta, Tres poetas expresionistas:
Georg Heym, George Trakl, Enst
Stadler, volumen que supuso para mí el conocimiento del mundo poético del
expresionismo, tendencia que yo asociaba, exclusivamente, a una película con la
que me obsesioné mucho antes de, por fin, poder verla, El gabinete del doctor Caligari.
Como si un lúgubre fatalismo
se cerniera sobre la imaginación de los poetas del momento, primera década del
siglo XX, el universo poético de Heym es muy semejante al de sus colegas:
tullidos, personajes melancólicos, presos de cárceles lóbregas, asesinatos y cadáveres flotantes
en estanques, enfermos, suicidas, amores fatales, jardines solitarios y calles
desoladas desfilan por la inspiración del poeta en un espeso retrato del horror
que nos espera en la gran ciudad, convertida en escenario de espantos y
violencias acechantes.
Hay algo en el expresionismo
que me fascina y que se da en los distintos lenguajes en que se manifiesta, sea
plástico, fílmico o literario: el expresionismo produce un lugar en el que
podemos disfrutar de lo espectral, pero no al modo fantástico o gótico, sino
metafísicamente, podríamos decir. Cuando la realidad adquiere, moral y
socialmente, un grado de obscenidad ineludible, es una ilusión obstinarse en evitar
o criticar los feísmos de su devenir
estético. El expresionismo supone un mundo remoto y fatal, cuyo ámbito natural
es lo grotesco y lo horrible. Así es el mundo que sanciona y representa. Por ello
resulta tan interesante, en el contexto de las tensiones y catástrofes que se
avecinaban, consultar el expresionismo en cualquiera de sus facetas porque se
tornan protestas proféticas de un fin sangriento que terminó ejecutándose.
En el expresionismo vibra un
espíritu amargo que se solaza en las podredumbres crepusculares. Por ello su
sensorialismo no es escapista ni puede interpretarse como impresionismo: acusa
un efecto cumplido del que no se puede escapar, un mal que se muestra como el ser tremendo y corriente de las cosas.
La muerte de Heym tuvo algo
de gracilidad truncada: se ahogó cuando patinaba con unos amigos. Aquí el hielo
suma una imagen delicada teñida pronto por lo lúgubre.
Su obra, junto con la de Trakl,
es una de las más importantes del expresionismo poético, imbuida de esa
intensidad en las imágenes que teniendo en cuenta el devenir que se proyectaba sobre
la sociedad, podríamos definir de visionaria.
MARÍA
ZAMBRANO
Poemas.
Todos sabemos que María Zambrano
no tiene obra poética, - en todo caso se
encuentra imbricada en su obra filosófica -, y tal cosa lo demuestra bien este volumen que no recoge sino embriones y anotaciones fragmentarias. La poesía es
a lo que Zambrano aspira desde su razonar filosófico; poético es el tono
discursivo de sus obras. En medio de la poesía es como quisiera ver convertido
el Logos. Por algo dice en una de estas ingrávidas páginas que a diferencia de
la filosofía, la poesía no escinde el ser ni el pensamiento. Zambrano soñó con escribir
formalmente poesía, pero bien escasamente lo consiguió en un par de los poemas aquí
seleccionados. Contentémonos, pues, con ubicar la poesía de Zambrano en lo
mejor de su obra filosófica como inspiración y destino no conceptual.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
lunes, 3 de diciembre de 2018
NARRACIONES INACABADAS de Atanasio Die
Este sábado pasado, 1 de diciembre, se
presentaba el volumen Narraciones Inacabadas de Atanasio Díe Marín en La Lonja
de Orihuela.
Los libros conmemorativos o
póstumos parecen tener una doble justificación para su existencia impresa. Este
libro podría prescindir, incluso, de tales prebendas y exhibir un interés propio,
pues el puñado de cuentos que se nos ofrece representa, simbólicamente, algo
así como la esencia de un perfume, la síntesis de un estilo y una temática. Los
cuentos de Atanasio Díe son un reflejo narrativo de su obra teatral, por ello
es que la apretada iconografía de
personajes y ambientes fantástico-dramáticos que desfilan por ellos, puedan
también ser interpretada como colofón de cierre a su obra escénica. Los cuentos
serían así individuaciones de una creación bizarra y muy personal, figuraciones
concretas de un drama que ha hallado su perfil ambiental en lo grotesco y
sorprendente.
Mallarmé decía aquello, tan
recordado en más de una ocasión por Borges: El
mundo existe para convertirse en un libro. Y desde luego no ha habido otra
cuita en los últimos meses para la incombustible Manoli que convertir los
últimos cuentos de su marido en un contundente volumen, forrado en terciopelo
negro y con las contraportadas en vampírico rojo sangre. Felicidades por el
trabajo finalmente conseguido.
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