jueves, 20 de febrero de 2020

LAS PERSONAS DEL VERBO Rafael González Serrano





En definitiva, para conocernos y comunicarnos, para instalar el punto estratégico desde el cual lanzar nuestros mensajes a los demás, ¿quiénes somos, de entre todas las personas verbales: nosotros, ellos, aquellos, o, simplemente, nos ubicamos en la primera unidad reconocible: el yo abismático y concreto, el yo irrenunciable y polémico?
La cuestión no es nada banal, casi diríamos que alude al interrogante con implicaciones éticas y filosóficas más crucial: no se trata de saber quiénes somos de modo permanente, qué identidad nos pertenece, qué identidad somos, sino cuál vamos a representar; cuándo, ante el mundo y los otros, nos toca ser nosotros, ellos o yo mismo. Se trata de una cuestión de ubicación espacial y sentimental,  de estrategia conceptual.
Rafael González Serrano utiliza un lenguaje de imágenes dinámicas y precisas, de larga resonancia,  para evocar una memoria que nos ilustre, en un primer momento, sobre la historia y las pertenencias propias de estas personas del verbo que al articularse, despliegan una versión distinta de universo.
Cada persona del verbo, tanto las formas singulares como, especialmente, las plurales, son unidades mitológicas del Ser cuya intensidad y veracidad el poeta, parece querer  rastrear para reconstruir la gran épica secreta de cada uno de nosotros y comprobar cuál es el grado de satisfacción en la empresa realizada a lo largo de la vida. Es urgente que sepamos qué lazos son los que constituyen nuestra identidad común si no queremos que el tiempo arrase con nuestro vacilante testimonio. Y en este lance, la propiedad verbal, el formalismo de los textos, se han revelado, también, difusos. A pesar de la potencia de lo que la palabra pueda comunicarnos, hay una vacilación final que no acaba de solucionarse: lo que creíamos que perdura, se va desvaneciendo a la luz de nuestras evocaciones más fieles. Vívidamente, escribe: Pero ni la palabra encinta,/ni la disciplina de lo fragmentario,/ni el crisol del sintagma/nos enseñaron que ese verbo/ era un tatuaje desvaneciéndose/en la piel de los segundos/que alimentan la exactitud.
Desde Nietzsche ya sabemos que sin gramática no hay ontología.
Para el poeta, las normas pueden ser como columnas de aire: existe hacia ellas una consideración respetuosa que implica la subversión a la hora de imaginar nacimientos nuevos del ser. En este sentido, la nominación clarividente de lo plural, la integración de lo diverso en lo uno, es todavía una aspiración a cierta harmonía. Es por ello que la primera persona del plural no haya perdido ciertas implicaciones éticas y de esperanza: Nosotros/….como en el origen del universo. He ahí un vínculo. En el nosotros no hay enajenación, hay una memoria, un deseo de estar bien en comunidad y en el reconocimiento.
La distancia entre las distintas personas del verbo implica una gradación entre ellas de orden emotivo, social y mental. Entre el nosotros y el vosotros, hay una mayor cercanía, incluso, una más próxima semejanza que entre estas personas del verbo y el ellos, la tercera del plural. ¿Quiénes son ellos: son los extranjeros, los raros, los distintos a nosotros, los extraños, los enemigos, los otros…
Esta mecánica de relación humana es la que se muestra en la que, podríamos llamar, la segunda parte del poemario: la amenaza que para “nosotros” y “vosotros”, supone el advenimiento de “ellos”. Si en los primeros poemas se insinúa un desencanto con respecto a la función de las identidades de las primeras personas del verbo, apuntando a cierto desasosiego metafísico, en los últimos poemarios, se trasluce con claridad el pánico que ellos  representan y la inseguridad que significan para nuestro futuro. Qué curioso que las propiedades de las dos primeras personas del plural determinen tan nítidamente las diferencias con respecto a la tercera, ese amenazante ellos, que conceptuamos como los extraterrestres, los periféricos de nuestro sistema y de nuestra sensibilidad.
Rafael González Serrano también insinúa otra funciones de las personas verbales: o bien, marcas que articulan nuestra historia personal y anímica; o bien, como señalizadoras elementales de la alienación: el espanto súbito que nos atraviesa precisamente porque hemos descubierto que hemos dejado de ser “nosotros” (para ser “otros”, para no ser nadie…).
Afortunadamente, porque sabemos que al ser “nosotros” nunca seremos “ellos”, podemos estar relativamente tranquilos, aunque quizá sea esta, otra forma, la más sutil, de enajenación de nuestra presunta identidad.




martes, 18 de febrero de 2020

LOS CUERPOS DE POMPEYA





Simmel dijo que a través de las ruinas el arte, el mundo de las formas, regresaba a su origen material y primero, a su estado amorfo y arcaico.  Si esto podemos aceptarlo así, qué son los cuerpos petrificados, casi vitrificados por las cenizas y la lava del Vesubio, cuando estalló en el año 79 d. C. y la ciudad fue sepultada…
Podemos interpretarlo de dos maneras que convergen y que son una. La naturaleza no permanece estática, necesita extenderse y reubicarse. El planeta experimenta desplazamientos internos y en este punto las contracturas pueden ser espectaculares.  La tierra, al reaccionar de esta manera, está cumpliendo con la más básica ley vital que le es propia: el movimiento físico.
La naturaleza es un proceso, como dijo Whitehead, y de tal proceso pueden derivarse efectos inerciales, circunstancias sorpresivas.  Centenares de años después de que produjera la explosión del volcán, en una operaciones varias, se descubren los restos enterrados de la ciudad y los cuerpos de sus habitantes, lo que viene a ser como la segunda parte de la acción de la tierra: los cuerpos de los aplastados por la explosión del volcán, son las obras de arte que la deposición milenaria de la tierra y el tiempo han producido. Los cuerpos de hombres, mujeres, niños e incluso animales, petrificados en el gesto que hicieron justo en el momento de morir, son la producción química de la colisión definitiva entre hombre y naturaleza, la producción metamórfica de las energías telúricas.
Los cuerpos se han convertido en estatuas y la fascinación que produce su visionamiento es que la vida haya  sido extraída de tal fulminante manera,  para ser convertida en objetos, resto de tierra con una configuración propia.  
Los siglos pasados no atenúan la impresión si nos fijamos en los contornos de los cuerpos, en la contracción de sus miembros o, por el contrario, en la blandura de sus posiciones cuando estos han sido sorprendidos durante el sueño.
Que la naturaleza nos ofrezca fósiles como producto de la paulatina configuración gravitatoria de sus estratos, nos asombra:  nos hace pensar en la inmensidad del tiempo, en la sucesión oscura de los siglos y de la vida vegetal y animal. Un grado de estupefacción y fascinación mórbida crece si tal fósil lo es de personas humanas.
Ese perro retorcido que se encontró en una de las calles desenterradas de la ciudad, esa calavera con el resto del cuerpo ondulante y otrora carnoso que apareció sobre los restos de un lecho, exhibidos hoy en distintos museos, qué estatuto  de verdad obtienen, qué significan ante una reflexión sobre el hombre y la memoria.

Engastados en los pisos arenosos, desgajándose de otros fragmentos informes de tierra polvorienta, ¿en qué pintoresco estamento de la naturaleza, en qué grado de lo real ubicar estos cuerpos de piedra que parecen dormir, repentinamente, para siempre, captados por la ceniza protectora antes de que se diluyeran entre los cascotes y las esquirlas pétreas?
Cómo no arrobarse de terror ante la petrificación de lo que fue pálpito, pasión, voz, movimiento…  Ante determinados procesos naturales, la presencia divina prefiere ausentarse. Cómo no sumirse en la perplejidad ante esta jugada insólita de la naturaleza que nos devuelve el recuerdo de la vida en forma de cruel signo de su poderío demiúrgico.





EXPOSICIÓN EN LAS VERÓNICAS. TEJIENDO MEMORIA. EXPOSICIÓN DE SONIA NAVARRO.





Habiéndonos alejado ya lo suficiente de las fiestas de Navidad, sospechaba que algo debiera haber en la sala de Las Verónicas. En efecto, cuando volví la esquina de penetrante olor, mezcla de pescado y verduras,  de la Lonja, divisé un cartel oscuro en la altura y respiré aliviado: durante, al menos, unos minutos, no me comería el desasosiego: tenía un motivo positivo, con el que entretenerme y proyectar un artículo que satisfaciera mi prurito productivo de textos.

La exposición que inaugura la temporada, es de Sonia Navarro. Con lo que me topo en primer lugar es con la exposición de grandes patrones y mezclas de tejidos,  destacándose, entre ellos,  el esparto, con su entrañable rusticidad. La primera reacción fue de cierto sopor o aburrimiento. En una exposición, uno siempre prefiere la viveza de las imágenes a la presencia de materias primas. La  impresión inmediata que produce el visionamiento de patrones o muestras de tejido  no radica tanto en los atractivos de la forma visible como en el hecho de su complicada factura. La noción de tiempo se impone, relacionada con el trabajo que ha costado enhebrar la aguja que ha creado estas densas muestras de  memoria pura.
 Grandes pliegos oscuros, cuelgan de los balcones interiores de la sala, y se reparten en los lienzos compartimentados de las paredes. Todo me parece opaco, sólo valorable desde otro punto de vista que el puramente visual u ocasionalmente decorativo. 





La cosa cambia en el espacio disponible de lo que fue el altar de la sala. Aquí, el hilo como motivo metafórico se ha convertido en un trayecto luminoso, en una brecha de luz que recorre metros de altura hasta llegar al mismo techo y,  que tras reproducir  largas puntadas, pretende regresar al punto de salida. El hilo que teje, que une, conexiona y urde la gran masa del tejido, se convierte en un delirante itinerario de luz que  nos abisma al escapar e izarse sobre nuestras cabezas. El poder de las madres, de las Parcas tejiendo el hilo de nuestras vidas, se evoca aquí, independientemente de toda reivindicación ideológica o feminista. El hilo que sube y baja, que se retuerce y gira y emprende de nuevo el viaje, posee la energía de los dones primeros, del artificio sagrado que ratifica las semejanzas entre tejer y escribir, entre tejido y texto, entre la función de urdir y la escritura.







En la cámara del fondo de la sala, resguardada por grandes celosías, se encontraba la monumental pieza final: una suerte de gran fetiche, de exvoto de esparto emergiendo de sí mismo, del propio brotar de este material. La pieza, de considerable trabajo manual, también parecía reivindicar el prestigio de una industria local, aparte de las significaciones femeninas vinculadas a la tradición de tejer y el mantenimiento de estas técnicas y tipos de tejidos. 
Posteriormente he tenido una fantasía o sueño semiconsciente con esta pieza: un ser parecido a los héroes del espacio de Marvel, de aspecto sofisticado y estelar pero sin rostro, se encontraba en la sala donde se exponía la gran figura de esparto: era una suerte de  representante no humano de la técnica de trabajar el esparto, pero no podía aprovecharse de las singularidades de este material, por lo que se veía obligado a dormir de pie, ante dicha obra, sin poder recostarse en ningún sitio.
Aunque no me encontraba especialmente lúcido, salí de la exposición con buenas sensaciones: constatando la excelencia que la labor de los artistas mantienen todavía, al preservar el vínculo con lo arcano de las grandes tradiciones.       


 



UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....