sábado, 22 de febrero de 2020
jueves, 20 de febrero de 2020
LAS PERSONAS DEL VERBO Rafael González Serrano
En
definitiva, para conocernos y comunicarnos, para instalar el punto estratégico
desde el cual lanzar nuestros mensajes a los demás, ¿quiénes somos, de entre
todas las personas verbales: nosotros, ellos, aquellos, o, simplemente, nos
ubicamos en la primera unidad reconocible: el yo abismático y concreto, el yo
irrenunciable y polémico?
La
cuestión no es nada banal, casi diríamos que alude al interrogante con
implicaciones éticas y filosóficas más crucial: no se trata de saber quiénes
somos de modo permanente, qué identidad nos pertenece, qué identidad somos,
sino cuál vamos a representar; cuándo, ante el mundo y los otros, nos toca ser
nosotros, ellos o yo mismo. Se trata de una cuestión de ubicación espacial y
sentimental, de estrategia conceptual.
Rafael
González Serrano utiliza un lenguaje de imágenes dinámicas y precisas, de larga
resonancia, para evocar una memoria que
nos ilustre, en un primer momento, sobre la historia y las pertenencias propias
de estas personas del verbo que al articularse, despliegan una versión distinta
de universo.
Cada
persona del verbo, tanto las formas singulares como, especialmente, las plurales,
son unidades mitológicas del Ser cuya intensidad y veracidad el poeta, parece querer
rastrear para reconstruir la gran épica secreta
de cada uno de nosotros y comprobar cuál es el grado de satisfacción en la
empresa realizada a lo largo de la vida. Es urgente que sepamos qué lazos son
los que constituyen nuestra identidad común si no queremos que el tiempo arrase
con nuestro vacilante testimonio. Y en este lance, la propiedad verbal, el
formalismo de los textos, se han revelado, también, difusos. A pesar de la
potencia de lo que la palabra pueda comunicarnos, hay una vacilación final que
no acaba de solucionarse: lo que creíamos que perdura, se va desvaneciendo a la
luz de nuestras evocaciones más fieles. Vívidamente, escribe: Pero ni la palabra encinta,/ni la disciplina
de lo fragmentario,/ni el crisol del sintagma/nos enseñaron que ese verbo/ era
un tatuaje desvaneciéndose/en la piel de los segundos/que alimentan la
exactitud.
Desde
Nietzsche ya sabemos que sin gramática no hay ontología.
Para
el poeta, las normas pueden ser como columnas de aire: existe hacia ellas una
consideración respetuosa que implica la subversión a la hora de imaginar
nacimientos nuevos del ser. En este sentido, la nominación clarividente de lo
plural, la integración de lo diverso en lo uno, es todavía una aspiración a
cierta harmonía. Es por ello que la primera persona del plural no haya perdido
ciertas implicaciones éticas y de esperanza:
Nosotros/….como en el origen del universo. He ahí un vínculo. En el
nosotros no hay enajenación, hay una memoria, un deseo de estar bien en
comunidad y en el reconocimiento.
La distancia entre las distintas personas
del verbo implica una gradación entre ellas de orden emotivo, social y mental.
Entre el nosotros y el vosotros, hay una mayor cercanía,
incluso, una más próxima semejanza que entre estas personas del verbo y el ellos, la tercera del plural. ¿Quiénes
son ellos: son los extranjeros, los raros, los distintos a nosotros, los
extraños, los enemigos, los otros…
Esta
mecánica de relación humana es la que se muestra en la que, podríamos llamar,
la segunda parte del poemario: la amenaza que para “nosotros” y “vosotros”,
supone el advenimiento de “ellos”. Si en los primeros poemas se insinúa un
desencanto con respecto a la función de las identidades de las primeras
personas del verbo, apuntando a cierto desasosiego metafísico, en los últimos
poemarios, se trasluce con claridad el pánico que ellos representan y la
inseguridad que significan para nuestro futuro. Qué curioso que las propiedades
de las dos primeras personas del plural determinen tan nítidamente las
diferencias con respecto a la tercera, ese amenazante ellos, que conceptuamos como los extraterrestres, los periféricos
de nuestro sistema y de nuestra sensibilidad.
Rafael
González Serrano también insinúa otra funciones de las personas verbales: o
bien, marcas que articulan nuestra historia personal y anímica; o bien, como
señalizadoras elementales de la alienación: el espanto súbito que nos atraviesa
precisamente porque hemos descubierto que hemos dejado de ser “nosotros” (para
ser “otros”, para no ser nadie…).
Afortunadamente,
porque sabemos que al ser “nosotros” nunca seremos “ellos”, podemos estar
relativamente tranquilos, aunque quizá sea esta, otra forma, la más sutil, de
enajenación de nuestra presunta identidad.
martes, 18 de febrero de 2020
LOS CUERPOS DE POMPEYA
Simmel
dijo que a través de las ruinas el arte, el mundo de las formas, regresaba a su
origen material y primero, a su estado amorfo y arcaico. Si esto podemos aceptarlo así, qué son los
cuerpos petrificados, casi vitrificados por las cenizas y la lava del Vesubio,
cuando estalló en el año 79 d. C. y la ciudad fue sepultada…
Podemos
interpretarlo de dos maneras que convergen y que son una. La naturaleza no
permanece estática, necesita extenderse y reubicarse. El planeta experimenta
desplazamientos internos y en este punto las contracturas pueden ser
espectaculares. La tierra, al reaccionar
de esta manera, está cumpliendo con la más básica ley vital que le es propia:
el movimiento físico.
La
naturaleza es un proceso, como dijo Whitehead, y de tal proceso pueden
derivarse efectos inerciales, circunstancias sorpresivas. Centenares de años después de que produjera la
explosión del volcán, en una operaciones varias, se descubren los restos enterrados
de la ciudad y los cuerpos de sus habitantes, lo que viene a ser como la
segunda parte de la acción de la tierra: los cuerpos de los aplastados por la
explosión del volcán, son las obras de
arte que la deposición milenaria de la tierra y el tiempo han producido.
Los cuerpos de hombres, mujeres, niños e incluso animales, petrificados en el
gesto que hicieron justo en el momento de morir, son la producción química de
la colisión definitiva entre hombre y naturaleza, la producción metamórfica de
las energías telúricas.
Los
cuerpos se han convertido en estatuas y la fascinación que produce su
visionamiento es que la vida haya sido
extraída de tal fulminante manera, para ser
convertida en objetos, resto de tierra con una configuración propia.
Los
siglos pasados no atenúan la impresión si nos fijamos en los contornos de los
cuerpos, en la contracción de sus miembros o, por el contrario, en la blandura
de sus posiciones cuando estos han sido sorprendidos durante el sueño.
Que
la naturaleza nos ofrezca fósiles como producto de la paulatina configuración
gravitatoria de sus estratos, nos asombra: nos hace pensar en la inmensidad del tiempo,
en la sucesión oscura de los siglos y de la vida vegetal y animal. Un grado de
estupefacción y fascinación mórbida crece si tal fósil lo es de personas
humanas.
Ese
perro retorcido que se encontró en una de las calles desenterradas de la
ciudad, esa calavera con el resto del cuerpo ondulante y otrora carnoso que apareció
sobre los restos de un lecho, exhibidos hoy en distintos museos, qué
estatuto de verdad obtienen, qué
significan ante una reflexión sobre el hombre y la memoria.
Engastados
en los pisos arenosos, desgajándose de otros fragmentos informes de tierra
polvorienta, ¿en qué pintoresco estamento de la naturaleza, en qué grado de lo
real ubicar estos cuerpos de piedra que parecen dormir, repentinamente, para
siempre, captados por la ceniza protectora antes de que se diluyeran entre los
cascotes y las esquirlas pétreas?
Cómo
no arrobarse de terror ante la petrificación de lo que fue pálpito, pasión, voz,
movimiento… Ante determinados procesos
naturales, la presencia divina prefiere ausentarse. Cómo no sumirse en la
perplejidad ante esta jugada insólita de la naturaleza que nos devuelve el
recuerdo de la vida en forma de cruel signo de su poderío demiúrgico.
EXPOSICIÓN EN LAS VERÓNICAS. TEJIENDO MEMORIA. EXPOSICIÓN DE SONIA NAVARRO.
Habiéndonos
alejado ya lo suficiente de las fiestas de Navidad, sospechaba que algo debiera
haber en la sala de Las Verónicas. En efecto, cuando volví la esquina de
penetrante olor, mezcla de pescado y verduras, de la Lonja, divisé un cartel oscuro en la
altura y respiré aliviado: durante, al menos, unos minutos, no me comería el desasosiego:
tenía un motivo positivo, con el que entretenerme y proyectar un artículo que
satisfaciera mi prurito productivo de textos.
La
exposición que inaugura la temporada, es de Sonia Navarro. Con lo que me topo
en primer lugar es con la exposición de grandes patrones y mezclas de
tejidos, destacándose, entre ellos, el esparto, con su entrañable rusticidad. La
primera reacción fue de cierto sopor o aburrimiento. En una exposición, uno
siempre prefiere la viveza de las imágenes a la presencia de materias primas. La
impresión inmediata que produce el
visionamiento de patrones o muestras de tejido no radica tanto en los atractivos de la forma visible
como en el hecho de su complicada factura. La noción de tiempo se impone,
relacionada con el trabajo que ha costado enhebrar la aguja que ha creado estas
densas muestras de memoria pura.
La cosa cambia en el espacio disponible de lo que fue el altar de la sala. Aquí,
el hilo como motivo metafórico se ha convertido en un trayecto luminoso, en una
brecha de luz que recorre metros de altura hasta llegar al mismo techo y, que tras reproducir largas puntadas, pretende regresar al punto de
salida. El hilo que teje, que une, conexiona y urde la gran masa del tejido, se
convierte en un delirante itinerario de luz que
nos abisma al escapar e izarse sobre nuestras cabezas. El poder de las
madres, de las Parcas tejiendo el hilo de nuestras vidas, se evoca aquí,
independientemente de toda reivindicación ideológica o feminista. El hilo que
sube y baja, que se retuerce y gira y emprende de nuevo el viaje, posee la energía
de los dones primeros, del artificio sagrado que ratifica las semejanzas entre
tejer y escribir, entre tejido y texto, entre la función de urdir y la
escritura.
En la
cámara del fondo de la sala, resguardada por grandes celosías, se encontraba la
monumental pieza final: una suerte de gran fetiche, de exvoto de esparto
emergiendo de sí mismo, del propio brotar de este material. La pieza, de
considerable trabajo manual, también parecía reivindicar el prestigio de una
industria local, aparte de las significaciones femeninas vinculadas a la tradición
de tejer y el mantenimiento de estas técnicas y tipos de tejidos.
Posteriormente
he tenido una fantasía o sueño semiconsciente con esta pieza: un ser parecido a
los héroes del espacio de Marvel, de aspecto sofisticado y estelar pero sin
rostro, se encontraba en la sala donde se exponía la gran figura de esparto: era
una suerte de representante no humano de
la técnica de trabajar el esparto, pero no podía aprovecharse de las singularidades
de este material, por lo que se veía obligado a dormir de pie, ante dicha obra,
sin poder recostarse en ningún sitio.
Aunque
no me encontraba especialmente lúcido, salí de la exposición con buenas
sensaciones: constatando la excelencia que la labor de los artistas mantienen
todavía, al preservar el vínculo con lo arcano de las grandes tradiciones.
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