miércoles, 15 de agosto de 2018


 
 
 
ALFABETO. PAUL VALÉRY

Paul Léautaud dice en más de una ocasión en sus diarios lo que le parece la obra de Paul Valéry, sin dejar, por ello,  de admirar la vitalidad intelectual de su tocayo y amigo: ejercicios de estilo que no van a ninguna parte. Ciertamente, leyendo las breves páginas de esta obra editada por Pretextos, uno casi se ve obligado a confirmar que se trata de una obra salida de la nada, emergida de sí misma y que roza la brillante nadería. El escrúpulo que Valery pone en hilvanar cada línea de este Alfabeto, no va más allá de confirmar su origen puramente intelectual, es decir, de certificar una pureza escritural que no se justifica sino a sí misma.

La motivación de Alfabeto resulta indiferente para quien la máxima excelencia que pudiera invocarse ante toda empresa fuera el Pensamiento, con su corte de logicismos y virtualidades. Por esto mismo, cualquiera también podría admirarse de la aparición absolutamente gratuita en el mundo de las letras de una obra como esta, que no  consiste sino en  la exposición rigurosa de una serie de sensaciones cuya significación profunda se desea extraer al vaivén de vislumbramientos subjetivos. Para una mente omnisciente cualquier sensación se convierte en indicio notable, en el signo del nacimiento de un mundo insólito.

A pesar de lo abstracto de su argumento y la escuetez de su escritura, hay un par de ráfagas en este Alfabeto que merecen subrayarse:

El alma abreva en el tiempo.

La caricia le da forma a la forma para amoldarse a ella.

Acecho a una presa que ha de nacer de mí.

Quizá sea una ley del espíritu la que obliga a desconocer hasta la más ingenua de las leyes. Exige que el deseo nunca se parezca a sí mismo.

Lo interesante aquí es que el poeta que ve este tipo de belleza, por un lado afirma su existencia, y por otro, se compromete a defenderla. Quizá esta debiera ser la premisa de todo pensamiento solitario: proteger lo que intelectiva o emocionalmente haya descubierto.

A mí me gusta Valéry, pero comprendo que quienes lo elogiaron en su momento, posteriormente, se arrepintieran algo de ello. Por ejemplo, pienso en  la displicencia que muestra Borges en todas sus entrevistas, con respecto a la figura de Valery, tras haber escrito el famoso ensayo sobre el autor en su recopilación de ensayos Inquisiciones. Ortega y Gasset admiró al poeta pero le negó autoridad filosófica. Octavio paz, más clemente, aceptaba las sugerencias de ambas habilidades en una, convergente y brillante para las letras y la imaginación intelectual. Alfabeto no nos descifra nada, pero la persona literaria que hay bajo esos tanteos, supone una suma de potencialidades que no tenemos por qué negarnos su disfrute, y más teniendo en cuenta lo escuchimizado que las nuevas generaciones  están dejando al pensamiento, fascinadas como están por las zarandajas tecnológicas. 
 
 

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