SEDUCIDOS POR LA
REALIDAD
Hoy he visto una
exposición en Las Claras de Murcia. Se llamaba Seducidos por la realidad y me ha producido tanto goce estético
como ocasión para pensar términos y tendencias, comprobando cómo estas últimas
tienden a mezclarse o a proyectarse en ámbitos supuestamente opuestos o no correspondientes
con su naturaleza o ismo. Efectivamente, la realidad nos seduce porque es más
que la mera realidad y porque su naturaleza continúa siendo misteriosa a pesar
de las etiquetas, los estereotipos y las desazones encasilladoras.
Para hablar de realismo
es preferible manejar el concepto pictórico tradicional desde Courbet y no querer
ensancharlo o precisarlo más como no sea a través de una efectiva y delicada
contextualización, pues este término, también utilizado en otros lenguajes
artísticos como la literatura, por ejemplo, incluso en filosofía, y que uno
creería poco moldeable o más seguro y preciso que otros, también se enfrenta a
los cambios conceptuales y estéticos que conlleva el paso del tiempo. Pronto te
das cuenta de que contextualizar realismos en un ámbito preciso como la
pintura, no es tan sencillo y de que incidencias de distinta índole se reflejan
en esta disciplina. ¿Cuál es la misión
del realismo: rescatar la forma, huir de toda fruslería o frivolidad
subjetivantes, funcionar como resistencia ante la volatilización del rigor
compositivo? ¿Es imaginable un realismo exento de toda tentación subjetivista o
planfetaria, de todo mensaje obvio, de
toda repetición vacía? ¿Es legítima la pretensión de pureza del realismo hoy,
es moral el realismo, es un intento
honesto de hacer ética de la naturaleza, del hombre a través de la estética
sólo interesada en la función vital de la luz, lejos de toda otra tentación de
juicio, de expresión?
Nada más entrar, la
primera gran obra que encabezaba la serie en la sucesión de la sala era una
gran obra de Antonio López, El Campo del
Moro. Una gran vista de este lugar.
Sabiendo que era de
Antonio López empecé a examinarla minuciosamente, comprobando que todo el
proceso de su creación, tres años, estuviera ahí, plasmado de alguna manera y
fuera capaz de detectarlo. Me sorprendió detectar en el extremo derecho una
mancha plana que no parecía representar nada en especial, sino que era más bien
o un efecto de despiste o un descuido estratégico del artista. Teniendo en
cuenta la fama del pintor y las excelencias teóricas a cerca de su proceso
creativo, tras examinar esta gran tela, no acabé de ver que fuera más realista que
la obra de cualquier otro autor de la misma tendencia pero menos conocido, ni
que el tiempo que le llevó crear esta vista reflejara una exquisitez magistral
en los detalles ni en su factura general. Examiné el cuadro pensando en esa
fama que ha creado un aura de elitista exquisitez en torno a este autor y su
entrega a la pintura. Que esta pintura era una obra de calidad, desde luego,
pero no acaba de ver una singularidad específica extraordinaria como no fuera
ese aire mortecino y blanquecino, ese polvillo que es característico de la obra
de López, es decir, si no consideramos que tales cosas sean garantes de una
maestría especial. Lo que quiero decir es que, independientemente de que
considere a López como un gran artista, desde el punto de vista de los resultados,
esa consideración no acababa de ser- para mí - determinante. En las obras de López es perceptible una vibración
luminosa que recorre toda la textura de la imagen. Es esa vibración tenue pero
extendida de la luz la que convierte sus obras en entidades vivas y autónomas,
aunque tal luz o velos de luz sucediéndose, nunca alcancen lo espectacular, al
revés, la luz es múltiple pero laxa, precisa pero no remarcadora; rodea y
atraviesa los objetos sin suplantarlos ni potenciarlos, es decir, impregnando
lo real pero sin producir las deformaciones de lo caprichoso.
A partir de esta gran
pieza, aunque algo monótona, de López, fui desfilando con más soltura, tras
haber sometido a mi sensibilidad al gran maestro del realismo español del
momento.
Algunos de los pintores
seleccionados en esta muestra no pueden ser clasificados en el realismo
pictórico sin más, pues hay un realismo de orden subjetivo, un realismo
romántico, un realismo protestatario, un realismo onírico, etc.,,.
La obra de Cristóbal
Toral ha partido, quizá, del realismo, o ha contado con sus cláusulas formales
más elementales, para crear atmósferas de ensueño, y operar con mensajes de intensidad distinta a la del
realismo. Son famosas sus obras cuyo moblaje casi exclusivo lo forma la
presencia multitudinaria de maletas. En esta muestra no había ninguna pieza en
la que apareciese este motivo, pero sí, obras que recreaban atmósferas de
desolación personal, soledad y triste anonimato. Las sombras de los cuadros de
Toral recuerdan las penumbras silvestres de los paisajes barrocos.
Pasé ante una delicada
pieza de Isabel Quintanilla, Una rosa en
un vaso de agua, en la que se
nota el agua dentro del vaso aunque no se distinga dónde acaba o dónde empieza
el filo del líquido en ese receptáculo.
La obra de José
Hernández tampoco me parece muy exacto considerarla dentro de los cánones del
realismo, a no ser, como ya decimos, que este movimiento estético admita
devenires irremediables y se haya convertido, ligeramente, en otra cosa que el mero
realismo de siempre. Yo, más bien,
ubicaría las piezas de Hernández en estelas derivadas del simbolismo. La obra
de Hernández la conocí en una edición de poesías de Rimbaud, en la colección de
Hiperión. Ilustraba la antología. Aquellas formas pulposas, medio animales o
medio vegetales, me parecieron exhibiciones formales de gran nervio. La
selección de Hernández en esta exposición podría calificarla de realismo
fantástico o tenebroso, lo cual, de por sí, pondría en tela de juicio al propio
realismo. La pieza Crepúsculo, por
ejemplo, me recordó ciertas piezas del simbolismo finisecular alemán, incluso
obras concretas: la serie de aquella época inspirada en la Isla de los Muertos.
La puerta, o más bien, la entrada al otro mundo, flanqueada de seudocolumnas
animadas, la juzgo como una suerte de experimentalismo dentro del marco del
simbolismo tradicional y por tanto, consciente de su atrevimiento anacrónico.
Qué es lo que pretende
el realismo, a fin de cuentas. Quien desecha toda interpretación exclusivamente
subjetiva o abstracta del mundo (cosa algo complicada) y se limita a las lindes
de lo tangible y perceptible, huyendo de onirismos y locuras surrealistas, ¿se
convierte en realista? ¿Ser realista es despreciar toda caprichosa fruslería
para limitarme a lo que existe y se da en la realidad de todos los días,
aceptando la misión de representarlo tal y como se ve? Pero cómo, pues no
sabemos hasta qué punto hay un acuerdo con respecto a lo que se ve y de qué
modo. La intensidad de los colores, la
densidad de los claroscuros, cuestiones de forma y color, serían entonces los
presupuestos de todo nuevo realismo… ¿no?
Julio López dice que el
abstraccionismo es más libre que el realismo y se presta más a la libertad
creativa que el realismo, pero, claro, el realismo tendría, en significativa
oposición a su favor, el rigor y la audacia moral de no eludir el compromiso de
plasmar un fragmento específico de realidad, tal y como presuntamente, se da. Parece
más digno representar pictóricamente algo con los medios que he estudiado y
conozco que evitar la alusión directa a eso y refugiarme en lo que instintivamente
se supone que puedo crear, ya que en el primer caso aplico lo que he estudiado
con trabajo, y en el segundo puedo hacer lo que quiera sin responder a una
disciplina o normas.
Hemos dicho que hay
distintos tipos de realismo. Y quizá, el realismo más exhibitorio sea el menos
realista. Echar un vistazo a lo que dialécticamente se dirime entre la obra de Isabel Quintanilla y la de
Carmen Laffon es para detenerse e intentar hacer el esfuerzo de comprender cómo
del realismo más canónicamente realista pueden derivarse lecturas
enriquecedoras posibles dentro de los términos de este movimiento.
Habitación
de costura es una pieza magistral del realismo más
indiscutible y formal. Pero es tal el despliegue formal en esta obra que se
vuelve algo misterioso sin que lo representado lo sea. La exactitud configurativa de todos los elementos de la habitación,
la identificación de alguno de ellos como correspondientes a la época del
cuadro, la multitud geométrica de las losetas del suelo, convierten lo que podría
ser una fotografía de un entorno doméstico en interesante mapa de ubicación de
objetos. Despierta curiosidad observar cómo la pintura ha encarnado los
aspectos más corrientes y naturales de entornos como este: el placer consiste
en aplicar la mirada curiosa a lo que se
muestra, no por ser nada extraño sino por su ilusión de apariencia total. Te
detienes en la observación de las losetas como si hubiera algo camuflado entre
ellas, como si el conjunto de lo aparente pudiera mostrar alguna brecha súbita
y minúscula que contradijera tanta idéntica conformación, tanta virtuosa
compacidad. Y resulta misterioso comprobar
cómo la pintura, surgida de ningún sitio, encarna, nos presenta un doble
perfecto de los habitáculos comunes en que vivimos. Y aunque no hay mensaje esotérico
en obras como esta, sí es ya lo suficientemente misterioso comprobar cómo
existe súbitamente un doble de la realidad. ¿No son misteriosas esas escenas de
interiores holandeses aunque sea el tiempo, para nosotros, observadores del
futuro, lo que multiplica la fascinación?
La pieza, mejor dicho,
la cuasi instalación de Carmen Laffon Espuertas
con uvas, es una demostración de
realismo superlativo, de minimalismo escénico que constata cómo una obra
presuntamente realista puede multiplicar sus dimensiones y derramarse fuera de
estas sin otra intención que seguir planteando realismo del objeto elegido para
ello: esas contundentes espuertas broncíneas que alguien, haciendo un juego con
los términos, podría llamar superrealistas o demasiado reales.
Sí, nos seduce la
realidad porque siempre “es otra”, porque descubrimos una que no era la que nos
esperábamos. La realidad no se confina en términos como realismo o semejantes. Es más, el concepto realismo puede utilizarse como un pretexto para no salir del placer de estar recluido trabajando en el taller. De todos modos, debo confesar que si
reivindicamos el realismo por sus virtudes neta y tradicionalmente artísticas,
la cuestión que queda en el aire sería qué tipo de realismo es el que
pretendemos representar o rescatar de la madeja moderna, pues abandoné las
salas de Las Claras, con gusto por la belleza que había visto pero empapado de
cierta melancolía. Del conjunto de aquellas obras allí expuestas eché de menos,
no sé, cierta alegría. ¿Es posible un realismo alegre, es posible que una obra
realista festeje la belleza sin prescindir de sus presupuestos técnicos, sin
que la asunción de lo tradicional reseque la gracia misma de lo real?
1 comentario:
Muy interesante tu visión, Piñeiro. Aunque debo decirte que los artistas más apoyados en teorías previas son los, en mi opinión, menos artistas. Con mi poca experiencia en los pinceles he averiguado alguna cosa: el intentar plasmar algo de la realidad es como verla verdaderamente por primera vez , como si antes hubieras estado mirando a través de un velo y éste hubiera caído. El movimiento inicial que me ha llevado a pintar algo creo que tiene un fondo de deseo de posesión, ya que la mirada del que pinta del natural se apodera hasta del más mínimo detalle, la más humilde hoja o la sombra más escondida. Los grandes maestros, los que llegan a atrapar el alma en sus retratos ( " Troppo Vero") no creo que se plantearan muchas teorías. Sus problemas eran estéticos: la composición, en primer lugar, el equilibrio que precisa un cuadro para no quedar cojo, para sostenerse. Y por último, hacerlo respirar.
Por cierto, hoy he comprado un cuadro. Me enamoró. No me he podido reprimir. Es un poco ingenuo, anticuado y decididamente encantador. En ese cielo pintado quiero vivir, aunque el mar no sea tan perfecto. En ese yate de vapor voy a viajar a América. Abrazos, amigo.
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