jueves, 12 de septiembre de 2019


ASCENSIONES



A penas han bajado las temperaturas, el calor ha dejado un poco de incomodarnos y uno descansa súbitamente de la marcha continua que supone el verano sobre el organismo, ascienden las ganas, hasta ahora narcotizadas, de escribir, de recuperar la lucidez perdida, y de disfrutar de otro modo el espacio y la calle. La bajada del calor supone una conformación de mente y cuerpo ante las tareas de todos los días y emerge, con esta suave recuperación del control, una alegría ante el cambio, ante la renovación del tiempo y por lo tanto, de la vida, ni más ni menos.


El horizonte amenaza lluvia. Una frase hecha porque la presencia del agua debiera ser un advenimiento casi sacral para el renacer de las cosas, de la tierra, del cuerpo y no la inminencia de un desastre. El punto harmónico del mayor ecologismo debiera ser este: la relación frontal con los elementos naturales, reconocer la necesidad ineludible de los mismos.




Lecturas irrigadoras de René Char.  Me fascinó su descubrimiento, lo leí con pasión, lo rechacé cuando me saturó su verbo y casi entendí que seguirlo era faltar a la realidad. Y ahora, décadas después, su relectura me coloca como al principio, expectante ante los descubrimientos de la poesía, ansioso de imágenes. Y creo que esta embriaguez es legítima, porque no hay más poetas como él y su complicidad es un estimulante de fraternidad e inteligencia universales.



Virtuosismos oníricos, demiurgias de la mente. Leo un par de líneas de un libro. Se trata de un libro de viajes. Me quedo semidormido, y “veo” que el asunto referido en esas dos líneas se materializa en un ente abstracto ante el que surge otro que es su contrario. De repente, ambas proposiciones simbólicas, digamos, perfectamente perceptibles, separadas y opuestas, chocan una con la otra en una fulguración, convirtiéndose en una sola cosa, en un solo enunciado, integrando sus contenidos en uno solo. Décimas de segundo a continuación, esa creatura intelectual nacida de la unión de dos proposiciones de distinto  signo,  es como reabsorbida por un abismo y desaparece totalmente. Nada de lo ocurrido ha ocurrido. Me quedo pasmado y divertido, como si hubiera asistido a una suerte de espectáculo circense de carácter fantástico.   



Leyendo a Yuri Lotman tengo la agradable impresión de que los más complejos procesos de la cultura son susceptibles de ser explicados, analizados y clasificados en corpus progresivamente más densos hasta su súbita finalización. Digo agradable porque el lenguaje sigue ostentando el mayor poder clarificador en el que poder confiar. Y Yuri Lotman también ofrece, él mismo, esta confianza, al no perseguir ningún fin ideológico con su investigación y trabajo.



Este verano casi ha supuesto un período de exilio de la vida. No he hecho otra cosa que esperar el cambio de estación, la atenuación del calor, el regreso del viento fresco con sus nubes al ocaso. El cielo de las tardes de verano ha sido siempre el mismo: una franja sedosa sin color alguno, salvo una finísima coloración naranja a las nueve de la tarde-noche, insuficiente para motivar los disparos de mi cámara fotográfica. Todas las delicias del verano, hace tiempo, mucho tiempo, que sólo las vivo a través del sueño y la evocación literaria. Sólo siento el mar donde pasé los veranos de mi adolescencia. Y la adolescencia quedó muy atrás así como el lugar en el que disfruté aquellos días. Puedo soñar que en un futuro inmediato mi vida será distinta y que del mismo modo, el período veraniego, también lo sea. Pero me complazco en engañarme. Paradójicamente, algunas realidades,  - unas cuantas, sí -  sólo tienen consistencia para mí en forma de sueño. Como tales realidades ya no existen, o ya no están o sólo las puedo encontrar en la memoria. Pero confío, pese a cierta desesperanza, que el soñar, junto al estro poético como secreto acompañante, dé forma a esas realidades que todavía deseo y necesito.             



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