sábado, 12 de octubre de 2019

ONIROMANCIAS



Épicas informales

Decidí conquistar Rajastán con un libro de poesías románticas y alquimia casera y por ello pasé por la frontera murciana hacia aquel continente de rojeces galácticas y cordilleras suntuosas, según cantaran viajeros antiguos. Cuando llegué un guardia con la barba sumergida en un pequeño lago artificial se dispuso a hacerme aprender la lengua específica que se habla en Jaipur. La cosa estaba difícil porque el hombre hablaba en una frecuencia muy baja, tan baja como que estaba tirado en el suelo. Pasé por encima de él, pensando que la lógica más o menos formal me atendería, penetré la frontera de la ciudad hecha de ladrillos con cara de lechuza y e ingresé en el universo jaipurano que flotaba en una nube de polvo rosa.
En un principio pensé que me había equivocado de país porque algunas mujeres llevaban unas trenzas en lo alto de sus cabezas oscilantes en forma de hélice aplastada, como si portaran el signo del infinito.  Son sombreros mexicanos, pensé, pero era imposible que las geografías quisieran jugar de tal manera con las longitudes, las equidistancias y las presunciones epigráficas.
Los hombres eran algo más uniformes que las mujeres pero sería una ilusión pensar que allí había algo uniforme como no fuera el más delicado y persistente de los caos.
Pasó un tipo de casi dos metros con un traje de plástico, y advertí que disimulaba su occidentalidad porque una vaharada de música electrónica le rodeaba. Pero podría ser un brujo, me autorrepliqué en un eructo implosionado y entonces le pellizqué el hombro, que pronto comenzó a bailar y a despedir junturas olorosas y sedas provisorias. En efecto,  me dijo, soy un remedo de brujo, pero admiro a partes iguales al vino, al desierto rojo y a Píndaro. Me condujo a su guarida porque deseaba enseñar al viajero cromático que yo era, algo bonito de su tierra. Era una copia en un lenguaje extrañísimo de una secta hindú de la Odisea de Homero. Tenía una antigüedad de unos veinte mil años. Era tan antiguo o más que el texto del poeta griego. Esto le añadía un interés fascinador, porque implicaba un absurdo temporal. El objeto sobre el que se deslizaba aquella escritura afiligranada era una suerte de cubo mineral. El brujo decidió darme una copia y de este modo quedé aún más fascinado admirando y tocando aquel facsímil de algo imposible en el sillón azul de la habitación del hotel donde terminé alojándome tras una lluvia, un conato de guerra y una persecución idiota por gradas y pantanos.
Cansado y fascinado por el embrujo que las eras y el pensamiento pueden obrar entre sí fuera del universo lineal que habitamos, le daba vueltas y vueltas al objeto mientras la etereidad del opio que también disfrutaba Coleridge en una habitación conjunta a la mía, me sumía en balanceos sensoriales.
Pensaba aplastar la melopea oriental presentándome como la encarnación divina de la regla del tres por cuatro, pero este desenlace me hablaba de la eterna trascendencia de lo universal a toda forma o concurso, así que me relajé ante la ventana y decidí evocar la ventura de ser un habitante de este  planeta sorpresivo que es el de todos.
La cortina danzaba por una brisilla que la multiplicaba en gajos infinitos y continuos. Un fragmento de mar gravitaba sobre la habitación cuando percibí el frescor y la hondura insólita que hacía una aspiración mía de oxígeno. La cortina giraba, se sucedía a sí misma sin cesar y la tarde se hizo en forma de perfil de mujer dormida sobre una ventana. Me incorporé para en vez de divisar, constatar que la tarde era, en efecto, un espectro femenino insinuándose al vacío. En ese momento la mirada de cientos de seres emboscados en las sombras azules de la tarde densa se fijó como una caricia sobre  mí y comprendí que estamos destinados,  dentro de lo raro y extraño, a ser hermanos. Sonidos de flautas y rumores híbridos se espesaron en los confines de afuera, agitando las aguas y los cabellos de las amantes  y la luna naranja rodó a mis pies en forma de labio tiernamente mordido.




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