miércoles, 25 de diciembre de 2019

PUNCIONES





Con el advenimiento de las fiestas de Navidad, son comunes los comentarios de hastío o de rechazo, del mismo modo que cuando se avecina un puente exagerado o una serie de fiestas que alteran notablemente el curso habitual de los días. No estoy de acuerdo con la actitud que desprecia frontalmente estas fiestas. Deberíamos hacer todo lo contrario, vivir con contundencia todo tipo de fiestas porque lo que el calendario está haciendo es avisarnos de un evento, de algo que rompe el tiempo ordinario de las cosas. Precisamente, una fiesta es el advenimiento de algo extraordinario que implica la ruptura con ese tiempo ordinario en el que no ocurre nada especialmente consignado. La fiesta ordena la articulación del tiempo, pues sin fiestas, el tiempo se haría infinito, monocorde y uniforme hasta lo invivible. Habría, pues, que aprovechar el tiempo de fiesta, para, independientemente de lo que religiosamente pueda significar de modo específico, reflexionar sobre lo que la fractura del tiempo lineal y ordinario implica en nuestra percepción de lo real. Una fiesta es un acontecimiento y sobre todo lo es de la ruptura del tiempo existencial que vivimos. También podríamos conceptuar la fiesta como un período de producción de sentido absolutamente único, como una irrupción del otro lado sobre nuestra  cotidianidad. Recordemos lo que decía el Oráculo de Delfos: la divinidad no se da a conocer sino a través de signos. La fiesta  podría ser, sumariamente, esto: un derroche, una conjunción insólita de signos aunque en realidad es más: la celebración de lo que tales signos quieren darnos a conocer.







Mi madre falleció hace un año. El duelo continúa, más o menos velado, más o menos oculto. He pensado que si volviera verla, que si a través de circunstancias extraordinarias se me permitiera verla, ¿cómo iba a ser tal encuentro, en qué términos podría producirse? Teniendo en cuenta que mi madre ya ha trascendido todas las miserias de este mundo, yo no podría presentarme ante ella con mis eternas historias de neurótico, con mis limitaciones y servidumbres de todos los días. Imagino el encuentro habiendo alcanzado yo un estado no igual, claro, sino similar al suyo, es decir, habiendo superado, vencido, dejado atrás y aniquilado para siempre todo lo que en la vida me ha impedido ser libre y encarnar la belleza y la verdad, lo que durante mi existencia ha entorpecido que alcanzara la libertad y la dignidad. Sólo, creo, desde este estado de liberación, de mínima pureza, podría mirarla, afrontarla, comunicarme con ella habitando ambos semejante estado de luz. Sería algo parecido a la situación que se crearía si tuviéramos un encuentro con un gran amigo al que no hemos visto en muchos años. Al reencontrarnos no iríamos a presentarnos en las mismas condiciones que antes, le mostraríamos que hemos evolucionado, que hemos cambiado para bien, que hemos progresado en el trabajo, en la vida, en el amor, que somos mejores que antes. Sería penoso confesarle a este amigo que no hemos progresado en nada, que hemos ido para atrás, que no somos felices. Creo que este simbolismo vale, hasta cierto punto, para ilustrar someramente cómo se realizaría el deseo de un encuentro extraterreno.

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