miércoles, 14 de julio de 2021

LA SIESTA Y EL FUEGO SAGRADO. Crónica del día 12 de julio.



Jornadas de calor aplastante. En otros tiempos este calor, esta enormidad de luz por las calles hubiera sido estimulante, hoy es todo lo contrario. Este lunes ha sido de una melancolía atroz. La tarde se me ha alargado tanto que ha desbordado el pobre horario que intento seguir para no dispersarme más y perder la razón. Me sentía culpable de no saber qué hacer con tanta cantidad de generoso y fulgurante tiempo. Al final, me decidí y salí a la calle. El viento africano que soplaba por las desoladas calles de Orihuela, eran olas de fuego. La poca gente con la que me he encontrado iba más o menos apurada. Los niños o muy jóvenes apenas se enteraban, incluso algunos seguían con sus juegos. Dos chicas de unos doce años, consultaban sus móviles sentadas en un banco como si no ocurriera nada. Las árabes, con sus ropajes encima, cubierta la cabeza y con la mascarilla puesta, estaban en su salsa: son inmunes al calor.

 


Llegó el tiempo de las siestas infinitas. Antes, cuando estaban mis padres, la siesta era una hora absolutamente especial, reservada al descanso y a la lectura. Me encerraba en mi habitación con el aire acondicionado puesto, mientras mis padres reposaban la comida en el salón, donde también disfrutaban del aire acondicionado. Yo me había “despedido” de ellos, como si me fuera de la casa hasta una hora o varias después. Me tumbaba en la cama con un par de libros y a surcar los mundos de la literatura y el sueño… Ahora, sin mis padres, sin personas con las que convivir y que me obliguen a un horario fijo de reparto espacio-temporal en el día a día, la siesta es un período de tedio, veteado por la luz breve de  alguna que otra lectura.

 


La siesta era para Macedonio Fernández, el maestro oral de Borges, el momento del panteísmo absoluto, la hora en la que no ocurre nada excepto esa unión súbita de la naturaleza y del creador. Para mí la siesta era la ocasión para la lectura libre e infinita. Del mismo modo que la lectura en el aseo está asegurada por la privacidad que gravita sobre quien utiliza tal servicio de la casa, para mí la siesta era como un fragmento de tiempo acorazado dentro del cual tenía la total certeza de que no iba a ser interrumpido por nada ni por nadie. Me hicieron falta  unas cuantas siestas para leerme, integra, La lógica del sentido de Guilles Deleuze. En horas de soledad dorada, mientras fuera en el patio, en las calles, por los parques y avenidas, el sol hacía arder el asfalto y derretir las paredes de los edificios, yo me internaba por la serie de conjeturas y vericuetos reflexivos que Deleuze proponía para dar cuenta del sentido moderno del tiempo y de la ubicación precisa del valor en los enunciados comunes y complejos.

 

Es cierto lo advertido por Macedonio Fernández: durante la siesta, no sucede  nada. Se produce entonces el momento súbito de la inmanencia sagrada. En los centenares de siestas disfrutadas, es verdad, no recuerdo que ocurriera nada. Sólo habría que hacer una media excepción: cuando se produjo el terremoto de Lorca.


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