jueves, 7 de octubre de 2021



HOJA DE NOTAS

 

Sin que ello implique que vuelva a releer a André Breton, percibo que su obra en prosa, de feliz y famoso epígrafe, Pez Soluble, de 1924, traducida al español por la editorial Labor, da a luz unos textos bien distintos de los que aparecen en la veterana edición de Visor, que no sé si coincidirán, a su vez, con los aparecidos en la recopilación última de la obra poética completa del autor francés que ha realizado la editorial Galaxia Gutenberg. Comprobar en qué se diferencian ambos textos, los de Labor y Visor, -  en realidad el asunto consiste en que, mientras en una de las editoriales se presenta el texto íntegro, en la otra sólo hay una bien escueta selección de textos - , me ha hecho degustar de nuevo esa conversión, por parte de los surrealistas, de las calles y plazas de París en lugares de eclosiones y  transiciones mágicas. Resulta notable esta característica en los surrealistas primeros: confirmar un sitio real como espacio de visiones y aventuras poéticas. El complejo urbano se transformaba en manos de aquellos surrealistas en un horizonte vital de experiencias, en máxima motivación plástica, en la selva moderna en la que ir a la caza de lo insólito y del amor. Qué estupenda apropiación y cómo la ciudad parisina se aprovechó de todos estos y creativos pases de magia desde la literatura y la pintura.

 

 

El irritante estado de fricción del solitario: me rozo constantemente conmigo mismo.

 

 

Esa torpe consideración: “esta película, este libro o esta pintura no me dicen nada”, como si el problema residiera en las obras en vez de en la perezosa sensibilidad del supuesto receptor.

 

 



 

Melancolías por el día de antes de ayer. Echo un vistazo más a o menos distraído a internet, a Youtube. Descubro videos de entrevistas, emitidos en su momento por la televisión a principios y mediados de los noventa, a personajes como Carlos Bousoño, José Ángel Valente, Antonio Escohotado… Experimento  melancolía y desamparo. Todo lo que hoy hemos ganado en inmediatez comunicativa y eficacia tecnológica, lo hemos perdido en suntuosidad conceptual. La constatación contundente de ello: la extrañeza de la educación actual  a la filosofía.

 

 

 

Los antiguos rechazaban el pasado (psicológico, personal, no cultural o mitológico)

 

 

Ya no hay solitarios románticos. Los únicos solitarios que veo son los mendigos.

 

 


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