martes, 19 de octubre de 2021

Las formas del olvido. Marc Augé




Es probable que tendiésemos a pensar que la función de la memoria fuera el recordar y que su misión consistiera en ser una suerte de depósito más o menos seguro en el que tales recuerdos estarían almacenados o confinados a resguardo de la acción erosiva del tiempo.

Para Marc Augé la memoria no es esta entidad estática que describimos: su naturaleza consta de la convergencia de dos acciones o articulaciones, imprescindibles ambas: recordar y olvidar.

Si la memoria es algo vivo es porque la acción relativa del olvido, una acción dosificada, digamos, instala a la persona en el mundo presente permitiéndole moverse libre del peso excesivo y doloroso de un pasado que no haría otra cosa que agrandarse y enormizarse”, al tiempo que lo vivido estaría protegido por el recuerdo y conviviría con la realidad experimentada por el presente vital del sujeto.

Pareja análoga a la de la vida y la muerte, recordar y olvidar forman parte de una misma estrategia, la que permite articular la vida en la existencia del sujeto. El modo de vivir adecuado y saludable es, pues,  el que alterna recuerdo y olvido en una secuencia continua y diaria, el que mantiene la sustitución permanente entre ambas alternativas. Al vivir, no hacemos en muchas ocasiones sino interrogar al pasado, cuestionar lo que hicimos y lo que pensábamos, actualizar muestrea persona con respecto a lo que hace tan sólo unos instantes, creíamos representar. Por su lado, el recuerdo puede investirse de un sorpresivo poder especulativo, revelándonos notables dimensiones de nosotros mismos. Bellamente, escribe Augé: …cómo el recuerdo puede interrogar a la esperanza.

Recuperar fragmentos de nuestro pasado enriquece nuestro concepto de persona, fortalece e irriga los confines de la experiencia y nos dota de una perspectiva de conjunto que estimulará la continuidad del sentir, del percibir, del inquirir en lo que vitalmente nos interesa. Es, vuelve a decir poéticamente Augé, como si la flor se preguntara por la semilla.

Vivir podría consistir, pues, en disfrutar de una actualización constante del pasado al conectarlo con expectativas profundas del presente, como si de una suerte de vasos comunicantes se tratara, sin que lo pasado se convirtiera en una masa espectral de alusiones penosas. El pasado no puede ir amontonarse como fardos de materia; de tal modo la vida no podría ser ni fluir. El punto harmónico, digamos, sería saber activar esa bisagra pasado-presente, recordar-vivir. Qué hacen si no los novelistas, los directores de cine, los escritores  y artistas, en suma, en  muchas ocasiones sino sumergirse creativamente en los yacimientos del pasado, personal o colectivo,  para recobrar lo que fue a través de una redefinición de la realidad, dando a luz una nueva imagen de la vida y sus complejidades con la recuperación e interpretación de material antiguo

Cuando Marc Augé conecta el vivir plenamente con la conexión esperanzadora del pasado, está trazando un arco de nexos y vivencias de significación trascendente para la persona. No se puede vivir estricta y radicalmente ni en el pasado ni en el presente. Hay elementos, circunstancias, acontecimientos que ligan ambos extremos en una misma vibración significante. La solución no es sumergirse sin más en el conjunto de recuerdos ni buscar la autodefinición en los límites que nos da el presente escueto. En cierto modo, vivimos un solo tiempo, pues como dice Augé, el tiempo se pierde o se recupera en el presente y el futuro no hace más que insinuarse en él. ¿Qué sorprendente renacimiento supondría esa conexión entre pasado y presente, entre la memoria y el acto casi gratuito de vivir? Augé lo envuelve en misterio, e insiste en la función reparadora del olvido, unida, ineludiblemente, al recordar, aunque este recordar se revista de los modos más indirectos y sublimados.

Memoria y olvido son solidarios, nos dice. Aunque parezca una paradoja que provoque a nuestro sentir o a nuestra inteligencia: hay que olvidar para permanecer siempre fieles, pues, en el fondo, no olvidamos simplemente, no nos confundimos acerca de la propiedad especiosa del recuerdo, a qué nos lleva o nos conecta o nos descubre específicamente. El tiempo consta de recordar y olvidar, su totalidad se define a través de ambas cosas. Ese es el fiel de la balanza que debemos saber calibrar.     

   

1 comentario:

Anónimo dijo...

miguel perez gil
mié, 20 oct 13:37 (hace 1 día)
para mí

Sin duda interesante tu artículo y tus oh Pi consideraciones acerca de la memoria y el olvido que como dices constituyen dos piezas básicas para elaborar cualquier visión de la vida y el ser del ser humano

la memoria es tan creativa como la imaginación o al menos muchas veces pensamos que recordamos y sólo recordamos lo que imaginamos que recordamos por eso el asunto es complejo y tus palabras son lúcidas al mirar el asunto concierto espíritu de lo subjetivo ya que nadie sabe quién es por el futuro sino por su pasado por agua

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