viernes, 29 de octubre de 2021

MURCIA ÍNFIMA



Este sábado pasado, mientras esperaba el tren de vuelta a casa, en la remodelada, inacabada y presumiblemente gigantesca estación futura de Murcia, me estuve fijando en las viviendas que colindan con la estación y que con las nuevas obras han quedado tras la gran valla de separación de las vías.

Enseguida caí en un estado contemplativo de fascinación melancólica. Toda aquella zona, la comprendida por el extremo de la estación frente a la entrada general, y las viviendas que asoman al otro lado, siempre me ha parecido extraña y misteriosa. El efecto que desde que me fijé la primera vez en aquel espacio muerto, produce en mí de inmediato es la de frontera, lugar otro, confín inaccesible poblado de no sé qué gente o qué operarios. Todavía, tras unos cuantos años de observaciones poetiformes, no sé qué función tiene una suerte de nave con ventilación y ventanas que está ubicada en aquel sitio pero indistinguiéndose de tal manera de la estación y de la zona civil, colocada en un punto indeterminado entre ambas, que siempre he confundido por ello, a veces con un local perteneciente al control de la estación y en otras, con viviendas.

La serie de protestas que en los últimos años se ha sucedido por parte de los vecinos de aquella zona por sentirse segregados de la ciudad de Murcia está más que justificada. Si ya los confines de una estación grande y veterana se prestan a las evocaciones melancólicas porque las vías y los márgenes arquitectónicos se van difuminando en lo infinito, la añadidura de viviendas en fragmentos visibles de estos márgenes, suma misterio y casi diría que patetismo a una definición sin ambages de un espacio tan particular.

La visión de unas vías suscita la impresión de movimiento, de flujos en acción. El rincón al que me refiero y frente al cual me arrobé con placer mórbido este sábado pasado, manifestaba estancamiento de tales flujos, apiñamiento, estancamiento de direcciones. El movimiento que puede provocar la regularidad de una linealidad, allí están sumidos en una suerte de sueño crepuscular, reforzado por la presencia de las viviendas que se amontonan tras el muro en un silencio pesado e inquietante.

No creo hacer literatura al señalar la extrañeza que produce observar las casas con ventanas dispersamente iluminadas, uniformemente pegadas unas a las otras, hieráticas junto al muro de la estación, en ese espacio breve y sin vida que mínimamente se abre entre las edificaciones y el muro, límite de la exterioridad de la estación.

El que alguna ventana esté encendida no es sino equívoco signo de vida. La impresión formal que produce el irregular conjunto de viviendas pegado a la estación es el de una densa y estática espectralidad. No se advierte movimiento, no se ven personas discurriendo o asomándose. Es como si todas las casas gravitasen en una suerte de espacio neutro que se vuelve siniestro y triste si pretende aparentar normalidad y vida. No es ya la hora crepuscular o nocturna lo que arroja su especial magia a un grupo arquitectónico que se mantiene en la lejanía: es el hecho de permanecer tras el muro de la estación, es decir, más allá, al otro lado del aquí de la civilización, lo que sume las viviendas en una atmósfera específica y helada, escindida de la ciudad y del flujo de lo vivo, de la habitualidad.

Cuesta imaginar que haya gente normal viviendo en esos pisos, más bien, uno se pregunta, si no son espectros o robots los que suben por las escaleras.

El aspecto siniestro de las grandes viviendas es un asunto ya bien conocido por la literatura gótica, pero al detalle al que me refiero es al de la sola e inmediata impresión que asola a uno cuando efectúas una visionamiento general y medianamente distante de un edificio, esa sensación de desolación que rodea a tales edificios si han sido erigidos en lugares no muy afortunados.  A fines del XIX varios pintores belgas asociados al movimiento simbolista, pintaron escenas inquietantes de viviendas vistas a la noche o a la tarde.

La arquitectura conoce muy bien las sensaciones y estímulos que las distintas disposiciones espaciales provocan en el sujeto que las habita. También se supone que debe saber el ámbito que por azar puede producirse entre un edificio y su entorno paulatinamente modificable.

El conjunto de casas que colindan con el muro de la estación, están condenadas al no movimiento, a una suerte de confinamiento arquitectónico que les resta dinamicidad, vida visible.

Antes de que viniera el tren de vuelta a Orihuela, eche un par de fotos no muy buenas a algunas de estas casas que pueden verse al otro lado. Y aunque parecieran un barrio muerto y perdido de Murcia, población de una Murcia otra, fantaseé con la idea de vivir allí, asomado a una de esas ventanas, mirando el riachuelo de hierro de las vías con el continuo y tristón ir y venir de trenes. Qué vecindad más maquinal y fantasmagórica: ser un extraño en la ciudad en que vives.  


1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué gran verdad eso de que las casas viejas se quedan como tristes pegotes junto a los grandes edificios y sobre todo en un lugar tan poblado y con las casas tan encima como las afueras, pero ya sabes que el curso del progreso es como el destino, ciego y torpe que todo lo arrasa para el bien de no se sabe quién

Para oh Pi oh Su Murcia hubiera sido mucho más cómodo mejorar las vías y hacer una línea de talgo más rápida directa a Madrid como hubo siempre

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Pues bien, ya lo tienen y esas casitas reducidas al nivel de lo ínfimo serán uno de los encantos para poetas románticos y personas compasivas

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