martes, 24 de mayo de 2022

Incidencias furtivas



La saturación ideológica nos sale ya hasta por las orejas. Este gobierno metió las narices en donde no tenía que haber rozado ni un ápice: Radio Clásica. Dicha saturación fluye tan obscena y abundantemente, que un locutor dice la siguiente  majadería sin inmutarse: hay que alegrase de un estudio que se ha hecho sobre los cantos de los gorriones, pues ahora al centrarse en el de las gorrionas, será inclusivo. O sea, que las pobres gorrionas estaban siendo marginadas. Después de la indignación por el mensajito y la sorpresa por la estupidez inconsciente del locutor, he estallado en carcajadas ante lo absurdo del tema.

 


Me está ocurriendo ahora que  estoy volviendo a encontrarme con el mundo norteamericano, con el Sueño Americano que se manifestaba en todas aquellas películas de los sesenta y los setenta que vi de pequeño y de joven y que alimentaron tan vivazmente mi imaginario, pero ahora, en esta ocasión,  a través de la literatura. Jhon Cheever, Hunter Thompson o Sam Sephard son autores que hasta hace bien poco no conocía de nada y cuyas obras suponen en este momento como un nuevo visionamiento de ese imaginario que dependía sobre todo de la representación fílmica. La otra noche, teniendo en cuenta el número de escritores norteamericanos que estoy frecuentando y la importante novedad que todo ello está suponiendo en mí, tengo un sueño vinculado con el tema: estoy sentado y una energía extraordinaria brota a mi lado, agitándose enloquecidamente, pegada a la silla. Es como una especie de fuente de energía eléctrica que esté expulsando chisporroteos. Esta energía que se agita formando hilachos de luz a media altura es tan potente que mantiene en pie el matamoscas que tengo en mi habitación. Alguien se acerca y yo le invito a que constate la potencia de esta fuente de fuerza.



Acabo de escuchar por la radio el réquiem opus 48 de Gabriel Fauré que se interpretó en  un concierto celebrado recientemente en la ciudad de Gante. La música tenía pasajes que me han parecido una delicia. En la emisión, la gente aplaudía a rabiar y se escuchaban algunos bravos. Todo ese público tan entusiasta como yo ante la música que acababan de interpretar, ¿podría considerarlo mi hermano, si me ocurriera algo en Bélgica que me hiciera solicitar su ayuda? Es decir, si algo atraviesa de tal manera las almas y las sensibilidades y por ello nos coloca en un espacio de reacción íntima tan semejante, ¿podría hacer tal cosa que, encontrándome casualmente, perdido en territorio belga, confiaran plenamente en mí y me echaran una mano? Si nada de esto ocurriera y yo siguiera siendo un extraño para ellos por no estar en el concierto y ser uno más del montón del público, pensaría que el hombre, que no el arte, es un bluf y que nunca deja de usar máscara.

 

Leyendo el estupendo diario de Ángel Crespo que Seix Barral publicó en 1999, Los trabajos del espíritu, percibo con una sorda fascinación el tiempo que ha sido, las innumerables cosas interesantes que ya ocurrieron hace décadas. Ante lo que actualmente se vive, es como un abismo anterior y que no deja de aludir,  de insinuar el abismo del futuro.   Y lo que sospecho como una secreta revelación es que ambos confines, ambos abismos convergen o mejor, terminan por conformar un continuum que es la historia de la eternidad.

 


Le echo un vistazo a la película Orfeo negro mientras leo algo. La película es de 1959 y compruebo lo bien que se ve, la nitidez de la fotografía. Yo nací en 1963. Fijándome en los objetos que hay en las escenas y sobre todo en las reacciones de los personajes pienso que antes de existir yo, la gente bailaba, se reía, saltaba, sufría. Decirlo parece una obviedad sin misterio, pero hay que saber captar lo que pretendo exponer: antes de mi existencia, la gente era tan vulnerable como ahora al azar, a la fragilidad e imprevisibilidad de las cosas. Al verlo se establece una súbita y sorpresiva conexión entre el pasado, aunque sea reciente, con la actualidad, con la realidad de ahora mismo.

 


El estado poético es una suerte de contemplación activa.

 


El saber la verdad o es una pretensión llena de pedantería o un mero énfasis. Lo que debiera interesarnos es el color, la textura, la intensidad de los momentos vividos, la bendición secreta de las nuevas oportunidades, la felicidad con los otros.

 

 

No paro de constatar en todos los ámbitos y aspectos aquello del refrán o del dicho: todo va a menos, salvo quizá, en mi caso, en lo que respecta al entusiasmo por saber y el placer estético.  



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