lunes, 22 de mayo de 2023


 

Imagen de 1914. Confirmando y sabiendo la antiguedad de la figura, esa combinación de mujer de pricipios del XX y presencia de fondosa vegetación, no es que me sugieran un ambiente determinado sino que lo representan de un modo especialmente denso. Advierto el simbolismo finisecular, el onirismo suave, un inicio de neoclasicismo. Todo estos aspectos que reflejará de modo tan fascinante el arte de la época. 





El escritor Leonidas Andreyev, se autorretrata en las aguas opacas de un río ruso. Se trata de una imagen de 1910, pero se me hace difícil imaginar el tiempo transcurrido arrojando su óxido sobre semejante imagen, tan pulida, tan formalmente bella. El detalle del color borra todavía más la inmundicia inercial del tiempo y actualiza de modo sorprendente la imagen. 





Esta foto de los años setenta me produce una fascinación difícil de explicar. Debo recurrir a la memoria, a días felices en Torrevieja en los años 77 ó 78, cuando mi familia veraneaba allí y durante los paseos de la tarde por el centro urbano me fijé en la puerta de algún comercio sobre la que caía un sol de justicia a esa hora. La foto me produce, también, cierto entusiasmo, la alegría que sentía por la gente que en tales instantes circulaba por la ciudad, jóvenes, brillantes, todos atractivos y exultantes de vida. 




Otra versión, esta vez francesa, de Ofelia flotante en las aguas pantanosas de un estanque. También resultaría difícil analizar el porqué de la brumosa fascinación de esa pintura, de este personaje, de este motivo icónico: fatalidad romántica, sádica caricia, masoquista abandono al abismo, delicadeza vulnerada...





Triste mingitorio en el centro de París, o dicho de modo más culto, Vespasiana urbanita.  Da frío, asquito y vértigo miccionar en semejante rincón semidescubierto. 

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