viernes, 14 de febrero de 2020
jueves, 13 de febrero de 2020
RAPSODIA SATÁNICA. (1915)
Hasta
hace dos días creía que el nombre de
Nino Oxilia era un apócrifo. Sorpresivamente, gracias a un gif, esa suerte de
anillo de Moebius de la imagen, hallado
en una página de tumblr, y en el que se podía visionar a una misteriosa dama aderezando
su cabellera con un velo, identifiqué tanto la filmación de la que procedía la imagen como
a su autor.
Nino
Oxilia fue uno más de esos prometedores escritores y artistas que la primera
guerra mundial se llevó por delante antes de que apenas hubieran empezado su
carrera. Escribió obras dramáticas para teatro y logró filmar alguno de sus
proyectos, entre estos, la pieza que se considera la más notable, su Rapsodia
Satánica, versión del fausto goethiano aplicando, en esta ocasión, la maldición
provocada por el pacto diabólico, a la figura de una mujer, una condesa que,
tras vivir cómodamente, advierte con amargura y fatalidad que se ha hecho mayor
y ha perdido la belleza.
Esta
condesa está interpretada por la gran actriz del cine mudo italiana, Lydia
Borelli.
Ya conocemos
las limitaciones y singularidades estéticas del cine mudo: gestualidad teatralizante,
poetización de los ambientes por la compresión narrativa, y la existencia
sintética de la palabra en forma de subtítulos, etc…
A estos
efectos, la película de Oxilia, que apenas dura algo más de una media hora, no
supone una excepción, pero tal encarnación formal y representacional obtiene como producto fílmico un poema cinematográfico
muy en consonancia con las tendencias literarias y plásticas del momento. Incluso
la música que compuso Mascagni para la película y que las copias recuperadas han incluido en
sus versiones actuales, exhala ese ineludible aire decadentista que se suma a
la plástica del film.
La obra
no es ninguna obra maestra desconocida, pero resulta redonda en lo que cuenta,
tanto con respecto a su duración temporal como a la limpieza y belleza del
registro. La presencia velada y espectral de la condesa en los luminosos
jardines de su palazzo, la rotundidad
de las fuentes y la numinosidad de lo vegetal y el agua, constituyen,
ambientalmente, lo más sustancioso del
simbolismo de la película.
La cinta
toda depende de la figura de la condesa que recupera la juventud: a pesar de
las desmesuras dramáticas en la interpretación, típicas de la época, la
condesa, Lydia Borelli, no resulta ridícula, y se convierte en el eje cenital que
articula la obra, siendo tanto, espíritu encarnado que busca la felicidad como repentino
fantasma de sí misma.
El mito
de Fausto posee una moraleja: si decido
cambiar o alterar el curso natural de las cosas recurriendo a tratos con el
Diablo, el nuevo curso obtenido acabará fatalmente para mí. La condesa recupera
la juventud perdida tras su encuentro con el diablo, pero la nueva condesa que
saldrá de ese contrato diabólico, será tan frívola y egoísta que dejará que un
joven que la ama, se suicide ante su indiferencia. Cuando reacciona es ya
tarde, y creyendo que el espectro del joven
vuelve a por ella, se entrega al Diablo que le devuelve su vejez y por lo
tanto, a la muerte, en cuanto la condesa sea consciente de su terrible vuelta a
la realidad que no tuvo que alterar.
Las
películas mudas son como sueños. Los personajes no son de carne y hueso:
pertenecen al linaje de las marionetas o los espectros. La atmósfera de esta
Rapsodia Satánica, ubica personajes y espacios en la asunción de un simbolismo onírico
a lo Hofmansthal o lo D’Annunzio.
Lo que, personalmente, me pregunto es cuánto le costó a Nino Oxilia crear este ambiente o si fue, más, legado de su época y el trabajo se limitó a disponer el atrezzo correspondiente. Es decir: si lo que visionamos en la pantalla hoy supuso, entonces, para el director y su público, artificialidad o inmediatez reconocible. ¿La gente de la calle, en la Europa de alrededor de 1915, veía naturales estos ambientes misticoides, o les resultaban extraordinarios, raros, suntuosos? Es una reflexión que siempre me hago y que alude, en definitiva, al misterio del tiempo y de su recepción en el medio artístico.
Lo que, personalmente, me pregunto es cuánto le costó a Nino Oxilia crear este ambiente o si fue, más, legado de su época y el trabajo se limitó a disponer el atrezzo correspondiente. Es decir: si lo que visionamos en la pantalla hoy supuso, entonces, para el director y su público, artificialidad o inmediatez reconocible. ¿La gente de la calle, en la Europa de alrededor de 1915, veía naturales estos ambientes misticoides, o les resultaban extraordinarios, raros, suntuosos? Es una reflexión que siempre me hago y que alude, en definitiva, al misterio del tiempo y de su recepción en el medio artístico.
lunes, 10 de febrero de 2020
DOS MATEMÁTICOS ESPAÑOLES DESCUBREN EL MOVIMIENTO DE LAS MOLÉCULAS DE AGUA
La
disposición giratoria de la molécula
depende de
la acción de la partícula,
y ésta de la
subpartícula,
y ésta, a su
vez, de la infrapartícula,
pero, qué
mueve, finalmente a todas estas:
a la
infrapartícula,
a la
subpartícula,
a la
partícula,
qué energía
es la que los científicos
se empeñan
obsesiva, quiméricamente
en calcular
sino, quizá,
la acción
del Verbo mismo?
sábado, 8 de febrero de 2020
PANELES DE TIEMPO
Cuando visualizamos los archivos de los
contenidos de nuestras páginas web, podríamos decir que es entonces cuando se produce la singularidad de que sea el
espacio quien determine y contenga al tiempo: un panel con múltiples casillas o
compartimentos estancos en los cuales podemos observar o el tráiler de una
antigua película de vaqueros, grabados alemanes del siglo XVII, las curvas de
una sugerente rubia platino, las iluminaciones de la Vegas o del Kremlin, una
gasolinera perdida en el desierto, o la silueta amenazante de Drácula avanzando
hacia nosotros.
Tal y como si fuera una suerte de panóptico que
facilitara el control visual de todos nuestros sueños, así interpretaríamos
este efecto: todos los tiempos convergiendo, reunidos en un mismo punto de
visión donde son percibidos y se hacen conscientes. ¿Cómo conseguir esa
fantasía metafísica de alcanzar una representación de la simultaneidad de lo
vivido del modo más escueto y simple sino sumando las imágenes de nuestros
recuerdos en un mismo confín gradualmente desplazable?
Tener a la mano una representación de este
calibre, no es meramente un recurso ocasional de la informatización planetaria.
Además de mostrar cuál ha sido nuestra historia sentimental y cultural a través
de la comprobación de las imágenes que
hemos ido seleccionado, a mí me suscita una reflexión particular sobre el
tiempo.
La simultaneidad de las imágenes parece
postular su unidad en la conciencia. Son, a su vez, una imagen de la memoria
misma. Postulan tanto el poder de la memoria, la existencia de un inconsciente
colectivo, como la superación de su fenómeno cultural como trascendencia, es
decir, que la suma de todas estas imágenes como testimonio de lo vivido estaría
indicándonos que de alguna manera, la eternidad podría funcionar de este modo.
La suma de las imágenes posee un significado:
memoria universal o individual, los tiempos vividos reunidos y compendiados en
un tiempo total que guarda el recuerdo minucioso de cada uno de ellos.
Las imágenes en particular sugieren una
reflexión discriminada sobre el tiempo. Más allá del efecto melancólico que
puedan provocar en una visualización o evocación superficial, lo
registrado está más allá de lo que lo registra. Por mucho que nos
fascinemos o nos desvivamos ante el visionamiento de alguna de estas imágenes
que parecen, obstinadamente, remitirnos a algo ya pasado, aunque palpitante en nuestros
recuerdos, la imagen es sólo una impronta icónica, un signo que tiembla en el
horizonte de nuestra percepción, pero no es lo representado. Lo que representa
no es lo representado, del mismo modo que la poesía no es meramente la
escritura que la fija.
Ese gif que como si fuera un bucle
espaciotemporal nos muestra una y otra vez cómo pasan los divertidos y
asombrados viandantes ante una cámara apostada en medio de la calle en una gran
ciudad, a principios de siglo, no indica el paso aniquilante del tiempo aunque
parezca sugerirlo: la gente que sonríe divertida ante la cámara no se está
desgastando de hacerlo porque el gif,
producto de la tecnología actual, nos lo muestre obsesivamente: la gente pasó
una sola vez, y fue natural al reaccionar así. Lo que vemos es una
fragmentación del continuo de la vida y encima, tendenciosamente recortado y
adecuado para el soporte informático. Es
la representación, no lo representado, la esclava del tiempo, la que emite
significaciones espectrales. Si el pasado existe, si el pasado se produjo, en
realidad se está produciendo constantemente, porque somos pasado,
continuamente. “Lo que entonces fue” es una fantasía relativista de la perspectiva.
Pero hay que admitir que una de las
características de abandonarse a la visualización de los archivos, es la
fascinación que produce la variopinta y pintoresca multitud de lo que ha sido. Y
es imposible abarcar la totalidad de lo que se ha vivido, visto, sentido,
añorado, incluso, ignorado. Como diría Borges, nos es imposible trascender la
sucesión lineal que es en sí el tiempo, como no sea a través de la música o del
sueño. Un panel de tiempos podría
funcionar como súbita metáfora del funcionamiento de nuestra consciencia en
búsqueda de la luz.
miércoles, 5 de febrero de 2020
DOS BREVES OBJECIONES
Me
irrita la obstinada ignorancia de Occidente
con respecto a los países del centro y del Este de Europa. La música y el
folklore de todo este universo, incluyendo a la misma Rusia, lo ignoramos a
placer, mientras la máquina americana siga produciendo sus encantadoras
tonterías y no se le ocurra perder su glamour. Me sorprendió escuchar un tipo
de música que me parece de lo más espectacular y vitalista que existe, la
música rumana, como banda sonora del Edipo
de Passolini. Claro que entonces,
cuando se realizó el film, el director italiano escogió esta música porque
ningún espectador lograría localizar de qué tipo de música se trataba y de
dónde la habrían sacado. Lo fastidioso, a estas alturas, es que todavía, la mayoría de espectadores actuales tampoco
sabría identificar qué música es.
Cada
vez que en alguno de los programas de televisión de Iker Jiménez presentan un caso de fenómenos paranormales,
convenientemente estudiado y con el testimonio de los testigos en el plató y creo comprobar que lo que se expone es real
y no tiene explicación posible, más me convenzo de que estos temas deben convertirse
en motivos perentorios del pensamiento
serio y que es en las competencias de este donde debieran hallar una respuesta
adecuada o aproximativa a su misterio. ¿Cómo
sería la reacción de los mejores pensadores actuales si se les propusiera, de
una santa vez, que intentaran afrontar desde el pensamiento sistemático todos
estos temas con la intención de esbozar una respuesta a su enigma, o bien, de
exponer los resultados de una investigación que los negara como reales? Pero, me
parece, que tal y como están hoy las cosas, - mundo mediatizado e ideologizado,
crisis económica y de valores, fascinación infantiloide con las nuevas
tecnologías - semejante proyecto no pasará de ser un deseo, un sueño ante la
indiferencia vergonzosa, ante el poco fuelle y la falta de imaginación que
presenta la presunta intelectualidad
europea. Incapaces de atreverse a afrontar siquiera alguna de esta
fenomenología por el colapso ideológico en el que están sumidos, como si la
historia de las ideas pesara más que la urgencia de localizar dimensiones
inexploradas de la realidad, como si la investigación y el pensar estuvieran
obligados a activarse sólo en compartimentos estancos previos y no en la piel
de la exterioridad que es en donde se reclaman respuestas, la filosofía pura,
que por trabajar sobre y desde la teoría, pudiera proyectar un pensamiento más
sagaz ante la imposibilidad de probar lo extraño, se retira cabizbaja,
esperando que en un futuro no sé si inmediato o no, alguna mezcla, algún
híbrido de disciplinas, pueda arrojar alguna pista verdaderamente estimulante.
El
Ser es ya una quimera, la metafísica se acabó, y parece que ante este estado de
cosas sólo quepa dejarse llevar por la pasión política o por supuestas transiciones
de la postmodernidad a no se sabe qué confín, considerándose lo que hemos
convenido en llamar lo paranormal, como un mal sueño o un absurdo enquistado en
su enigma. Ya no hay magos del pensamiento, no hay ni taumaturgos ni gente como
los presocráticos que se atrevan a trascender límites y pensar el universo como
algo uniforme y complejo. Ante lo
paranormal: o la realidad posee dimensiones desconocidas que forman parte de su
definición absoluta y que nosotros debemos descubrir y conceptualizar, o existen márgenes de otro espacio y otro
tiempo circundando las coordenadas de nuestro mundo, lo cual viene a ser lo
mismo que lo anterior… Un pensamiento que se lance a una reflexión verdadera de
lo extraño tendría que redefinir todas nuestras categorías o completarlas con
otras que apenas somos capaces de imaginar.
lunes, 3 de febrero de 2020
MIRADAS DE CINE. Javier Puig.
El
cine es la vida. Ha llegado a serlo, tras aparecer, equívocamente, en el
horizonte de la historia como un mero invento, como un sorprendente artilugio
capaz de representar imágenes en movimiento, tal y como estaba persiguiendo,
experimentalmente, el hombre desde las últimas décadas del XIX. Es por ello que
el cine es el ejemplo más notorio de alianza entre la tecnología y el arte,
pues su producto – el film – se ha convertido en la forma narrativa por
excelencia.
El cine
es la memoria del hombre, tal y como lo son los poemas homéricos sobre los orígenes
mitológicos. Y si el cine es la vida, el
registro que pretenda hablar de él de un modo más o menos profesional, más o
menos crítico, tendrá que ser, en principio, tan poco dependiente de tendencias
o modelos como generoso en sus consideraciones.
Por
mucho que podamos referirnos a la autoridad de las Academias de cine, a los
análisis semióticos de los textos fílmicos, a las últimas derivaciones de la
reflexión filosófica aplicada al desciframiento de las imágenes sucesivas tal y
como ya hiciera Guilles Deleuze, el cine requiere, sobre todo, una mirada como
la que el propio cine articula: multidireccional y humana, simbolizante y descriptiva,
cualitativa, sobre todo con respecto a cualquier azar o detalle que resulte
significativo en el desarrollo narrativo, y por lo tanto abierta a lo que la
fábula cinematográfica pretenda decirnos de los destinos del alma humana. El cine y la vida: quién copia a quién resulta, al final,
baladí, aunque la interpretación más sorprendente y misteriosa pueda ser la de que es la vida o la naturaleza la que copia al
arte, y no al revés.
Digo
todo esto porque el comentario, más que el análisis, que Javier Puig va exponiendo en esta selección de
películas, visionadas repetidamente y con pasión, resulta tan mesurado como preciso, al no
depender de otra técnica crítica que la que propician los propios sentidos alertas
en la recepción del film.
Precisamente
esa semejanza entre el cine y la vida, hace que la significación última de toda
película no dependa de los balances de hermenéuticas o semióticas diseñadas
para tal discurso, lo cual facilita que cualquier buen espectador pueda
realizar exámenes tan válidos como sorpresivos. En este caso el buen criterio
de Javier Puig y su capacidad descriptiva, nos introduce en el decurso profundo
de la película en cuestión, haciéndonosla ver por primea vez o estimulando en
nosotros el deseo de verla de nuevo.
La
bibliografía sobre cine no exime, independientemente de sus atributos
intelectuales, de cierto glamour. Esta obra de Javier, que es la selección de
una serie de comentarios sobre cine publicados en la red, no sé si cumple con
este requisito, pero sí que se suma a lo más distinguido e ilustrativo que, al
menos, por estos lares, se ha publicado sobre el Séptimo Arte.
El
cine consiste en contar historias. Y Javier Puig, al comentar las películas que
ha visto, también nos cuenta y nos describe lo que ha visto. Aquí la emoción
nos muestra que Javier tiende a posicionarse en el disfrute entrañable, es decir, consciente, de la
película – como tiene que ser, diría yo- sin que tal posición disperse o determine la
perspectiva de esa mirada fílmica sobre la que se arroja, a su vez, la mirada de
nuestro amigo, pues el cine es también filmación de atmósferas, en la que todo-
contaste fotográfico, duración de secuencias, impacto del sonido – contribuyen
a tal expresión ambiental.
Creo que, en definitiva, a lo que este libro de Javier Puig invita es a que sigamos disfrutando, aprendiendo con el cine. Su experiencia catártica consiste, fundamentalmente, en estas dos cosas.
Creo que, en definitiva, a lo que este libro de Javier Puig invita es a que sigamos disfrutando, aprendiendo con el cine. Su experiencia catártica consiste, fundamentalmente, en estas dos cosas.
El libro,
publicado por la editorial madrileña Celesta, se presentó en la librería Códex, en Orihuela, el día 30 de enero, este jueves pasado.
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