lunes, 12 de mayo de 2025

VANITAS José Manuel Ramón

 

 

 

Podríamos lamentar que lo que se escribe en un poema no tenga consecuencias, que lo que el poeta conciba quede restringido en el  espacio neto del texto y por lo tanto, no trascienda sino como trabajo intelectual. Pero el espacio de la lectura sublima el mero espacio textual y hace que la cadena de las significaciones se libere y se esparza por el espacio mayor de la imaginación del receptor. Lo que se escribe está presto a expandirse por cualquier imaginación en tanto alguien lo lea.  

Este punto, esta observación es la que con cierta amargura, mezclada con ilusión, se agita en mí cada vez que me interno en un poemario reciente que acaba de conocer la edición.

Ante Vanitas, el último trabajo poético de mi amigo José Manuel Ramón, lo que quisiera experimentare es que mi lectura sea lo suficientemente generosa o dinámica para proteger y rescatar de todo confín lo que de un modo precioso se ha puesto por escrito y que es labor de un espíritu concreto: el de su persona.  

El poemario de José Manuel Ramón destila un verbo de registros potentes al servicio no sólo de la poesía misma sino de un argumento complejo. Si la poesía está hoy invisibilizada por el predominio de los gustos sociales, al dedicarse, encima,  a ilustrar temáticas elusivas o comprometidas de modo muy singular, puede correr el riesgo de mimetizarse todavía más.

La poesía puede entenderse como redención o como condena de un mundo cruzado de circunstancias indeseables. La poesía puede, pues, tanto protestar como denunciar.  

Jose Manuel Ramón escribe este poemario que cierra un ciclo desde una adscripción ideológica esotérica y lo hace con un estilo plenamente maduro de su competencia verbal, lo que produce un pasaje continuo de brillantes ascendencias barrocas. No creo que el autor haya pensado un estilo en contra de otros ni que le haya importado cuestiones como las de la transparencia. Jose Manuel Ramón no puede ser más transparente. Escribe tal y como la densa materia que decide enfrentar y emprender se le presenta. En este punto, su originariedad le traiciona a ojos de lectores que puedan exigir argumentos de accesibilidad. Pero del mismo modo que quien decida disfrutar del cine de Bergman o Tarkovsky debe penetrar en un lenguaje específico para viajar por el film en cuestión, así la poesía expresa las cosas envueltas en las peculiaridades que las definen. Ya decía Barthes que exigir claridad en un texto era tan retórico como pedir oscuridades o barroquismos porque sí.   

Yo defiendo la postura de mi amigo. Realizar un producto accesible significaría prescindir de tus excelencias propias para convertir tu creación en un producto de poesía estándar. José Manuel Ramón emplea, pues, un verso muy liberado al tiempo que denso, conceptualmente, para efectuar una acusación y también, elevarlo como ruego ante el mundo y su cerco de injusticias.   

Esta peculiaridad me parece encomiable: ser exquisito en el lenguaje al tiempo que direccionar socialmente su poder expresivo. Me parece bien que nuestro poeta se arriesgue a ello, pues de este modo preserva la aventura de su experiencia.

De todos modos especifico que disfruto de estos poemas sabiendo que el mensaje acusador con el que su autor se compromete, haya que saber extraerlo a través de  una lectura implicativa.

Con que el poeta defienda la poesía desde el poema ya ha defendido bastante territorio. Este sería el verdadero y último mensaje, pues la poesía ya es en sí todo un compromiso ante las órdenes de adocenamiento que nos rodean.         


martes, 6 de mayo de 2025

LEYENDO A...

 


 

Por un azar,  como si fueran lecturas paralelas, leo a la vez, Lugares de Georges Perec y el libro de viajes de Mesonero Romanos, Viaje por tierras de Francia y Bélgica. Ya he dejado escrito que los libros de Perec suelen atraerme por el aspecto lúdico-experimental que ofrecen, pero que el contenido de tales obras me parece, a fin de cuentas, algo decepcionante. Pero leyendo estos días Lugares, recientemente publicado por Anagrama, me encuentro con que las anotaciones consecutivas de calles, esquinas, tiendas, comercios, parques, etcétera, no resultan tan monótonas como creía. Incluso algún apunte mínimamente descriptivo - a las seis y cuarto el cielo en esta parte de París es violeta y la cafetería que tengo delante de mí, está llena de gente - me inyectan cierta dosis de fascinación temporal y me lanzan a los encantos del recuerdo. De pequeño, para mí el extranjero era un territorio inconcreto pero de orden fabuloso y si había que identificarlo de alguna manera con algún país, se concretaba bajo el nombre de Francia. En los sesenta, precisamente cuando Perec concibe esta obra y se pone a escribirla, yo tenía unos tíos trabajando en París. A través de sus viajes y de los regalos y suvenir que nos traían, París se presentaba ante mi fantasía como un lugar moderno y mágico a la vez. Mejor dicho, ambas características eran una sola para aludir a un lugar tan sofisticado y único. Mesonero Romanos describe en su viaje la impresión deslumbrante que ofrecen los comercios de París. La fascinación por el espectáculo que ofrece París recogida por Mesonero Romanos es la fascinación típicamente moderna de la ciudad como espacio fastuoso, como laberinto urbano donde hay de todo.     

 

 

A  través de internet he adquirido el Diario íntimo de Soren Kierkegaard. No tenía ni idea de que existiera tal libro, de que el filósofo danés llevara un diario personal. Cuadra no sólo con su trabajo de filósofo sino con su deseo de ser escritor. Esta es ya una característica que lo singulariza: al confesar que le gusta escribir, ya está subrayando, antes que la ejecución de procesos analíticos, la práctica libre y creativa de la escritura. Esta posición determina su posición ante la historia de la filosofía y lo acerca al público: entre otras labores propias de la empresa intelectual, el cultivo de la filosofía se encuentra integrado en la escritura como una implicación más.

 


Alucino ante el libro de Kierkegaard: Lo observo colocado sobre la mesa y percibo como un rumor que proviene de siglos atrás, del penumbroso siglo XIX. Casi me parece fantástico que las confesiones de una mente singular como la de Kierkegaard, atraviesen las décadas y los siglos y lleguen hasta mi ahora, hasta mi casa, ante mí, dispuestas a derramarse con discreción sobre mi atención. Yo soy cómplice de esta sutil entrega cuantitativa- el volumen sobrepasa las 400 páginas - de intimidad procelosa.

 


Leo las memorias gamberras de Harold Norse, un poeta norteamericano homosexual de la década de los sesenta, compañero de venturas de Allen Ginsberg. No conocía al personaje, pero su ubicación espacio-temporal en las vertiginosas décadas de los sesenta y setenta, me lo hacen atractivo de sobra. Lo que ocurrió durante tales años en Norteamérica es alucinante. Y lo que me turba más es que la aventura social y  cultural de entonces, la poesía beatnik, las drogas, los hipis, el despegue del rock heavy y sinfónico, la revolución sexual, la música disco, James Brown, Bob Dylan -  se nimban de la densa bruma del pasado. Pero, ¿cómo va a ser pasado lo trepidantemente joven?

 

 

Leyendo la transcripción publicada de unas conferencias de Borges en la universidad de Columbia. Me sorprende la franqueza de Borges cuando dice que a sus setenta años parece que por fin es ya el poeta que quiso ser toda su vida.

 


Cuando me aproximo a la narrativa siempre me asalta un interrogante cuya solución quizá no se halle sino en los desfiladeros más arduos de la hermenéutica. Cuando, desde la ficción, un condenado a muerte nos habla de  su último día, o cuando el héroe cae herido en el desempeño de una de sus gestas, es decir, cuando el personaje nos habla tras su muerte, desde dónde nos está hablando, en realidad, el narrador;  desde qué lugar ontológico,  metafísico, transmaterial lo hace. Decir que se trata de una convención literaria es lo vulgarmente esperable: no me convence.

 

 

Leo a Saint-Jhon Perse y, por un lado, me inocula un entusiasmo delicioso por la grandeza y exquisitez de la palabra poética y de lo que esta puede llegar a alcanzar, pero por el otro, no dejo de sentir cierta melancolía: qué lejos está mi vida diaria  de festejar los horizontes que la poesía canta y urde. La poesía se convierte así en un reto moral y vital. Me obliga a cierta excelencia cuyo emprendimiento es un amargo engorro para mí en mis actuales circunstancias.

 


 Abro un libro divulgativo sobre temas filosóficos y me encuentro con la paradoja creada por Schrödinger y su famoso gato existente e inexistente. Precisamente esta paradoja, cuya conclusión viene a ser que la participación del experimentador o investigador influye en la definición del experimento, es la que tiene una aplicación interesante en el ámbito de lo paranormal. La obtención de parafonías se corresponde en ocasiones más que significativas con el talante y grado de implicación del que investiga. Si, de las leyes espacio-temporales ya formalizadas, existen variantes que desconocemos, la puntualmente óptima relación cerebro-tiempo, ocasionaría la súbita conexión con tales variantes extrañas. Es decir, que si el gato de Schrödinger está muerto y vivo dentro de la caja antes de que el investigador la abra, del mismo modo, la manifestación del fenómeno paranormal se produciría sin que sepamos cómo y por qué se ha manifestado a nosotros. El misterio es doble como el estado vital del felino.  

 

martes, 29 de abril de 2025

EL TIEMPO POETIZADO Y ULTIMADO POR EL RECORDAR



Ningún espeso bosque ni ninguna investigación de geografías extrañas nos van a sorprender como lo hará con generosidad la operación de la lectura. En la serie de reflexiones breves que componen el Diapsalmata del filósofo Soren Kierkegaard, me topo con una de esas observaciones que te iluminan y te fascinan a un tiempo, que culminan la realidad captada con una imagen.

Kierkegaard nos confiesa que teme la acción de recordar. En cuanto recuerdas algo, parece que quede enterrado definitivamente en el tiempo, que ya no pertenezca al flujo vívido que podríamos denominar presente. Pero a esta confesión le da un mínimo giro, sublimando notablemente las características penosas del recordar:

Vivir en el recuerdo es la vida más completa que podamos imaginar. El recuerdo alimenta más ricamente que la realidad… Una circunstancia recordada, ya ha entrado en la eternidad.     

Glosar estas declaraciones nos llevaría a reformular nuestras ideas del tiempo, de la efectividad duradera de la vida, y del alcance de nuestras experiencias. Kierkegaard destaca aquí el poder lenitivo y reparador del recuerdo, colindante con el de la eternidad. En el recuerdo todas las potencias o posibilidades se produjeron en la vida de lo recordado o de lo que recordamos. Recordar algo es entronizarlo ante el tumulto de todos los otros sucesos, reconocer el cumplimiento de su plenitud y belleza.

En todos estos aspectos, recordar viene a ser una operación exquisita de reconocimiento: son los propios dones de lo recordado lo que protege del avance del tiempo. Vivir en el recuerdo, como dice Kierkegaard viene a ser el permanecer incólume ante el proceso aniquilador y general de las cosas, sumirse en la tranquilidad de una bendición perpetua.

Ahora bien, esta tarde, reflexionando sobre las palabras del filósofo, me vino a la cabeza otra cita que me impactó hace mucho tiempo y que figuraba en las páginas iniciales de un número de aquella revista que sobre lo paranormal, publicaba Jiménez del Oso, Más allá, creo que se llamaba. La cita era de un pensador moderno hindú cuyo nombre no recuerdo en este momento y decía: Vivir de recuerdos es arrastrar una muerte interminable.   

Me deslumbró, además de sentirme, al leerla, de algún modo, aludido debido a las circunstancias que a mediados de los noventa estaba experimentando. Ahora bien, ambas reflexiones, las de Kierkegaard y las del pensador hindú, no se refieren a lo mismo, al menos, a la misma actitud. Mientras que la observación del hindú se refiere a la decadencia moral que implica no vivir sino de los recuerdos de lo que se ha vivido al juzgar aquellos momentos como los más plenos, sinceros y felices, Kierkegaard destaca la función eternizadora del recuerdo, desde qué perspectiva se opera la pervivencia de las cosas. El recuerdo es una fuente de investigación, un depósito informativo que se presta a la evocación poetizante y al análisis minucioso. No es tanto que las cosas al ser recordadas queden como presas de un ámbar milenario que las preserve indefinidamente, no se trata de aludir a una dicha presunta que podamos derivar de una imagen estática para siempre. Creo que la observación de Kierkegaard es mucho más sutil. El recuerdo no es una forma de alusión estática sino todo lo contrario, dinámica, cambiante, prismática. El dinamismo evocador del recuerdo implica una imagen metamórfica del tiempo, que despliega en análisis consecutivos toda la textura inmaterial y continua de las realidades que fueron y que siguen siendo. Kierkegaard alude a la idoneidad del recuerdo no tanto como modelo fijo, teóricamente óptimo de alusión temporal sino como forma soberana de relacionar  hechos cuya ejecución constituye el recordar y la memoria, en suma.

No nos dice que nos entreguemos a la penosa actividad de recordar biografías o hechos  tediosos, sino que el que algo persista en su esplendor desde el recuerdo se nos revela como el modo mejor de interpretar tal cosa. Algo no se olvida por la cantidad o intensidad de detalles vitales que concita, significa o guarda y por el modo similar en que provoca nuestra evocación.

Kierkegaard nos está indicando o sugiriendo la naturaleza especial que se deriva del concepto de tiempo implicado por el recordar.

 

jueves, 24 de abril de 2025

ESCAPARATE MÍNIMO.



LUGARES

George Perec

 

He adquirido el volumen porque el escritor me es simpático como también su concepto lúdico de la escritura es de mi gusto. Pero confieso que con Perec siempre me resulta  más estimulante lo que propone experimentalmente que los resultados finales. Esta pieza se supone que iba a formar parte de una suerte de autobiografía secuenciada en un conjunto de libros cuyo trabajo final comprendería docenas de años de escritura. La obra Lugares consta de una combinación de textos divididos en dos funciones: recuerdos asociados a lugares concretos de la geografía parisina junto a descripciones objetivas in situ, de esos mismos lugares. El propio Perec dice que con el paso de los años, leer ambos tipos de textos revelaría tanto las vacilaciones o fantasías de la memoria como los efectos erosionadores del tiempo sobre la escritura. Sumirte en el laberinto del tiempo a través de la escritura propia puede suponer uno de los viajes más sorpresivos. Lo que yo observo aquí es lo que he apuntado anteriormente: el juego propuesto es estimulante pero si los recuerdos, asociaciones, descripciones, textos no tienen cierta entidad, todo se subsume en la mera estrategia de relacionar escritos más bien planos y es el puro factor del tiempo lo que tiene que añadir o crear el interés de lo literario. Los libros de Perec atraen por su apariencia de mecano, de juego permutatorio. El contenido de lo que tales juegos articulan, si pasan a un segundo plano ante la aparente movilidad del texto, es lo que a veces puede resultar indiferente, lo cual es una contradicción. Quizá haya que leer a Perec de otro modo, no de forma sustantiva, a ver qué me cuenta el contenido pues ahí, cualquier libro de memorias o un diario personal sería más que satisfactorio: quizás sean los datos que se desplazan a través de estas combinaciones lo relevante, qué nuevo mapa de pareceres y alusiones inscribe el tiempo en nuestra memoria.   

jueves, 10 de abril de 2025

YO VI EL ALEPH

 





Como el tiempo pasa barriendo y confundiendo las cosas y como no tengo otra oportunidad que la escritura para explicitar anécdotas y pareceres, se me ha ocurrido anotar aquí, aunque sea algo deprisa y corriendo, lo que me ocurrió una buena tarde de hace 14 años, antes de que se me vaya de la memoria. Precisamente no recordaba el asunto ya, y unas lecturas literarias me lo han traído al recuerdo.

Todo el mundo lector o casi todo el mundo, recuerda el hiperfamoso cuento de Borges El Aleph. Este, en el texto fantástico de Borges, era un objeto, una suerte de esfera brillante ubicada absurdamente en un rincón de la escalera de un sótano. Si mirabas con atención aquella esfera, podrías avistar el universo entero y todos los tiempos que han sido. Se me ocurre este símil porque no deja de parecerse en contexto y naturaleza extraña a lo que vi.

En el 2011, por las tardes-noches solía escuchar entre las nueve y las diez, un programa de radio que emitía Onda Regional de Murcia. El programa trataba sobre los inmigrantes que se iban estableciendo en la Región de Murcia, de sus vidas, historias y convivencias con los nativos. Me encontraba yo escuchando dicho programa, sentado en una mecedora en la habitación que había sido de mis hermanos y en donde tenía yo colocada una radio grande. Serían sobre las 21:20 horas cuando enfrente de mí, donde se encontraba una gran estantería de baldas gruesas de madera especiales para soportar el peso de libros grandes y enciclopedias, de uno de los cubículos formados por las mencionadas baldas, percibo, literalmente, que se enciende una luz. La luz era más plateada que blanca, pequeña, como una canica, y fue intensificando su fulgor y tamaño. Me quedé mirando pasmado, sin juzgar, como cuando ocurren estos casos de índole extraña. Cuando parece que había alcanzado su máxima potencia, y sin descubrir nada de su origen, es decir, desde el fondo, siempre, del cubículo, se fue apagando hasta desaparecer del todo. Yo, sentado en la mecedora, me dije, pero bueno, qué es eso. Me levanté y con algo de cuidado, me aproximé al punto del que había surgido la luz. Creí que algún objeto había funcionado como reflectante de la luz de la habitación: algún tipo de plástico, una caja de cedés, un cedé mismo,… Saqué unos folios que reposaban sobre los libros que casi llenaban ese espacio. Retiré un par de volúmenes y no vi nada que pudiera reflejar del modo que lo había visto, la luz que tenía puesta en la habitación. Miré los espacios vecinos. Nada. Carpetas, libros, unas barajas de cartas, pero nada, ninguna cosa de características lo suficientemente pulidas o algún electrodoméstico que pudiera haber producido la luz. Pensé, incluso, en la posibilidad de que se hubiera producido algún tipo de reacción química de la pintura de la pared.    

Recuerdo que de un estado de fascinación pasé a otro como de entusiasmo y corrí como un crío al comedor donde se encontraban mis padres viendo la televisión. Entré y les conté lo que había ocurrido. Mi madre sordeaba y entonces no tenía el aparato que luego le compramos, así que no se enteró mucho de lo que hablaba. Mi padre se extrañó pero se limitó a decirme ¿Ah, sí? Estaban más atentos a lo que estaban dando por la tele.

Regresé a la habitación. El programa de radio todavía no había terminado y me senté en la mecedora. Me puse a esperar a ver si la luz salía de nuevo. No paré de escrutar, de mirar, de observar, de investigar el punto concreto de donde había aparecido. Y esto fue así durante los próximos días y semanas. Teniendo en cuenta de donde se había generado aquella luz desconocida, entre libros, yo imaginaba que se había producido en mi biblioteca una suerte de puerta dimensional que daba a otros mundos, quizá a los que los libros allí presentes, ilustraban. Esta relación mágica entre la luz y los libros, entre el misterio y la cultura, estimulaba mi imaginación en secreto y más en tanto no encontraba una explicación a aquel pequeño fulgor. No había nada en la estantería y menos en el punto en cuestión, que justificase la aparición de aquella luz. Pensé, dándole vueltas al asunto, que en la posición en que yo estaba sentado en la mecedora, propiciaba que la luz de la habitación que provenía de las bombillas en el techo, impactara de algún modo sobre algo, haciendo que yo viera la luz. Me sentaba intentando colocar la mecedora en el lugar concreto donde estaba cuando apareció la luz, me puse de las mil posturas sentado, recostado, inclinado a un lado o al otro, y me quedé como estaba al principio. Si hubiera algún objeto que desde dentro de la estantería hubiese reflejado la luz del techo, yo ya me habría dado cuenta de ello, lo hubiera visto en más de una ocasión al entrar en la habitación o al sentarme para escuchar la radio como hacía desde más de un año. Además, y esto era una prueba a favor de lo extraordinario de la luz: cuando esta apareció yo estaba quieto, es decir, no me estaba meciendo y me encontraba sentado de un modo normal, dándome cuenta, este es el detalle crucial, a mi modo de ver, de cómo la luz se iba encendiendo lentamente para después, apagarse del mismo modo, poco a poco.

La presencia fugaz de una luz extraña en la biblioteca, pues me era imposible negar el hecho, me hizo pensar en el cuento de Borges. La similitud en la extrañeza, en el objeto inexplicable y la ubicación del mismo, fueron estímulos para la ideación de un porqué a la aparición de la luz.  Desde que el hecho ocurrió, le di mil vueltas a la historia, pero no pasé de imaginar argumentos puramente metafísicos o fantásticos: que aquella luz provenía de un universo paralelo y que había atravesado la pared con los libros porque era un mensaje que quería decirme algo. La verdad es que estuve días inquieto tanto por la realidad del fenómeno como por lo que este pudiera significar: ser el signo de que algo de carácter trascedente iba a suceder, o bien, pura virguería del espacio-tiempo realizada por nadie, por energías invisibles….

A día de hoy, y como he dicho, casi había olvidado ya el hecho, no he encontrado explicación a aquella luz que vi aquella tarde. Lo último que podría decir en cuanto a semejanza física, es que se parecía a una estrella brillando con toda su fuerza. Una luz que no alumbraba su entorno inmediato, es decir, que no funcionaba como la luz de una linterna. Tan sólo brillaba, sin afectar al espacio circundante.

Es curioso cómo funciona la mente y la racionalidad y cómo reaccionamos al tipo de información que pretendemos dar a conocer llanamente a los demás. En mi interior, tiendo a negar el hecho, a quitarle importancia, incluso a olvidarlo. Pero cada vez que invoco aquella tarde, la estupefacción vuelve a ganar terreno. Aquello sucedió, no padezco alucinaciones. Aquello se produjo. Y esto es lo que me turba.      

viernes, 4 de abril de 2025

LA INABARCABILIDAD DEL TIEMPO Y LA INMEDIATEZ DEL PASADO

 

Desde luego, el mayor viaje que podamos realizar no es a geografías remotas o exóticas sino el que hagamos alrededor del tiempo. Actualmente, un par de anécdotas o referencias breves, me han convencido de la imposibilidad de abarcar cuanto ha ocurrido en el mundo o de conocer con seguridad qué es el tiempo, qué es lo que ocurre en sus términos próximos al presente o lejanos con respecto a nuestra perspectiva.

Un par de ejemplos. Me compro un libro de la editorial Atalanta, espoleado por la época en que la obra fue escrita, el siglo XIX. El autor es un filósofo alemán de los rigurosos y científicos de ese momento, Gustav Theodor Fechner, pero sobre todo, lo que ha determinado mi interés por el texto ha sido la anécdota que encabeza el prólogo: un buen día que el filósofo salió a su jardín, percibió cómo emergía un resplandor de un brote de plantas en un rincón. Aquella imagen fue como una revelación mística, la confirmación insólita de sus ideas sobre la existencia del alma en los vegetales.

Paladeando semejante ocurrencia, tan fascinante avistamiento, me asombré de la cantidad desconocida de   historias que habrán ocurrido en la vida privada de la gente y que nunca conoceremos o que, paulatinamente, irán viendo la luz. Me maravillé por la realidad de esta consideración más que por su idea notable y concluí, por un lado, admitiendo el carácter indeterminadamente desplegable y misterioso del tiempo, y por otro, coincidiendo con la primera observación, la imposibilidad de conocer todo lo ocurrido en el tiempo. Este se me antojaba como una suerte de pergamino en el que estuviesen señalados los puntos en los que aconteció algo al tiempo que tal pergamino no terminara de desenrollarse nunca. Cada página presuntamente expuesta era en realidad insondable.




El otro ejemplo ha sido un programa de televisión que recordaba la historia y figura del boxeador Urtain. De este personaje, sólo recordaba, pero con gran elocuencia, un par de asaltos en blanco y negro por televisión en el que había tumbado a un gigante alemán, ganando el encuentro, y un muñeco con la efigie del boxeador que mi padre compró en no me acuerdo dónde, y que era uno de mis juguetes favoritos. Este par de referencias al famoso deportista eran nada ante el caudal informativo, videos, entrevistas, testimonio de familiares y de otros boxeadores, en que ha consistido el mencionado programa televisivo. Ante el visionamiento del programa, el pasado se actualizaba insólitamente, se convertía en presente, en generosa fuente de imágenes de los años sesenta y setenta y del propio Urtain. El tipo de peinado,  las patillas, los pantalones ajustados y los jerséis con el cuello alto, me llenaban de deliciosa familiaridad al tiempo que el resto del documental me arrasaba de fascinación y cierta estupefacción al comprobar cómo el pasado que creía fenecido, aniquilado, se guarece en algún lugar para aparecer sorpresivamente cuando se lo evoca.

¿Qué quiere decir todo esto, la anécdota secreta de Fechner o la vida de Urtain, lujosamente ilustrada cuando el recuerdo del boxeador estaba para mí sumido en las catacumbas? Que el tiempo no desaparece del todo, que los fenómenos del pasado, a través de mínimos testigos, puede retornar desmesuradamente, confirmando, por otro lado, que sus intervalos se desplazan subterráneamente, portando insólita vida dispuesta a mostrarse.     

lunes, 31 de marzo de 2025

¡FUERA LA FILOLOGÍA!



Este sábado pasado, en el debate del programa La Sexta explica, de la cadena, evidentemente, la Sexta, alguien del público, en pleno fragor del combate dialéctico a propósito de las carreras que aseguraran una profesión económicamente ventajosa, ironizaba diciendo: ¡Anda, estudia filología! Fue escucharlo y sentir como un dardo que se me hincara  por sorpresa en plena carne. Se me antojó el grito de un bárbaro, de un supino ignorante.

Hace ya tiempo que se ha impuesto un criterio totalmente economicista a la hora de juzgar la bonanza media de una sociedad o incluso, de un país. Esto resulta de tal manera que una parte importante, casi diría que capital, de la cultura, viene a verse menospreciada o marginada en un balance del estado general de las cosas, al ser absurdamente entendida como económicamente irrelevante. Podríamos decir que la urgencia en las precisiones y ajustes económicos ha desvirtuado de tal manera la comprensión de la realidad, que acaba por determinar la dimensión de ese interpretar.

Todo este asunto es el que denuncia el poeta y semiólogo Jenaro Talens en su artículo El estatuto del lector, en donde señala la imposición perversa de la noción de utilidad en ámbitos universitarios y del conocimiento.

¿Puede juzgarse útil, por ejemplo, el estudio de una lengua muerta como el latín o cualquier otra disciplina que sólo habite en los estantes polvorientos de la historia? Pero, claro, precisamente no es de este modo insólitamente simplificado y caricaturesco como hay que administrar y articular el saber, pues lo que aparentemente parece no útil en un primer momento de observación, se revela como importante y sustancial al enfocar el problema de otro modo. El latín no es una lengua en activo, aparentemente, pero todas las lenguas romances que se hablan en Europa y América poseen un vínculo con ella que la convierte en referencia de una memoria común, lo que se explica a través de una infinidad de términos y conceptos relacionados con la lengua y con lenguajes técnicos. Y este es sólo un ejemplo entre otros más que apunta a aquello que decía Ortega y Gasset, “la barbarie de la especialización”. Explicita Talens a propósito: Como si la idea de especialización implicase por sí misma, un avance ineludible en el conocimiento.

Lo lamentable es que tal percepción de las cosas haya saltado a los circuitos universitarios, atacando a las Humanidades, el sector del saber más vulnerable a la marcha barbárica y reduccionista de ese pensamiento.

Detalla entonces, clarísimamente, Talens, en el mismo texto: La progresiva desarticulación y atomización de las enseñanzas, sobre todo en el campo de las humanidades (las más fácilmente atacables desde la perspectiva “mercantil” de la utilidad productiva) no han hecho sino preparar el terreno para su actual cuestionamiento, con la excusa  de la escasa incidencia social de sus enseñanzas y el número cada vez menor de alumnos interesados en seguirlas.

Es por este panorama, por el avance increíblemente vulgar e ignorante de tales ideas en el ámbito del conocimiento, por lo que las palabras del invitado anónimo se me antojaron un dardo con óxido incluido. ¿Cómo, ante presupuestos tan escuetos por no decir, escuchimizados, vamos a pervertir el camino del saber, a renunciar o fracturar nuestra memoria, confundiendo las incidencias azarosas del progreso con un objetivo exclusivamente económico? Adiós identidades, adiós cultura y lenguaje ante semejante miopía y miseria.  

  

ECLIPSAMIENTOS ORIOLANOS