miércoles, 16 de enero de 2013

POR EL ESPACIO


 
 
 

Lo teatral de la imagen, es decir, su ostensible falsedad o artificialidad, curiosamente, la hace más extraña, cuasi numinosa. Lo artificial cobra un estatus de irrealidad. Lo que comparten las películas de serie B con películas de terror mudas, es precisamente, esa irrealidad onírica que crean sus escenarios de cartón piedra.

 



Aquí se corta, absurdamente,  la superficie lunar.  

 
 
Teletransportemos nuestros cuerpos con un solo movimiento



Pero... mira, Joe, aquí hay un rastro del monstruo.



 
 
 

miércoles, 9 de enero de 2013




 
CONSTRUIR AL ENEMIGO
                                                                       Umberto Eco

Es un lujo de la modernidad presentar el multifenómeno de la cultura a través de variopintos batiburrillos de temas y motivos tan diversos y heterogéneos como libremente relacionables entre sí. No sabríamos decir si, finalmente, la multiplicidad temática se resuelve en la unidad macrocósmica, unidad que interpretaríamos como signo de pertenencia de lo multiforme a una cultura que se regocija en la multidireccionalidad de sus andaduras y competencias.
Umberto Eco tiene la virtud de ser claro y transparente con asuntos de densidad considerable. Su docta dosificación de los motivos que trata, suele facilitar la lectura y la comprensión de los mismos. Esa familiaridad con lo diverso y lo complejo alimenta su obra literaria y se refleja amenamente en sus ensayos.
El presente volumen reúne una serie de conferencias, formato que no es óbice para que la variedad de lecturas de Eco surta el efecto de presentarnos el tema lo suficientemente ilustrado y aludido.

En la conferencia que abre el libro y le da título, Construir al enemigo, Umberto Eco refiere, a través de citas históricas y literarias, que toda civilización precisa, finalmente, de un enemigo para definir su propia identidad. Más exactamente, el enemigo – el extranjero, el inmigrante, el bárbaro - es el componente que cierra, por contraste, el concepto que la sociedad en cuestión pretende tener de sí misma.

En Lo absoluto y lo relativo, yo destacaría el rebate que hace Eco del famoso ¿apotegma, aforismo, advertencia? de Nietzsche:: "no hay hechos morales sino interpretaciones morales de los hechos." La aceptación lógica de lo que tal pensamiento supone nos llevaría, finalmente al absurdo y a la negación del pensamiento y de la persona del mismísimo Nietzsche. Siempre he pensado que el sacrificio del sacerdote polaco Kolbe, quien se entregó para morir en las cámaras de gas, en lugar de otra persona que se salvó de este modo, supone un hecho moral como una casa.

Eco vuelve a sus lecturas juveniles y sorprende (gratamente) su reivindicación de Hugo. El atractivo de este autor radica precisamente en los defectos que su obra acusa, denostados por la crítica durante décadas y décadas: retoricismo, exceso verbal, ampulosidad. Esto recuerda por qué nos gusta el cine de serie B: precisamente porque es así de malo y previsible. A Eco le gusta el efecto Hugo, inmarcesible e inagotable, quizá porque lo disfrutó en la adolescencia y de ese modo, ya se ha vuelto eterno. Pero el gusto o el interés por Victor Hugo no radica en el mero placer de la repetición de su descubrimiento. Eco, como hábil semiólogo, piensa que el estilo visionario de Hugo estaba diseñado para el probable lector del futuro.

En su conferencia sobre el fuego, dice brillantemente: “El fuego nos recuerda la primera inhibición universal (no hay que tocarlo), convirtiéndose de este modo en epifanía de la ley."

En Astronomías Imaginarias, Eco combate ciertos estereotipos: la Edad Media tuvo una astronomía propia y supo, que la tierra era redonda. Además, fue en la Antigüedad donde se gestó la idea revolucionaria de los mundos infinitos.

Wikilealks ha supuesto la reversibilidad de la monitorización que el poder ha mantenido siempre sobre la ciudadanía. Ahora es a través de los mismos medios con que somos vigilados como el poder puede ser hostigado. Circularidad del control. 

jueves, 3 de enero de 2013

DIARIO FILIFORME







Necesitaba decirlo. Las horas me alejan cada vez más de salpicarme con mis propias precipitaciones aurorales. Sentencio cada minuto con el suspiro que respira mi dispersión. Soy mi cáscara, el envoltorio de un signo sin lector. Las oclusiones exhiben un pentagrama de notas sordas. Implosiono, soy fantasma de mi presencia.  Hoy fue ayer. Conozco el juego de espejos del tiempo. Acaso el otoño consiga adelantar la caída estruendosa de un par de hojas. Me recojo en el instante que me descodifica en series de copos blandos. Me desintegro para convertirme en nube de ocaso, reflejo fugitivo de soles agonizantes, ristra polvorienta en los ojos de Ayax.



Sólo ahora estoy conmigo, para desembarazarme en las volutas posteriores del sueño. Agito palas de caucho para espantar  murciélagos translúcidos, repito el número de las losetas desprendidas con lentitud vertiginosa.



En paramentos de cuarzo, el día vuelve a velar las horas como concisas imantaciones de vacío que desconciertan toda épica tentativa de repetir los primeros besos.



La jornada es una arborescencia de  horas y alfabetos. Sólo la salva la respiración brillante de una estrella convaleciente. Al borde de cada abismo, una quimera piensa el sino de las otras quimeras y de los pasillos bifurcados. En cada gota de agua cabe un castillo levitando boca abajo.



Nada es tan definitivo que no acabe convertido en estremecido banderín de un acontecimiento sumido en otro más complejo.
 
 
 
 
 
 
 

Sidéreas permisiones determinan la pureza de cada triángulo. Si la noche volviera la cabeza, vería todas esas tapias deslizarse hacia un futuro casi cómico. Nada se estanca en una definición antojadiza. Es precisamente ese movimiento súbito lo que desplaza los grandes bloques de mercurio y la presión de los bastidores, tensando el ala defenestrada. Me permito firmar esta disolución de intervenciones. 



La concordancia de masas en evolución discontinua confirma la temblorosa lucidez de un pensamiento surtido de azar y molecularización de la percepción. Cuanto más confuso advierto el devenir del universo, más próximo estoy de definir el chasquido de sus engranajes y la sorpresiva resolución de sus productos.


Tras cada brote erótico, la escritura escupe un poema como consigna expresa de la materialización del Deseo deseante.



En la secular retorta del minuto diario en que los universos arden como uno solo, el porcentaje de transmutaciones imperceptibles que determinan el avanze del día es similar al número de moléculas microscópicas de arena que el caracol marino expulsa en cada aliento burbujeante. Cuantificaciones silenciosas articulan migraciones de savias en dobles hemisferios giratorios. El Sentido guarece mil alusiones compartimentadas en sintaxis radiales.



Horadar la cumbre en horizontal. Los sortilegios son un haz de pétalos desprendidos.



En cada desfibramiento crepuscular, rotan universos infinitésimos. Quien lee hace constar esta fábula de lo real acontecido. Las montañas son mitológicas y la hierba, el coro de las almas elegidas.

martes, 25 de diciembre de 2012

LEDO IVO

 
 
 
 

El tiempo parece una cinta transportadora por la que van apareciendo y desapareciendo personajes continuamente. Este domingo pasado fallecía en la ciudad de Sevilla el poeta Ledo Ivo. Escuché la noticia por la radio y experimenté enseguida la tristeza de no haberlo conocido, finalmente, en persona. Y digo “finalmente” porque nuestro contacto con él y el descubrimiento de su obra, se produjo muy temprano. En la redacción de la revista Empireuma recibimos allá por 1989 un par de libros de poemas del entonces para nosotros, absolutamente ignoto, Ledo Ivo. A estos primeros libros, le siguieron otros, varios de ellos de ensayo. Nos gustó su obra y nos orgullecía el hecho de que desde Brasil diera con nuestra publicación y nos enviara gratuitamente los libros: aquel gesto revelaba la complicidad de la hermandad secreta de los poetas de cualquier nación.
En 1990 editamos una amplia selección bilingüe de sus poemas, precedidos de un prólogo-ensayo. Sin tener idea de portugués ni de los posibles giros locales del portugués utilizado por Ivo, y tan sólo ayudado de un diccionario, yo hice la traducción y redacté la introducción. El resultado fue una sorpresiva y grata respuesta del poeta. Nos escribió diciendo - cito casi literalmente - que hasta el momento nadie había escrito una introducción tan interesante sobre su obra y que la traducción de sus poemas le parecía una de las mejores.
Mi atrevimiento se basó en una táctica. Hasta aquel momento, de Ledo Ivo, en español, sólo existía publicado, que yo sepa, la antología bilingüe La moneda perdida, en la colección Olifante, en versión de Amador Palacios. Lo que hice para estrenarme como traductor fue lo siguiente: escogía un poema al azar, tapaba la traducción y lo traducía yo por mi cuenta. Luego iba comparando el resultado y la cuestión es que prefería mis versiones a la de Palacios. Aquella fue mi primera traducción de un poeta internacional y la última.
Ledo Ivo es un poeta imaginativo. Sus poemas son como pequeñas historietas, precisos y breves. Parecen impresiones fotográficas en las que siempre se respira un ambiente de misterio: los lujuriosos recovecos en que consiste la realidad. Ahora esa leve densidad de su poesía es más que un mero habitáculo de imágenes: es la tonalidad de un mundo y de un adivinar que como signo personal nos cede definitivamente Ledo Ivo. La última noticia que tuve de él fue a través de Blanca Andreu, quien participaba junto con el autor brasileño y otros poetas en las jornadas de Cosmopoética celebradas hace un par de primaveras en Córdoba. Poco amigo de hacer concesiones, vitalista e irónico, ¿de qué otro modo puede un poeta ser fiel a su propia poesía en tiempos de desamparo?         

miércoles, 19 de diciembre de 2012

NOTAS DE CUADERNO


 
 



Noche clara de noviembre. He visto caer un meteorito, considerablemente grande. Me ha alarmado la lentitud con que caía, hasta extinguirse. Esa lentitud convertía al meteorito en algo extraño, en un ser vivo que precipitándose sobre la azotea, tuviera conciencia de su inmediata aniquilación y por ello retrasara su penetración en la atmósfera terrestre.

 
 
Nota políticamente incorrecta. Sintetizando, el principio de la homosexualidad es la atracción de lo mismo hacia lo mismo. Si la naturaleza hubiera dirigido su expansión en ese “movimiento”, la vida sería difícilmente imaginable. Todo lo existente sería absurdamente de un solo género. De hecho, la homosexualidad es una deriva de la heterogeneidad originaria. En este sentido podríamos decir que la unión de lo diverso viene a ser lo óptimamente práctico. Por otro lado, el principio de lo mismo con lo mismo, anula el funcionamiento de la metáfora, de la analogía. La metáfora es la imagen resultante de la relación de dos motivos semejantes, no iguales. Si recito: “Pepita, tus dientes son como perlas”, aplicándole el principio de lo mismo con lo mismo, tendría que decir: “Pepita, tus dientes son como los dientes” (de otra mujer igual de bella que tú).      
 
 

Desde la azotea veo a unos mendigos hurgar en el contenedor de basura. Más tarde, me pongo la radio y escucho una tertulia de periodistas: hablan de los temas de más rabiosa actualidad, pero se hace inevitable cierta sensación de ensimismamiento lingüístico. Veo a mi vecina que se va con sus compañeras de trabajo, limpiadoras del centro de salud, a tomar unas copas. Me dice, bromeando, que como está separada y por el momento no quiere saber nada de hombres, a lo mejor se pasa a la cera de enfrente. Cada uno está en su mundo. Únicamente nos tenemos en cuenta porque no podemos evitar percibirnos, lo que significa ubicar al otro en su correspondiente lugar y mantener con él las convencionales relaciones de cordialidad y sensato distanciamiento. Cada uno se reúne con los que hablan su lenguaje. Las clases sociales implican un tipo de lenguaje, un determinado registro de mundo. Esto es algo que siempre me ha torturado. Como poeta, o eterno aspirante a poeta, como degustador y amante de lo poético, siempre he tenido problemas de este tipo con los que me han rodeado. Cuando, hablando con cualquiera, he señalado o destacado un matiz curioso sobre algo, siempre me he encontrado con los mismos gestos de estupefacción por parte de mi interlocutor provocándome el consecuente desasosiego: ya está, ya he dicho algo que no estaba previsto en la norma, ya he vuelto a ser el raro. Admitir la multiplicidad del vecindario es la norma democrática, pero esa multiplicidad implica un seccionamiento del lenguaje, el que cada uno habla y siente, el correspondiente a las limitaciones del registro vital de cada cual.    

 
 
 
 
 
 
 
 
Hace unos dos o tres años, le cayó el gordo de la lotería a un marroquí que residía en España. Al poco de saberse la noticia, este hombre desapareció. Teniendo en cuenta que el Islam prohíbe el juego, este caballero y su familia estarán condenados toda la vida no por la infracción cometida, sino a la estupefacción que significa el que la gracia les haya venido a través de los conductos de una cultura infiel. El agraciado ¿se estará torturando, intentando resolver este enigma? Todavía no se tienen noticias de él.


Un sueño. Miembros de mi familia están en peligro. Aparece un personaje, que es presentado como un marajá, con turbante y barba, esgrimiendo una espada, dispuesto a hacerle frente a este abstracto enemigo. Pero entonces, se plantea una cuestión ética: este hombre puede hacer daño pero no debe hacerlo. En el sueño, estos dos verbos se señalan especialmente como los ejes clave del debate. Entre “poder” y “deber” se establece una tensión que define qué opción óptima escoger.        

martes, 18 de diciembre de 2012

LA MENTE DIVINA


Y el Espíritu de Dios se movía
sobre la haz del Abismo




Una página de enmarañada caligrafía vegetal.
Maleza de signos: ¿cómo leerla,
cómo abrirse paso entre esta espesura?
Hanuman, el Mono Gramático, sonríe con placer
ante la analogía que se le acaba de ocurrir:
caligrafía y vegetación,
arboleda y escritura,
lectura y caminar.





Heráclito se espetó, de pronto, a sí mismo:
¿cómo puede uno ponerse a salvo de aquello
que jamás desaparece?



el universo:
una sucesión inmóvil de objetos y sucesos pululantes:
un canasto
un pájaro
un laberinto
las ondas del agua
tu boca
la lluvia
allí
aquí
la noche
un susurro
la brizna de hierba
un diapasón
los océanos
el día de ayer
la inconmensurabilidad del instante

ECLIPSAMIENTOS ORIOLANOS