viernes, 6 de noviembre de 2015
miércoles, 4 de noviembre de 2015
LEYENDO “EL IMPERIO DE LOS SIGNOS”, DE BARTHES
Hoy,
quizás más que nunca, la tarea de saber traducir
al otro, es no sólo una obligación antropológica y requisito para el justo
trato social, sino la cláusula básica para el entendimiento global en el marco
de un universo de mixturas culturales y de convivencias raciales. Es más, debiera
ser una tendencia de civilización, precisamente para que las "otras civilizaciones"
puedan ubicarse en un marco general de representaciones que nos las hagan tratables
e inteligibles.
La
operación de entendimiento cultural la llevó a cabo discretamente Barthes en
este libro de un modo directo y ejemplar. Sin efusiones y con gozosa precisión.
Hace
ya tiempo que me resistía a leer este libro. Recuerdo haberlo visto hace siglos
en alguna librería, en una edición de siglo
XXI inencontrable hoy. Creía que sería algo así como la excursión
sofisticada de un lógico por un espacio exótico, y que el texto no podría
evitar los exámenes antropológicos o étnicos consecuentes. Pero precisamente
son estos los motivos que Barthes elude, diluyendo de esta manera la
posibilidad de fomentar o crear, indirectamente, prejuicios o estancarse en los estereotipos.
Barthes
se limita sencillamente a considerar Japón como un espacio concreto de
relaciones muy precisas y sorprendentes, como un sistema de signos perfectamente
delineado. El autor francés se comporta, sí, lógicamente, pero su interés no radica en
clasificar exotismos, sino en examinar las singularidades de ese sistema con
respecto a la mecánica de los nuestros.
El
discurso occidental se caracteriza por una pretensión analítica totalizante. Esto
es lo que Barthes evita en su cuidadosa investigación. Precisamente la peculiaridad
conformativa de la cultura japonesa – desde los insólitos lugares del sujeto y
del verbo en la distribución gramatical, hasta la función del párpado rasgado –
convencen a Barthes de emprender el aproximamiento a un modelo cultural
distinto sin la mera intención de solaparlo con otro. Sin prolijidad y con
transparencia, Barthes nos describe cómo funciona ese delicado y curioso
mecanismo que se llama Japón.
Lo
que le impacta es la multipresencia del signo, es decir, su belleza formal. Al
ser ininteligibles, los ideogramas japoneses se convierten en formas misteriosas,
llenas de belleza y encanto. Casi no podría ser de otro modo: al no entender íntegramente
el alfabeto de una lengua, las grafías que lo constituyen se convierten para mí
en trazos puros, en pinceladas sugerentes que, gozosamente, eludo traducir. Lo único
que veo son dibujos que danzan, formas dinámicas de una música extraña.
Lo
que sorprende a Barthes es constatar cómo un grupo de individuos pueden
edificar una cultura y una sociedad sobre la simple firmeza de unos códigos cuyo funcionamiento no activan
esencialidades metafísicas sino distribuciones de un orden formal.
Supongo
que aquí el debate está en que lo que para nosotros es forma para el oriental
es su razón; y a la inversa, lo que para nosotros razón, para ellos impacto
formal (recordemos la bizarra visceralidad que supone para los japoneses el
flamenco o el visionamiento de una corrida o una procesión de Semana Santa).
Leyendo
las observaciones de Barthes, uno recuerda las experiencias de los escritores
en sus viajes por oriente. De lo que primero se libera uno cuando viaja es de
la pesantez de los códigos propios. Un país, una cultura nueva significa fluir
por un espacio repleto de signos y formas que disfrutamos. No nos presiona
ningún código: nos relaja el despliegue de coordenadas nuevas.
Un
Octavio Paz se deja arrastrar por la profusión caótica de la India porque se
convierte en el espacio ideal para realizar poéticamente aquella consigna de
Rimbaud “el desarreglo de todos los sentidos”. El caos indio es propicio para
la espectacularidad surrealista, y en ese estado de gracia lúcida, el autor mexicano escribe El mono gramático. Barthes, más
tranquilo, más apolíneo, en principio, que dionisíaco, se siente a gusto con el
delicado y preciso marco que la sociedad y la cultura japonesa suponen. En vez
de la profusión barroca, lo japonés suscita la pureza de la línea, un mundo
escueto y pulcro, exento de borrones y enloquecimientos. Es en esta tranquila
delineación espacial donde Barthes ve una ejemplar operación de limpieza de
sentido, de lúcido relax mental. A Barthes le basta, hablando según la retórica
semiótica, con la autonomía del significante: es el significado con sus jerarquías
de sentido lo que le pesa. En Japón
descubre un hábitat en el que ubicar su sueño de un lugar en el que impere la
forma pura, sin asedios metafísicos.
Para
Barthes este sería el modelo cultural, el edén en que vivir: un mundo rodeado
de belleza que no me obligara a descifrarla. miércoles, 28 de octubre de 2015
ESCUCHANDO LOS ESTUDIOS PARA PIANO MECÁNICO DE CONLON NANCARROW
Festejo
del intelecto. Maravilla de que el pensamiento humano produzca tales obras, tal
cantidad prodigiosa de notas arremolinándose, sucediéndose, desparramándose,
astillándose y multiplicándose por el espacio. Qué labor faraónica la de
transcribir los ejércitos de notas a un rollo perforado después de haber
compuesto cada una de las piezas.
Lo
característicamente sorpresivo de la escritura musical es que cada nota haya
sido pensada. Aplicado aquí es como si se le hubiera puesto un nombre diferente
a cada grano de arena del universo. El meticuloso registro de cada nota ¿se ha
producido de golpe, o paso a paso? De qué forma surge una maravilla musical como
los estudios de Nancarrow, qué eléctrica sensibilidad los ha generado, qué
sobreimaginación los ha propiciado? ¿Quería Nancarrow emular a la máquina,
superarla gracias a la utilización de otra máquina, demostrar que las
posibilidades imaginativas del cerebro van más allá de lo que dos y cuatro
manos pueden interpretar en un teclado?
Partió
de varios modelos: el jazz, el barroco, el vanguardismo, incluso el flamenco
son sumas de velocidades, de intensidades, metas estéticas, estilos de los que tomó lo
que necesitaba para trascenderlos en una labor alquímica que sólo el vértigo de
la máquina podía reproducir.
A
veces, cuando la imaginación creadora, cuando el intelecto se propone lo
imposible, lo consigue y es ahí donde el ser humano se erige soberano, legítimo
fundador de un mundo. La extraordinaria obra de Nancarrow festeja eso mismo: la
conquista del infinito, la convergencia jubilosa de juego y creación en una
explosión de fugas y cromatismos.
viernes, 23 de octubre de 2015
Paul Celan. AFORISMOS Y TEXTOS EN PROSA. MICROLITOS
Hace
algunas décadas, creía que una poesía que no renunciase a la secreta
aristocracia del decir hermetizante y que desde tal registro se atreviera a
nombrar el temblor de lo real, tendría que apoyarse en una poética semejante a
la que un Paul Celan había alumbrado - sin olvidar el apretado y esplendente
repertorio que tenía a René Char como padre -. Para confesarse ingenuamente
seguidor de la poesía de Celan bastaría con ceñirse a un limitado registro simbólico
y creer que esa mística práctica acendraría el producto lírico,
desdeñando actualizaciones poéticas menos uniformes.
Evidentemente,
es la historia, sucediéndose, la que
distribuye tonos y destinos, y los seguidores de una poética no ensayan sino variaciones
de la palabra primera que fundó tal poética. Lo irreductible en un poeta es lo
que le hace ser él mismo. En casos extraordinarios, tal propiedad se encarna en
un fulgor doloroso …..
Una
de las cosas que definían la “pureza” de Celan, era su distanciamiento de la
prosa. Imaginábamos al poeta arrebatado por un decir, único en la poesía
europea de las últimas décadas. Celan es sus poemas. Por ello, hasta hace bien
poco, creíamos que, salvo escasas colaboraciones en prensa, sobre todo entrevistas,
únicamente era autor de un breve texto
explicatorio de su poética. Este volumen de la editorial Trota, felizmente, nos
muestra a un Celan menos púdico y más productivo, al Celan teórico y
aforístico.
En
sus notas, Celan se muestra tan esencial como en sus poemas. No hay
especulación prescindible, la más escueta anotación posee importancia alusiva.
Podríamos decir que estos textos son su poética, confirmando esa
correspondencia con sus poemas, y teniéndose en cuenta que más que deseos de
formular una poética integralmente, Celan expone, ocasionalmente, algunos de
sus aspectos centrales. El tono tenso y oracular no son preferencias sino consecuencia de una asunción compleja.
Para Celan la cuestión de la oscuridad en poesía no se reduce a determinaciones
estilísticas, se trata de algo natural, originario, inevitable. El poema viene
preñado ya de una oscuridad que le es innata “ como resultado de una
individuación radical”. Frente a nosotros y frente al mundo, el poema es
universo en formación, mensaje ultimado, fragmento de lenguaje que va a
decirnos qué se emprende en él.
Celan
se rebela contra las reducciones comunes – ideológicas, literarias – que pretenden
comprender la naturaleza del poema. El poema ni es un sistema de signos, ni un
texto computable, ni un conjunto de imágenes. El poema trasciende toda
componenda teórica para introducir “lo otro”.
El
poema es “la voz del hombre, recuperada”. En esa acción del verbo- recuperada – reside la aspiración
profunda, toda la originariedad de la poesía de Celan. El poeta es quien dice
las cosas por primera vez y en esa primera vez están incluidas todas las
aventuras de la palabra.
Leer
desde este lado a Celan no nos devuelve
sino al punto central en donde recibir el enunciado poético en su mayor altura –
la suya, la que le corresponde – para darnos cuenta, de nuevo, con qué
extraordinaria intensidad y belleza despliega la poesía los lindes de sus
territorios y cuánto exige sobre los que decide descender.
Difícilmente
podrá haber una edición tan exhaustiva como la presente sobre la obra en prosa
del poeta Celan, ya que aquí se encuentra la totalidad de lo que
anotó, reseñó, ensayó o escribió en ese formato. El trabajo de los editores, comentadores
y traductor, es considerable. La única pega es que, precisamente,
ese rigor haga que la cantidad de notas aclaratorias interrumpa un tanto la
lectura.
jueves, 22 de octubre de 2015
MINI ÁLBUM FAMILIAR DE FOTOS SIN IDENTIFICAR
![]() |
| l LA BELLA DESCONOCIDA |
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Contraste: el restaurante es lo quieto; las vías, lo que se va. |
![]() |
No mirar nada en particular. |
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El poeta trabaja. |
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Invocación del aura. |
lunes, 19 de octubre de 2015
OBSERVATORIO. Cinco puntos.
A
los del pensamiento animalista se les nota lo animales que son cuando,
transidos de dolor y espanto ante un lomo con banderillas, se muestran
indiferentes ante la posibilidad de que el torero muera en la plaza.
La
muerte es demasiado terrible para ser pensada. Pero ello mismo, el que la
muerte sea impensable, nos libra de la tortura interminable de asumirla
exhaustivamente, aunque no atenúe en nada, evidentemente, el dolor de la pérdida .
Para
constatar la decadencia europea sólo hay que echar un vistazo a esa cosa cursi
y pegajosa, homogénea y repetitiva, que
ya no ofrece acontecimiento estético, como sí ocurría en el pasado, que es el
festival de eurovisión. Con la cantidad de folklore diverso, de fascinantes
músicas que se dan en países como Armenia, Irlanda, Bulgaria, Hungría o
Rumanía, por ejemplo, y asistimos a un
desfile de acarameladas baladas pop de corte británico, que parecen hechas por
una misma máquina de elaborar canciones. Con Eurovisión, Europa traiciona absurdamente
su propia riqueza musical. Dicho lo dicho, resulta significativo que se haya
convertido en un festival de seguimiento gay.
Pensar es sentir, decían audazmente los sensualistas franceses del
XVIII. Curiosamente, lo opuesto, sentir
es pensar, no parece tan claro ni tan incisivo, aunque el sentir lleve
incorporadas imágenes y representaciones diversas del mundo y de las cosas.
La
veracidad de los conceptos no exime de una bulimia de las palabras.
lunes, 12 de octubre de 2015
EL SUEÑO LÓGICO
En un estado de semivigilia, tras la toma de un relajante, me asalta la
ebriedad y me pongo a escribir. Al día siguiente, de lo que me acuerdo es de las
sensaciones que tuve al escribir, más que de lo escrito. Como suele ocurrir con
los sueños, es más intenso y valioso el recuerdo del estado de ebriedad que lo
producido por tal estado. De todos modos, para no perder lo escrito, lo transcribo
aquí. Algunas líneas me han resultado ininteligibles - no he entendido mi letra - y en otros puntos he
podado las deshilachadas frases finales de alguno de los párrafos.
Con respecto a la lógica que
relaciona hechos, qué clara es la noche.
Lo admirable es que los hechos
constituyan una lógica.
Durante la noche, el día es el
conjunto de acontecimientos, el acontecimiento, por antonomasia. La vida aconteció. Y percibimos el hecho normativo:
la sucesión de hechos, vislumbrando su significado final. Percibes el sentido
de la lógica de los hechos. También es verdad que porque han sucedido, tienen
sentido. La interrelación de los sucesos no es absolutamente manifiesta, hay
que saber buscarla, definirla. El que a los veinte años uno no ejecutara determinada
cosa esencial para la vida, a los 50 surge sobre la superficie esa ausencia con
una transparencia meridiana. En el centro de la noche de mi visión, se ubica la
operación de esa frustración.
Lo que ocurre me dona un
significado, me presta una relación. El suelo del acontecer está sembrado de
significados. No es que mi vida dependa de ellos, pero podría saber porqué
estoy donde estoy si revisara sus certidumbres.
Si leo el mundo, es porque,
finalmente, concibo lo que me ocurre como una metáfora. Todo es término de otra
cosa – ése es el enunciado formal semiótico-. No sé lo que todo ello me
deparará, pero ocurre y si describo una senda en la vida es porque he logrado
trenzar alguno de tales significados.
Todo tiene un significado, un
destino en el significado, lo aceptemos o no. El significado se dispersará en
la bruma del tiempo, pero yo logré percibirlo y escribirlo.
El sentido existe en tanto que
gracias a mi observación lo percibo y lo doy a la luz. Pero no podría no darlo
a la luz. Mi descripción articula las partes incandescentes del sentido.
Qué tiempo hace el mundo, qué
mundo se da en el mundo.
Puedo olvidarme de ello, de
desenhebrar la estrella semántica, pero en el decirnos algo me describo y
defino, ineludiblemente.
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