martes, 16 de marzo de 2021

DESDE EL TALLER DE GEMAS DE PAUL VALÉRY


 

Confieso que todo lo que había leído hasta ahora de Paul Valéry estaba motivado por la idea de confirmar el estereotipo que me hice del autor francés a través de críticas y semblanzas notoriamente elogiosas. Como es sabido, Borges adivinó el espíritu inquieto y delicado de Valéry.  En Valéry como símbolo, uno de los artículos incluidos en Otras Inquisiciones, Borges refleja estos aspectos y define  a Valéry como un espíritu selecto que disfruta discretamente de las suntuosas complejidades del pensamiento. También es verdad que el mismo Borges, en esta ocasión, oralmente, se desdijo un poco de tales consideraciones, cambio relativo de opinión que vino a coincidir con el displicente  juicio que sobre el escritor galo, despachó sin contemplaciones, Ortega y Gasset.

Antes de encontrarme con este volumen, Proust y otros estudios literarios, que reseño brevemente, publicado por Antonio Machado en su colección La balsa de la Medusa, mis lecturas de Valéry habían sido Monsieur Teste, poemas varios, “Estudios filosóficos”, los “Cuadernos completos” de sus aforismos, escritos entre 1894 y 1945, publicados hace algunos años por Galaxia Gutenberg y un libro más, Alfabeto.

En ninguno de estos textos  terminé de satisfacer los grados de genialidad con los que mis expectativas  habían entronizado la figura intelectual de Valéry, teniendo en cuenta todo lo que sobre el autor francés, habían dicho y escrito tantos críticos y escritores. Monsieur Teste me decepcionó. En los minuciosos Cuadernos encontré notables intuiciones y rastreos interesantes para desarrollar, pero la escritura me pareció seca, impersonal, que no celebraba lo que se supone que estaba descubriendo y definiendo. Le faltaba, a mi modo de ver, cierta dimensión literaria. Su poesía me gustó pero sin provocarme gran entusiasmo. ¿Qué le faltaba al Valéry con el que me estaba encontrando: espectacularidad, atrevimiento, huida de formalismos?

Señalo todas estas cosas porque lo que le faltaba al Valéry de mis lecturas pasadas es lo que encuentro, por fin, y brillantemente, en el Valéry que ostentan estas abundantes páginas, más de trescientas, sobre sus temas de siempre: poesía y poetas, filósofos y asuntos filosófico-literarios.

Quizá porque se encontraba en los años de su más espléndida madurez, porque eran textos que se iban a leer con interés al ser publicados inmediatamente tras ser escritos, porque la musa le visitaba con fructífera obstinación, o, ni más ni menos, porque yo había inflado hiperbólicamente la altura de su obra hasta provocarme la autoconfusión con respecto a otros escritos, estos artículos ensayísticos despliegan con exquisita precisión y sutil argumento, análisis y figuras sobre obras literarias, filosóficas y autores, franceses y no franceses, sin abandonar ninguna de las cuestiones que trata en la ambigüedad ni ahogarlos en la espuma puramente especulativa. Valéry se muestra justo en sus apreciaciones, es decir, ni es exhaustivo en su estudio ni se estanca en las apologías del objeto tratado – salvo, quizá, en el caso de evocar a Mallarmé – lo que hace de estas páginas, junto al notable seguimiento analítico del motivo elegido, un conjunto brillante de textos, destinados a provocar un gran placer intelectual acompañado de una  bella y proporcional expresión.

Es notable en Valéry, en estos trabajos, la intensidad digresiva y la conciencia de texto a la hora de tratar autores y pensamiento. Resulta curioso cómo critica la posición retórica de una figura como la de Pascal, relativizando la expresión angustiosa de su pensamiento filosófico, a la que viene a tildar de tendenciosa. 

Hay algo atípico en Valéry, con respecto a la mayoría de autores de su entorno y época y que Borges apreció con justeza: su respetuosidad con todo evento o persona y su falta de engreimiento, ese  gesto de humildad que se detecta en él,  enmarcado por el rigor intelectual como un mandala protector. Valery despliega con harmónica efectividad su visor reflexivo, admitiendo su admiración ante las propiedades de lo que examina así como su franca sorpresa ante lo que ignora. Este último detalle significa que puede haber literaturas, escritores, universos que desconocemos por la razón de que nos hemos limitado a unas prioridades estilísticas, sin fijarnos en otros mundos o posibilidades expresivas, existentes en el infinito mundo de los libros.

Destaco que numerosos pasajes de estos textos son susceptibles de convertirse en brillantes y reveladores aforismos.

Una imagen con encanto. Recuerda Valéry que por las paredes de papel pintado de la habitación-estudio de Mallarmé circulaban las manchas luminosas de luz reflejada en las aguas del Sena tras atravesar las copas de los árboles plantados frente a la ventana. Doble reflejo, doble transformación de la mayor noción – la luz – y que “animaría” – (ánima) –    del modo más natural la habitación en la que se gestaba una de las más singulares fabulas verbales.    

jueves, 11 de marzo de 2021

EXEQUIAS DEL SÁBADO. LA LLUVIA, MENSAJERA DE LA MEMORIA.



Este sábado pasado, recibí la noticia de la muerte de un primo mío. Era una persona joven, más joven que yo. Como sabía que estaba muy mal y que la familia esperaba el peor desenlace, la noticia me pilló con el alma en alerta. Luego, a la noche, hojeaba distintos libros, con el pensamiento puesto en lo que había ocurrido y se puso a llover. Entonces me acordé del poema de Borges titulado, La lluvia, cuya lectura siempre me ha estremecido por el fogonazo de esperanza que alientan algunos de sus versos. Un poema como este te obliga a ser algo más que hermeneuta, algo más que crítico. Transcribo el texto. 

La lluvia


Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

**

 

Lo que primero destaca Borges es la sorpresa, la aparición súbita de la lluvia, que tiene, de inmediato y de un modo suave, no violento, un efecto en la percepción del tiempo, de la tarde:

Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.

Enseguida, el poeta destaca, subraya, el sentido de la especial aparición de la lluvia. La lluvia comienza a caer, sí, pero su aparición, su surgir de la nada, ubicándose ante nosotros, de pronto, tiene algo de sorpresivo, casi de mágico, pues su naturaleza no pertenece del todo al presente estricto en que nosotros vivimos. Cae o cayó, dice Borges acerca de cuándo, en efecto, ocurre la lluvia, pues su origen es indeterminado, extraño. La lluvia viene de otro mundo, de otro tiempo. Por ello el poeta especifica: 

La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

 

En el segundo cuarteto, Borges aclara qué efecto tiene la lluvia en nuestras mentes, en quienes la oyen caer, situación que hay que interpretar metafóricamente. La lluvia, al venir de un tiempo más o menos remoto, o de un no tiempo, nos trae a la memoria la fundación del sentido de las cosas. 

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

 

La lluvia, pues, renueva orígenes y dones, es decir, nos pone en súbito e ingrávido contacto con el recuerdo de todo ello. La lluvia nos retrotrae a un tiempo primero, al acontecer originario de las cosas. Este efecto renovador, con un toque más sensorial, lo sigue explicitando en el terceto que sigue. 

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe.

 

Un patio que ya no existe, es decir, el efecto renovador y benéfico de la lluvia traspasa  el mundo material,  reanudando el tiempo en que las cosas se dieron y estaban como al principio. Lo que se produce a través de la lluvia, a través del recuerdo que la lluvia vivifica o representa, es una suerte de sorpresivo rescate del tiempo en sus confinaciones más remotas y laberínticas- ese patio que ya no existe es tocado por el agua de lluvia -.

Me doy cuenta de que hay que aclarar esto: la lluvia no hace recordar: trae, materialmente, el tiempo ido al ahora de la percepción, como si fuera una puerta que se abre y entrase la corriente del aire, de otro aire.   

Los versos siguientes con los que finaliza el poema, son los más emotivos y los más contundentemente definidores de lo que la lluvia significa simbólicamente. En consecuencia con la retahíla de cosas, sensaciones y percepciones que se desgranan en la evocación que la lluvia activa, el poeta, llega al recuerdo más estremecedor para él y que se filtra como una revelación tan sorpresiva como esplendorosa para el lector encantado.  

La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

 

Borges no habla de resurrección física, sino de algo más etéreo pero de semejante emoción: la persistencia de los parientes muertos en la memoria. Ahora bien, tampoco estos últimos versos son una mera sacralización de la memoria. El modo en que Borges alude a la presencia de su padre que retorna ofrece cierta ambigüedad fascinadora y que abre el siguiente interrogante: El padre no ha muerto ¿porque todavía no lo ha hecho, es decir, porque la voz evocada del padre es la que el joven Borges recordaba en su juventud y es en el estricto pasado donde hay que ubicarla; o bien lo que el poeta sugiere es que la voz del padre, - tengamos en cuenta que lo más impactante, lo más vinculado al ahora es el sonido,  - atraviesa el tiempo, retorna del pasado y suena en la memoria de Borges porque vive y se halla en la eternidad?

Siendo meticulosamente borgianos, las implicaciones de la primera parte de este interrogante no son menos complejas que las de la segunda, más sobrenatural, pues el hecho de que la voz del padre permanezca en el tiempo nos acercaría a los modelos de tiempo cíclicos, al eterno retorno, en cierto sentido. En tanto que lloviera y el poeta Borges pudiera estar venturosamente atento, podría escuchar a su padre que vendría a estar comprendido en giratorios compartimentos estancos del espacio tiempo dispuestos a abrirse según el grado de  sensibilidad del percibiente. El vívido recuerdo de la voz paterna traído al presente de la atención por el efecto mágico de la lluvia, vendría a ratificar, más o menos, que su querido padre vive, más allá o más acá, del tiempo sucesivo que pasó desde aquel entonces en que podía escucharlo estando junto a él.

Estas reflexiones se sucedían en mí, con el trasfondo de la muerte de Carlos, mi primo. Aunque no tenían por qué disipar del todo mi malestar y perplejidad, me lanzaban el testigo de las bellas palabras de Borges. La certeza, de un final definitivo tras la muerte, no era tan fatal ni tan decisiva, entonces. Una duda temblorosa se esparcía en mi interior: una duda que producía esquirlas de luz.


 

viernes, 5 de marzo de 2021

VISITA HETERODOXA AL MUSEO DE ARTE SACRO: PALACIO DEL OBISPO DE ORIHUELA



Burdamente la visita a un museo es visionar, más o menos peripatéticamente, una serie de imágenes. Tal visionamiento implica en el visitante, un reconocimiento histórico de gestos y semblantes, de ropajes y situaciones espaciales que se realiza instantáneamente por el grado mayor o menor de cultura que se disfrute.

Si la visita es relajada, lo peripatético fructificará y el disfrute de las imágenes redundará en una percepción de detalles relacionables. Si cierta premura nos hace saltar sobre los datos identificativos de los distintos objetos expuestos, el paseo por el museo podrá acabar en una embriaguez de formas, eso sí,  nimbadas por el tiempo.

Una suerte de mezcla de ambos tipos de visita define la que hice el día…, cuando el palacio obispal estuvo abierto desde las diez hasta las ocho de la tarde, en una jornada de puertas abiertas.

Pocos universos más reglados, más sometidos al cauce directivo y representativo de un canon que el mundo de las formas sacras. Ahora bien, pocos universos tan misteriosos a la hora de discernir el origen de tales cánones, de descifrar la razón de sus gestualidades. Todo arte se somete a la forma: discutir o analizar esto produciría un anillo de Moebius interminable, pues, valga la inerte evidencia: el arte es forma. Pero, en cuanto a un  visionamiento y disfrute particularizado, pocos repertorios tan magníficos como los géneros sacros, en los que el sometimiento a unos modos, produce en el seno de tales convenciones, revelaciones tan esplendorosas, explosiones tan localizadas e intensas.

El rosario de las formas del éxtasis que los cánones barrocos o medievales generan en las obras de arte sacro, supone una aventura más allá de las fluctuaciones de la forma: los momentos indescriptibles en que los rostros y los cuerpos trascienden la inercia material y nos conceden en el seno de ese ámbito, de la experiencia estética, un instante de contacto con lo divino.

Después de haber visto cantidades de pinturas barrocas, de esculturas y lienzos, sin voluntad de esbozar reseña artística alguna, la impresión que me dejan en el ánimo y la sensibilidad, es la de haber asistido a un despliegue misterioso de rostros difícilmente descifrables, rostros y cuerpos que se elevaban desde sí mismos sin destruir su soporte material sino metamorfoseándolo en un evento que no se somete a la descripción, aunque la modernidad haya multiplicado los puntos de vista de sus análisis  multiplicado terminologías y conjuntos clasificados.

Resulta curioso que habiendo aceptado la localización histórico-formal que implica la nominación arte sacro, uno pueda subvertirla, súbitamente, liberarse del estatismo objetivante de tales etiquetas, una tarde de visita informal al museo, al descubrir el dinamismo estético y humano, el tesoro civilizatorio que se alberga bajo tales fórmulas.

Para disfrutar de verdad del contenido de una exposición de arte sacro, para convertir su visita en una pequeña aventura de descubrimientos modestos, hay que trascender las servidumbres imaginativas que, a través de la costumbre, se imprimen en tal concepto: arte sacro. Dentro de ese enunciado, se despliega el universo adjetivo que espera de su liberación en la contemplación aislada e inteligentemente piadosa.


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Los retablos son una suerte de protocómics. Esa facetación del espacio, esa sucesión de la imagen en recuadros, introduce en el campo de la representación cierto perspectivismo, la noción articulada del espacio y el tiempo. Es decir, las imágenes nos narran algo.

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Esta imagen dorada de una virgen, es tan barroca que me hace pensar en alguna divinidad asiática o hindú. Los rayos del sol que la protegen, tienden a la formación  de un mandala de fuego.

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Una virgen se permite el lujo extraño de liberarse de sus manos. Cómo se percibe el trabajo artesanal en estas proporciones pequeñas.



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 Las facciones de las vírgenes y santos del período medieval se diferencian del aspecto que estos mismos personajes ofrecen a partir del Siglo XVI, especialmente. Si los rostros de pinturas y esculturas medievales parecen nórdicos y aniñados, con un aire de miniatura trasladada a otro soporte, las facciones barrocas, en un grado importante,  son más reconocibles, más típicas de la Europa meridional. Esto se explica porque los modelos elegidos para las recreaciones de los rostros no provenían de otros grabados de épocas anteriores sino de personas reales del entorno del artista en cuestión.



El aire sonriente de esta virgen del siglo XIV es la materialización en tres dimensiones de las figuras sacras que encontramos representadas en las miniaturas. Un halo de delicada pureza, algo remota, la envuelve. Es más distante que las vírgenes barrocas por su ausencia de dato psicológico, por su “arcaísmo matizado”, pero ese semblante confirma que su alegría es soberana e inarrebatable. 


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Talla en madera muy erosionada de una virgen y el niño del siglo XIII. El paso del tiempo ha obrado una minuciosa huella en la madera carcomida, prestándole este aire fantasmagórico y expresionista. La proporción de la cabeza de la virgen también añade extrañeza al conjunto.     

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Libros de cantos y leyes escritos en latín, en hebreo, en las lenguas reveladoras de la antigüedad.


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Encantador belén napolitano del siglo XVIII. Minuciosidad en la caracterización de los personajes: rostros, trajes, etnicidades y profesiones.


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Extraordinaria maqueta del colegio de Santo Domingo. Por estos pasillos, por estos claustros discurriría una ficción sobre el espacio, cómo este modifica nuestro sentir, cómo la habitabilidad de un lugar depende de las prestaciones de la noción básica de espacio. 

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Uno de los rostros posibles de la Virgen. La sencillez, la no espectacularidad de estas facciones guardan, sin embargo cierta reserva final. Se expone y se retrae al mismo tiempo. Los barrocos se atrevieron a imaginar la timidez de la divinidad. 

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El aire de familia entre lo gótico y lo barroco.

martes, 2 de marzo de 2021

NUEVOS AFORISMOS DE MACROBIO



Cuando descubrimos el rostro del asesino o del terrorista, nos decimos, decepcionados: ¿este es el monstruo, con esa cara? Claro, la monstruosidad se esconde en otro sitio no físico: el fondo escabroso del alma.

 

 

 

La voluptuosa espiral de los pétalos de la rosa.

 

 

La geometría facetaría el vacío hasta el infinito.

 

 

 

No es que las hormonas se  agiten por sí, indicando que estás enamorado sino que te enamoras y es entonces cuando las hormonas se vuelven locas.

 

 

Frente a la naturaleza y la historia, el hombre es el posibilitador dialéctico de la creación. Con respecto a esta misión, está solo.

 

 

Entre otras cosa, el poeta debe ser un buen productor de imágenes.

 

 

Leer formativamente es ir asumiendo la escritura de los otros convirtiéndola en estrategia descriptiva propia.

 

 

Solo merece esfuerzo describir los abismos propios: es un terreno que conocemos bien. Los momentos de felicidad apenas se describen: se viven.

 

 

La música diluye la esclavitud de la monotonía existencial, destruye las servidumbres que hieren nuestra soberanía.

 

 

Recuerdo haber vivido algo, pero no haber durado.

 

 

Para ir evolucionando victoriosamente hay que ir contando con los otros, dosificadamente.

 

 

Dios no existe si no lo propiciamos en nuestras vidas.

 

 

La libertad es la condición para alcanzar la verdad y ser felices. Por ello, no podemos hacer trampa, magia, invocando forzosamente, la intervención divina.

 

 

La música nos transforma instantáneamente sin aportar definiciones. La palabra asegura nuestro conocer, señalándolas.

 

 

La palabra, en tranquila retaguardia, asegurando nuestra huida a la libertad que lidera la música.

 

 

No parece que haya ninguna divinidad ocupándose de nosotros. Ahora bien, de vez en cuando, lo numinoso se manifiesta, aunque no sepamos qué es lo quiere de nosotros.

 

 

La divinidad nos ha arrojado al azar para que nos hagamos dignos de la recompensa de la civilización y la felicidad, doblegándolo.

 

 

Dios está fascinado con nuestros hallazgos en arte y ciencia, aunque, a veces, esté a punto de perder la paciencia ante la repetición de las estupideces.

 

 

Maritain lo dijo de un modo más brusco. Somos medios de la divinidad.

PARA QUÉ POETAS EN TIEMPOS DE PENURIA



Me compro un libro de Ezra Pound, una antología editada hace años por Visor. Conozco la obra de este autor, pero quiero hacer una lectura más exhaustiva. Leo el libro sábado por la noche. Teniendo como horizonte  de fondo la pandemia,  un paisaje de comercios cerrados y un ambiente bastante poco festivo, empiezo a leer:

playas de arena de malaquita,

prados con galgos corriendo alrededor de una diosa,

abismos de ámbar,

troncos de árbol como columnas de mármol en el agua,

mundos rociados por una luz que no es de este sol…

Ante este despliegue fantástico de riqueza, de paisajes y universos mágicos, me sorprende el enorme contraste de los mundos ideales y la realidad de nuestros días, el contraste entre riqueza y pobreza, entre desesperanza y exaltación, entre el sueño y lo que obstinadamente, la pobre cotidianidad ofrece. Ante todo esto, percibo lo siguiente: a pesar de las circunstancias, sean cuales sean, el poeta es el que vigila la gran riqueza simbólica que nos hace destinatarios de la salvación, es el cuidador de nuestra herencia y del lenguaje, el guardador, como diría Lezama Lima, del poder imaginativo de la palabra. ¿Pero, hasta dónde es legítimo que en época de sufrimiento y enfermedades, el poeta siga evocando suntuosidades insólitas, cómo debe comportarse el poeta en tiempos de muertes continuas como este?  Me viene a la cabeza aquél interrogante que Hörderlin se lanzaba a sí mismo: ¿para qué poetas en tiempos de penuria?, y al que Heidegger, mucho tiempo después, contestaba: el poeta es la voz del pueblo y de los dioses, el que labra y consigue tales vehiculaciones únicas. . Aunque la poesía no nos haga ricos, aunque la poesía no nos cure, indirectamente sí lo hace al rescatar y preservar una función que luego agradeceremos por siempre.


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Qué poder revelador tienen las palabras. Una prima mía me cuenta cómo le ha impresionado una mala noticia que ha recibido. Me dice que la desesperanza que le ha provocado la noticia, le ha llevado a un estado de angustia: sus referentes religiosos se han cubierto de sombras al no contemplar solución a lo que se ha enterado. Yo, al escucharla por teléfono, y oír el término angustia, siento un estremecimiento: acaba de definir, sin saberlo, mi estado más íntimo en estos días. Andaba pensando en las causas de mi malestar, en las probables soluciones a mi situación, y ha sido al escuchar la palabra  “angustia”, en la que no había reparado, cuando descubro el porqué de mi desolación secreta, cuando hallo una definición al cómo, de verdad, estoy.

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Noche de sábado. Noche de pandemia. Poc gente por la calle pero que hace el efecto de mucha al animar el ambiente. Transito por los andenes. Los pocos que somos hacen que parezca que casi nos reconozcamos como los miembros de una pandilla, la pandilla que se atreve a salir a pasear la noche del sábado, antes del toque de queda. La temperatura no es hostil. En las calles que se extienden paralelas al andén que parte de la estación, sobre el perfil en sombra de los edificios, descubro una luna urbana extraordinariamente grande y redonda. Parece colocada en las azoteas, como si fuera un globo luminoso. La voy siguiendo conforme ando y franqueo bloques de pisos. Lamento no llevar conmigo la cámara. Me siento como los viejos poetas bohemios, emborrachados de poesía, noches de luna y huérfano de destino. También los vampiros y los criminales, marchan tras el hipnótico satélite en sus escabrosas aventuras. Doy vueltas por una Orihuela  silenciosa y señorial, en una sedosa noche de luna llena. Al llegar a casa, leo poemas de Baudelaire.

El poema El vino de los amantes, me atraviesa, me llena de luz y de felicidad, de promesas de éxtasis futuros. Quizá sólo así, con el poder de estas fantasías, sea posible, para algunos ingenuos, seguir adelante. Pero, ¿quién interpreta la poesía como lugar inteligible de la esperanza, como residencia perdida de la soberanía?    


UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....