Se trata de algo muy personal y relativo a
gustos estéticos, pero he de confesar
que últimamente experimento un auténtico hartazgo del patrón cultural
norteamericano, y sobre todo, claro
está, a través de la mayor herramienta de propaganda de este país: su cine. Aunque
se trate de un cine magistralmente realizado desde el punto de vista formal, surtido de una efectividad anímica notable,
y haya alcanzado una altura gracias a la
cual ha sido clasificado desde el punto de vista de la semiótica como Modo de Representación Institucional,
nada menos, no dejamos de notar que, pese a todo, el cine norteamericano sigue
cometiendo los mismos pecados de ignorancia y desprecio con respecto a determinadas
culturas que hace décadas y mantiene unos cuantos estereotipos que quizás los
europeos hayamos superado.
Siempre me ha asaltado
esta duda: ¿Por qué los norteamericanos son tan obstinadamente ignorantes del
mundo sudamericano, interesándoles únicamente explotar el mito del
narcotraficante, e igualmente extraños a
la historia de la misma España, teniendo en cuenta la vinculación de nuestro
país con el orbe americano? ¿Qué hubiera sido del western sin los caballos, traídos por los españoles al Nuevo
Continente? Incluso el tipo del vaquero tiene grandes semejanzas con el vaquero
español de hace 300 años, según observaba De la Cierva, un pariente del gran
inventor. Nevada, Colorado, Florida, Las
Vegas, San Francisco, El Paso, etc… Lugares descubiertos y
bautizados hace siglos no precisamente por los checos… Este verano pasado vi por
fin Apocalipsis
Now y aunque el sonido del film es extraordinario y la deriva del mismo,
admirable y su fama indiscutible, la película me supo a otro producto
narcisista más aunque, en este caso, de calidad. Los vietnamitas no tienen un
protagonismo específico encarnado en algún personaje o sujeto concreto, son
nadie, un grupo animado de fondo ante el endiosamiento malditista de los
personajes principales convertidos en monstruos sagrados y, lo que faltaba, adorados por los nativos. Lo dicho, vueltas
de tuerca en la autofascinación narcisista. Los vietnamitas como los mexicanos
en tantas lamentables ocasiones, son un solo personaje colectivo secundario. En
vez de haber un cineasta oriental que retratase la animalidad de los
norteamericanos, son estos los que se atreven a autorepresentarse, aunque
supuestamente sea con el toque exquisito de Coppola quien pretendía llevar a cabo una crítica antibelicista. La
verdad es que el cine norteamericano es lo que retrata mejor que nada la
ignorancia, precisamente, de los norteamericanos de prácticamente, el resto del
planeta, y no sé si esto es un efecto involuntario de los directores o una
probable protesta del propio lenguaje del cine. Una ignorancia que es tanto
como jactarse de no saber nada de la historia y cultura de determinadas naciones,
no teniéndolos en cuenta aunque la acción narrativa transcurra en tales países.
De esto último hay múltiples ejemplos. Personajes protagonistas norteamericanos
que se mueven por México, Francia, España o Italia, como si lo hicieran por el
patio trasero de su granja. Los norteamericanos, como en Bienvenido Mr. Marshall, siempre a lo suyo.

Cada vez que me acuerdo
de aquellas películas de catástrofes de los setenta, las de terremotos,
maremotos, incendios y demás, las veo encantadoramente ridículas, y más tontas
si cabe al sospechar el mensaje que todas ellas llevaban implícito. Se trata de
filmes claramente parareligiosos. Que los norteamericanos creen ser, como los
judíos, un pueblo escogido, lo
verificamos sobre todo en su historia colonial, en su manía por fundar sectas y
movimientos religiosos y en su preferencia por el Antiguo Testamento antes,
incluso, que por el Nuevo, que nunca han sabido abordar con racionalidad, salvo
en alguno de los mejores fílms de temática bíblica de la época clásica. Los
colonos del siglo XIX eran los nuevos profetas y América, la Tierra prometida…..
No es extraño de esta manera que se crean los destinatarios del Apocalipsis a
través de todas esas películas que menciono: El coloso en llamas,
Terremoto,
El
día de la independencia, Aeropuerto, La aventura del Poseidón,
etc… Ah, y Titanic, para no ir más lejos. La gran pedantería de los
norteamericanos radica en esta apropiación descarada de la trascendencia.
Ahora, eso sí, se trata de un tipo de trascendencia social, grupal, y no
subjetiva o personal. Los norteamericanos son religiosos, no místicos. Saben que son incapaces de producir un Tarkovsky, un Pasolini o
un Bergman, Y esto, con toda seguridad,
les humilla un poquillo. El cine verdaderamente serio es el europeo.
El otro día, pos
casualidad, zapeando, visioné un pasaje de la película Grupo salvaje. Un grupo
de pistoleros, al parecer, llega a una zona de México donde se alía con el
ejército opresor. En una fiesta donde se les acoge para realizar fechorías, el
par de individuos norteamericanos más salvajes del grupo no sólo quiere vino y
una buena cena para celebrarlo sino también mujeres. Se les suministran unas
cuantas chicas muy bonitas mexicanas con las que se bañan en un gran barreño
lleno de vino y montan una buena juerga. Confieso que me dio náuseas y mucha vergüenza
ajena. Estas escenas me las imaginé pero dándoles la vuelta: un conjunto de
forajidos mexicanos revolcándose con mujeres norteamericanas rubias y de ojos
azules. Imposible. ¿Hay alguna película donde esto haya ocurrido? Recuerdo la venganza que al respecto ejecutó Alex de la Iglesia en su película Perdita
Durango.
En esta misma película, como en tantas otras,
se vuelve a hacer escarnio aunque brevemente, de los modos de culto católico de
las feligresas mexicanas. Como siempre, personas muy mayores, rezando y
portando cruces en actitudes supersticiosas. Los norteamericanos siempre han
hecho esta caricatura de una religión que parece extraña o bárbara, cuando
resulta que se trata de cristianos, como si los norteamericanos no lo fueran.
Aunque de esto tengo serias dudas. Los norteamericanos son más bien satánicos,
como puede comprobarse en su cine, en Halloween, en su lamentable historia
criminológica, en el heavy metal, etc..

Al consumir cine
norteamericano también consumimos sus obsesiones y paranoias. Y estamos,
además, a un punto de asumirlas, lo que significaría que abandonamos la luz y
la racionalidad del catolicismo para convertirnos gradualmente al
protestantismo, es decir, a la nada oscura y sombría cuya única temática es, ya
sabemos: los muertos vivientes, los
asesinos en serie, la fascinación por la sangre y la muerte, y otras
encantadoras maravillas.
Aunque también es
cierto que ha sido un país protestante como Estados Unidos quien ha creado un
sitio como Disneylandia. La clave también está, creo yo, en la religión
protestante. Al ser liberados del sacramento de la confesión, los
norteamericanos protestantes, han creado un paraíso originario y cursi como
Disneylandia - que no está basado sino en los cuentos y tradiciones de Europa- del mismo modo que han tirado la bomba
atómica: porque a diferencia de los católicos ellos no tienen escrúpulos.
Parten siempre de cero, de la virginidad moral. Mientras nosotros arrastramos
una pendejada como la leyenda negra, ellos, creadores de las reservas indias,
del racismo contra los negros, de los horrores de Hirosima y Nagasaki, no
tienen conciencia de culpabilidad. El protestantismo al deshacerse de toda
autoridad y de casi todos los sacramentos, funciona como un sistema de lavado
automático de la conciencia ética. Uno no responde sino ante sí mismo. Todo
compromiso moral se resuelve en los circuitos ignotos de la mente de cada cual.
Ya decía el mismísimo Schopenhauer
que dudaba de que el protestantismo, comparado con el catolicismo, fuera una
religión.
