lunes, 16 de septiembre de 2019
sábado, 14 de septiembre de 2019
DIARIO DE ACUOSIDADES.
Es la primera vez que el agua de la riada llega a la entrada y penetra dentro
formando una pequeña piscina. Enseguida, este no poder salir de casa, esta
dificultad para el libre movimiento, esta limitación se convierte en una
erosión mental, en un empobrecimiento de la vida, en un regresar a lo salvaje.
Y te das cuenta de la enormidad que avanza la vida, del grado de sofisticación
y bienestar, cuando un adelanto técnico, un superar fronteras naturales, es
alcanzado. Basta que se vaya la luz para que ingresemos de inmediato en la
prehistoria. Si dominas en un solo aspecto a la naturaleza, ese bienestar
influye en todo, en tu manera de entender lo real, en el orden de las
prioridades. Si pierdes ese dominio, si una inundación te colapsa todo
movimiento y destruye tu hogar, vuelves a un estado de la vida inferior y eso
te humilla y te enrabieta. Pierdes sofisticación, grandeza.
Orihuela,
Zona Cero de la riada, decían los informativos. ¿Será posible que al escuchar
tal enunciado espectacular me sentía hasta incluso un tanto orgulloso….? Ya sea
a causa de algún desastre o por todo lo contrario, es difícil no sentirte
adulado por los medios cuando se fijan en ti. Cuando se acercan los micrófonos
y las cámaras parece, de pronto, que todos trabajemos para ellos.
Esta
mañana he tenido que dejar a España luchando sola contra Australia en el
campeonato de baloncesto para salir con la intención de comprar alguna vianda,
pues había parado de llover. Sensación rara esta de tener que luchar contra un
obstáculo natural al bajar y tener que ir andando a tientas a través del agua.
Un espacio común se transforma con la presencia de agua, lo que hay debajo
adquiere otra naturaleza, se vuelve extraño, onírico. La relación simbólica de
las aguas con el sueño emerge aquí.
Marchaba
pegado a la pared, sobre la acera que suponía sumergida allí abajo (lo que
antes estaba pero que ahora está bajo el agua, no sabes muy bien si está o no),
cuando vi un par de hermosas cucarachas en plena cópula. Estaba cerca el
arbellón. Seguramente, escapando del agua, y por tanto de la muerte, intentaban,
con desesperación y a plena luz del día, hacer lo único y máximo que podían
hacer por la supervivencia. Naturalmente, las aplasté con mi paraguas y
cayeron al agua. Encima de repulsivas, impúdicas. Enseguida sentí cierto
remordimiento. Sus cuerpos flotaban en el agua, la misma agua que me estaba
entrando por litros dentro de las botas.
En
el cruce de dos calles el agua casi me llega a la cintura. El agua que baja, en
forma de cordones giratorios, tiene una fuerza insólita. Sentí que el musculo
ingrávido del agua me empujaba y simulando un accidente, quería llevarse mi
cuerpo por algún agujero abierto de las alcantarillas. Cuando alguno de los
elementos naturales actúa con fuerza contra nosotros, imaginamos una intención
oculta, un deseo perverso de hacernos daño. Entonces resulta difícil no
personalizar.
Al
cabo del día, a la tarde noche me dice mi hermano que está deseando acostarse y
que venga el día siguiente. La jornada le ha parecido casi de pesadilla: inasistencia
al trabajo, problemas en el aparcamiento con una fuga de agua, inundación de la
entrada del piso, lleno total en el único Mercadona de la ciudad que ha
escapado al esputo de agua y barro, todo el día pendiente de cómo franquear el
obstáculo del agua…..Resulta bien explicable, claro. La mayor parte del tiempo, las necesidades primarias suelen estar satisfechas. Cuando
esto no es así y por accidentes o fenómenos naturales, tal regularidad se
fractura y lo elemental no es satisfecho o es impedido, nos sumimos en la
indigencia, en el primitivismo. Perdemos excelencia.
Agüica
del Segura, que rápido involucionamos cuando perdemos el poder de asegurar lo
elemental de la vida, aunque sigamos poseyendo el lenguaje, el instrumento más
sofisticado.
jueves, 12 de septiembre de 2019
HERMANA LLUVIA
Esa frondosidad del sonido del agua de lluvia
al caer, compuesto de cientos, de miles de gotas.
Esa frescura de renacimiento del agua de
lluvia.
Las gotas de lluvia como los átomos que
Demócrito intuyó componían la materia. Lo muy pequeño y pululante, composición
del mundo.
La gota de lluvia como la encarnación de lo
que integra el sustento de la vida.
La gota, asemejada por un simbolismo hermético
y patético, a la lágrima.
El ser plural de la gota. Una gota es todas
las gotas y la masa de agua es una infinitud de gotas que funcionan como una
sola entidad.
El agua distribuida, arpegiada, fluidificada,
articulada, conformada en gotas, gemas lucientes del elemento primordial, junto
al aire y al fuego.
Emociona escuchar cómo cae la lluvia con
fuerza redoblada. Emociona y asusta, admitir que cuando lo decide, la
naturaleza se vuelve intratable.
La naturaleza da, independientemente, de las
necesidades del hombre.
La naturaleza sigue sus procesos. Es un azar
que la conclusión de estos coincida con los intereses del hombre.
Adaptarse a los ciclos vitales de la
naturaleza es harmonizarse con ella. Podríamos darle la vuelta: harmonizarse
con la naturaleza es adaptarse a sus ciclos vitales.
Recuerdo el gran poema de Borges sobre la
lluvia publicado en su obra El hacedor
y aquel verso tan sorpresivo: la lluvia
es algo que sucede en el pasado. Sin
duda, la lluvia alude a una memoria arcaica, a algo fuera de nuestras
coordenadas sociales. Pero, observo que esta consideración, sin desaparecer ni ser
rebatida, se atenúa o pierde lirismo cuando la lluvia cae con rabia. Una lluvia cualquiera se sume en evocaciones y fascinaciones poéticas;
una lluvia torrencial cambia la tónica de esos signos, al convertirse en
desastre inminente. Entonces, aparece el caos y lo más arcaico y salvaje
sustituye nuestras impresiones y nos acordamos de nuestra indefensión ante los
elementos.
La lluvia es un don. ¿Somos capaces de
concebirla así? Y si lo es, ello termina por conducirnos a una concepción sacral
del universo. ¿De dónde procede el don?
El agua que revitaliza los cuerpos y la
tierra, el agua que limpia, el agua que
hace renacer… El simbolismo del agua es poderoso. Todo símbolo nos
conduce a una imagen mistérica del mundo y del cosmos.
El agua de lluvia es también un mensaje de lo
atemporal, de lo arcaico, de nuestra naturaleza dependiente, de la necesidad de
luchar y controlar a la propia naturaleza.
Cómo nos impacta o acaricia la lluvia según
dónde estemos: en un café, acompañados, solos, en casa, en nuestro dormitorio,
en la calle, en una ciudad extranjera…
La lluvia quiere jugar con nosotros, cuando nos
moja y moja también a nuestro
acompañante. Su provocación es picaresca. Quiere que sintamos nuestros cuerpos,
que bajo el agobio de la ropa mojada, se estimule nuestro erotismo.
Los charcos de agua eran la obsesión de los
críos.
La lluvia serena evoca el alba primera de la
creación.
ASCENSIONES
A penas han bajado las
temperaturas, el calor ha dejado un poco de incomodarnos y uno descansa
súbitamente de la marcha continua que supone el verano sobre el organismo,
ascienden las ganas, hasta ahora narcotizadas, de escribir, de recuperar la
lucidez perdida, y de disfrutar de otro modo el espacio y la calle. La bajada
del calor supone una conformación de mente y cuerpo ante las tareas de todos
los días y emerge, con esta suave recuperación del control, una alegría ante el
cambio, ante la renovación del tiempo y por lo tanto, de la vida, ni más ni
menos.
El horizonte amenaza lluvia.
Una frase hecha porque la presencia del agua debiera ser un advenimiento casi
sacral para el renacer de las cosas, de la tierra, del cuerpo y no la inminencia
de un desastre. El punto harmónico del mayor ecologismo debiera ser este: la
relación frontal con los elementos naturales, reconocer la necesidad ineludible
de los mismos.
Lecturas irrigadoras de René
Char. Me fascinó su descubrimiento, lo
leí con pasión, lo rechacé cuando me saturó su verbo y casi entendí que
seguirlo era faltar a la realidad. Y ahora, décadas después, su relectura me
coloca como al principio, expectante ante los descubrimientos de la poesía,
ansioso de imágenes. Y creo que esta embriaguez es legítima, porque no hay más
poetas como él y su complicidad es un estimulante de fraternidad e inteligencia
universales.
Virtuosismos oníricos,
demiurgias de la mente. Leo un par de líneas de un libro. Se trata de un libro
de viajes. Me quedo semidormido, y “veo” que el asunto referido en esas dos
líneas se materializa en un ente abstracto ante el que surge otro que es su
contrario. De repente, ambas proposiciones simbólicas, digamos, perfectamente
perceptibles, separadas y opuestas, chocan una con la otra en una fulguración,
convirtiéndose en una sola cosa, en un solo enunciado, integrando sus
contenidos en uno solo. Décimas de segundo a continuación, esa creatura
intelectual nacida de la unión de dos proposiciones de distinto signo, es como reabsorbida por un abismo y desaparece
totalmente. Nada de lo ocurrido ha ocurrido. Me quedo pasmado y divertido, como
si hubiera asistido a una suerte de espectáculo circense de carácter
fantástico.
Leyendo a Yuri Lotman tengo
la agradable impresión de que los más complejos procesos de la cultura son
susceptibles de ser explicados, analizados y clasificados en corpus
progresivamente más densos hasta su súbita finalización. Digo agradable porque
el lenguaje sigue ostentando el mayor poder clarificador en el que poder
confiar. Y Yuri Lotman también ofrece, él mismo, esta confianza, al no
perseguir ningún fin ideológico con su investigación y trabajo.
Este verano casi ha supuesto
un período de exilio de la vida. No he hecho otra cosa que esperar el cambio de
estación, la atenuación del calor, el regreso del viento fresco con sus nubes
al ocaso. El cielo de las tardes de verano ha sido siempre el mismo: una franja
sedosa sin color alguno, salvo una finísima coloración naranja a las nueve de
la tarde-noche, insuficiente para motivar los disparos de mi cámara
fotográfica. Todas las delicias del verano, hace tiempo, mucho tiempo, que sólo
las vivo a través del sueño y la evocación literaria. Sólo siento el mar donde
pasé los veranos de mi adolescencia. Y la adolescencia quedó muy atrás así como
el lugar en el que disfruté aquellos días. Puedo soñar que en un futuro
inmediato mi vida será distinta y que del mismo modo, el período veraniego,
también lo sea. Pero me complazco en engañarme. Paradójicamente, algunas
realidades, - unas cuantas, sí - sólo tienen consistencia para mí en forma de
sueño. Como tales realidades ya no existen, o ya no están o sólo las puedo
encontrar en la memoria. Pero confío, pese a cierta desesperanza, que el soñar,
junto al estro poético como secreto acompañante, dé forma a esas realidades que
todavía deseo y necesito.
lunes, 9 de septiembre de 2019
ESPECULACIONES LEGÍTIMAS
No sólo de pan vive el
hombre, dice el conocido proverbio bíblico. Yo conozco a alguno que, desde hace
cuarenta años, sólo vive de los libros escritos por los otros y de los libros
que sueña escribir.
Para Miguel Espinosa, Satán
es lo irreal que ha sustituido a lo real, a formas de vida menos alienantes y
más conectadas con lo mejor de la tradición. La irrealidad, es decir, lo
acategórico, ha vaciado a la vida de su sustancia, y lo que se despliega ante
nuestros ojos, es esa cosa pintoresca, virtuosamente absurda y fragmentaria que
es la vida moderna de todos los días.
Qué poder, qué cordialidad,
qué sinuosidad posee el lenguaje. A veces, tal y como estamos acostumbrados a
través de la lluvia mediática, un par de palabras forman un cliché que se va
repitiendo y que incluso usamos contra nuestra voluntad. En otras ocasiones, esos enunciados que van
desplazándose y viajando de la lengua a la práctica, resultan menos idiotizantes y más amables, incluso luminosos
y estimulan nuestra esperanza. El epígrafe que a una serie de textos
documentales propios, puso André Gide, me suena cada vez que lo recuerdo o lo
evoco, muy fraterno y humano, tan inteligente como nada autoritario y empañado
de piedad: No juzguéis.
El semiólogo ruso Yuri
Lotman recuerda la sutil observación de Florensky acerca de los sueños. En el
momento de recordarlos ya iniciamos una operación de inteligibilidad, de “traducibilidad”. El final o el principio del sueño son intercambiables en esos momentos. El sueño sólo adquiere entidad narrativa cuando tras recordarlo, intentamos
escribirlo o contárselo a alguien. En esos momentos, dice Florensky, el sueño
se convierte en otra cosa de lo que era, pues el principio y final son, en
definitiva, términos que la narratividad impone por su propia lógica, no por la
del sueño originario. El sueño, apenas titilante en el umbral de la conciencia, no posee consistencia alguna, está a punto de precipitarse en el abismo de la
no vigilia y perderse, olvidarse para siempre si no es rescatado por ese poder
de la razón, apenas lúcido de verdad, que le dé conformación y lo transforme en
una historia.
René Char debería haber
escrito en una lengua más matérica, más contundente que el francés, como el
español, o el griego. Leída en español, la poesía de Char revela un poderío
verbal, una altura litúrgica de la palabra que en francés queda reducida a
floración sensorial, a operación intelectiva. El estilo de Char descubre
registros en el propio castellano que no observo con tanto brío en el francés
nativo,
Leo en las redes que a
veces, y para los propios argentinos, Cortázar, parece cursi, y que ya no ocupa
un primer lugar en el imaginario de los latinoamericanos, lugar que ocupa Bolaños. Bueno, es habitual que esto ocurra, que tras haber frecuentado a un
autor y a sus obras y aun amándolo, nos distanciemos con cierta energía y
prefiramos otras literaturas. El primer rechazo que sentí contra Cortázar, fue
en algún momento de los noventa, cuando tras haber disfrutado a rabiar con su
obra años antes, experimenté cierta saturación o creí observar caduco el
horizonte ideológico que traslucían algunos de sus libros. Pero este rechazo no
es sino la primera fase de un proceso de acercamiento-distanciamiento, que
solemos experimentar con las obras de los grandes autores y que consta de esos movimientos de repulsa y atracción que, tras ser atravesados, cierran la
historia de nuestra relación con la obra del autor en cuestión o la abren
indeterminadamente a esa dinámica. Actualmente, tras haber pasado por el Cortázar
implicado políticamente, por el Cortázar afrancesado hasta el sumun, por el
cursi y metaliterario, disfruto de una reconciliación, creo, ya, irrompible y
duradera. Me sigue gustando como cuando lo descubrí y leí en los ochenta, me
sigue gratamente sorprendiendo su inteligencia tranquila, sus asociaciones, su
inventiva narrativa y su infinita literatura fragmentaria, un género en sí
misma. El humor, la ternura y la lucidez permanecen intactos actuando en sus
libros con esa dosis que los hermana en la memoria, haciéndonos cómplices, a
través de la aventura secreta de la lectura, de una valoración irónica del mundo y de
las cosas.
El dicho de Wallace Stevens:
A la larga, la verdad no importa, (o
deja de ser algo prioritario, si no recuerdo mal) no sé si resulta precisamente
luminoso. O bien nos quiere decir que ante la infinitud del paso del tiempo,
todo se confunde en la memoria y no se discierne un relato para cada cosa que
nos ha ocurrido, que la vida es demasiado prolija y larga y azarosa como para hacerla depender de ideas o de
verdades; o bien, que somos incapaces de trascender nuestra vejez y que lo que
encendía nuestros ánimos y nuestros sueños, acaba perdiéndose en esa etapa
final de la vida. Bueno, ambas cosas son la misma: no poder remontar el tiempo,
no poder vencerlo y colocar nuestros ideales delante nuestro para que
estimularan y motivaran por siempre nuestras almas. Este desechar, nada menos,
que la verdad, ¿es algo que pueda tranquilizarnos, o todo lo contrario, una
constatación melancólica que no solo relativiza sino que destruye nuestros
mitos? ¿Escribió esto Wallace Stevens
enrabietado por lo que descubría en la vida de carente de destino, o se abandonaba a la liberación de toda
inquietud ética o filosófica? ¿Le faltaba energía a Stevens cuando elaboró el
aforismo, o lo escribió por despecho ante ciertas doctrinas, ideas, o
experiencias?
miércoles, 4 de septiembre de 2019
UNA VISITA AL MARQ DE ALICANTE Notas. La espeleología es una memoria.
Fascinación durante los
preparativos del viaje. Ir a un museo es visitar un lugar onírico- recuérdese
las observaciones de Walter Benjamin en su famoso Libro de los pasajes –. Un museo es un lugar de reparticiones
espaciales, aparentemente estáticas, pero que cuando son visionadas durante una
visita atenta, producen paulatinamente
el sentido de un orden estético e histórico. Las estancias, los cuadros,
las estatuas, los más diversos objetos reposando en sus cubículos de cristal,
todo ha sido colocado en una determinada posición y linealidad y conforme vas
identificando geografías y yacimientos, utilidad de los objetos, contexto, todo
ello te va hablando en silencio sobre una causa mayor a la que corresponden y de la que son consecuencia
concreta. La civilización consta de la serie de pormenores ordenados de una
trama social y simbólica. Dicen que el MARQ es uno de los museos más
sofisticados de Europa. Comprobaremos cómo trata, cómo ordena la marabunta de
objetos y obras artísticas que han ido emergiendo de la arena, de las franjas
de tierra, de herencias particulares, de los más insólitos recovecos.
Al entrar, nos topamos con
la sala temporal de exposiciones. En esta ocasión, Persia. Observo esos
relieves asirios, porosos y sólidos a un tiempo. Estas formas pertenecientes a
épocas antiguas, son abigarradas y uniformes. Cómo estas características
aparentemente opuestas van conformando una imagen general de una civilización.
Los relieves, las estatuas no dependen de sus enclaves materiales concretos:
desde su superficial estatismo, emprenden el vuelo, propulsan una estela de
fulgor permanente.
Conceptos, objetos nuevos:
ritón. Qué surtido de elementos rituales danzando en torno a la construcción de
un gran significado, de una divinidad a la que se le sirve o se le evoca.
Inercia de estos objetos, que cuando no son utilizados, son sólo eso, objetos, pierden
su antigua capacidad de ser transmisores de energía y se convierten en
cachivaches herméticos.
Pasamos a la sala de la era
moderna, a la izquierda, apenas entras al museo. Impresión ante los frondosos libros de los
arqueólogos del siglo XIX expuestos, objetos arqueológicos ellos mismos.
La sala de la era moderna es
como un largo rectángulo cuajado de exposiciones, vitrinas, objetos y una
alargada pantalla con un video donde se recogen filmaciones antiguas de la
ciudad o de la provincia de Alicante. Como siempre, esa impresión sepìa del
XIX, es denso tono marronáceo, se impone, descolora todo otro tono. Resulta
difícil imaginar azules en plena camaradería con los chalecos, las gorras las
chaquetas o los blusones pardos o grises de la época. Sensación específica: el
XIX parece más antiguo o momificado que las restantes épocas. Quizás es por su
cercanía en el tiempo que me parezca como más apergaminado o machacado. Recuerdo
lo que decía Baudelaire sobre su tiempo: el siglo del luto. Los restos romanos
o íberos son límpidos objetos, nobles formas de una era perenne que ha vencido
al tiempo. Precisamente, al estar ubicados, con respecto a nosotros, más lejos
en el tiempo, se han librado de él.
Taxiphoto,
un visor estereoscópico, nuevo invento de la época, que desconocía, como
producto de la investigación sobre el movimiento de las imágenes que se
desarrollaba entonces. El armatoste llama la atención, y aunque lo que se
pudiera ver dentro en evolución nos
pueda parecer hoy rudimentario, a mí me impacta, me hace soñar con el momento
en que el visionamiento se produjera. Cada instante de la vida ofrece su
entusiasmo, su ilusión específica. Me molesta despachar demasiado rápido las
singularidades de un aparato como este por el consabido motivo estereotipado del
progreso histórico. Hay que desmaterializarse en las texturas del momento para
conocer la imaginación de la sociedad y la del hombre de esa sociedad, no para
blindarnos con la obligada edificación de una teoría.
Estando en la sala de la Era Moderna, hago un
esfuerzo de concentración y relajación, al mismo tiempo y lo consigo: efecto
alucinatorio como consecuencia del video que no cesa de proyectarse y el
entorno lleno de objetos de época: asientos, monedas, cartas, distintos
documentos escritos, fotografías, pistolas, libros… De pronto, durante apenas
segundo y medio, levito en medio de la sala, mientras turistas franceses pasan
a mi lado sin advertirlo. Disfruto de las concesiones de la historia
materializadas en imágenes y objetos. La película que proyectan es el pasado
remoto de 1900, pura y egregia fantasmidad, realidad efectuada en el tiempo,
tiempo que se desliza delante de mí desde su confinamiento inasible, mientras
que paralelamente a este suceso, los objetos que reposan a mi lado, son los que
se usaron en aquel tiempo filmado que veo, insólitamente, pasar. El pasado,
deja, por inercia, todas estas herramientas y útiles, todas estas
construcciones del ingenio del momento, que van del mencionado Taxiphoto a
pilas domésticas de agua bendita, de legajos inexcusables a vasos decorados o
instrumentos de destilación de licores. La fascinación es muy breve, pero tampoco puedo negarla. Ante mí, lo que el
tiempo produce y ha sido, se desborda en percepciones sensibles y cosas reales
que puedo tocar, el tiempo ha sido y ya no es, el tiempo no existe y sí existe,
al mismo tiempo, pues nadie habitó el pasado: la gente filmada en 1900 que veo,
vivían el ahora, su ahora. No se movían por conceptos prejuiciosos de tiempo
como hago yo para envolverme en evocadoras nostalgias. Pero, de todos modos, no
puedo dejar de teorizar sobre ese flujo de seres idealizados, de poetizar. El
pasado, aunque sea inmediato, es fuente de ensoñaciones.
Qué estricta conjunción de
la memoria, qué juego metapoético o metahistórico, la breve pero rotunda
superposición de tiempos históricos que se deriva de esa ilustración del XVIII
que refleja a un artista pintando el monumento más antiguo y representativo de
Villajoyosa. La serenidad de lo clásico contrasta con la extravagancia de las
indumentarias del dibujante actual, es decir, la del personaje dieciochesco.
Jarro en azul beretino,
quizá procedente de alguna familia burguesa que lo tendría colocado en el
salón, donde entrarían algunos rayos de sol, o en el pequeño recibidor de la
casa y que marcaría su posición punteando de pequeñas vibraciones azules la
atmósfera apagada de la casa. El azul es un lujo soñador de las estancias
modernistas y simbolistas. La existencia de ese solo jarrón ¿quiere decir que ya
todo el mundo, a principios de siglo XX, en Alicante, era modernista? ¿Puede
ser una época modernista sin que lo sean los individuos?
Tenía razón Walter Benjamin.
El museo es un lugar onírico. Y llama la atención que ello no sea
conscientemente constatado por sus usuarios, más atraídos por los archivos y
las cronologías. Cómo enfrentarse a lo que los tiempos nos han legado si no es
alucinándose ante la realidad de su haberse dado en el tiempo real.
Además de ánforas hay anforetas.
El vértigo del tiempo alojado
en las piezas más minúsculas y aparentemente insignificantes: la cantidad de
información que nos da un diente prehistórico.
Las figuras de alabastro de
la Edad del Bronce recuerdan, perfectamente, obras de Brancusi. Ya se ha
escrito mucho sobre el tema, de cómo las más rabiosas y rompedoras vanguardias
de principios de siglo XX, se dan la mano con las obras más antiguas, de cómo
comparten la eficacia de las formas sintéticas. Las vanguardias pusieron de
moda el arcaísmo, proponiendo, estéticamente, el final, la culminación de la
Era del hombre. Por otro lado, pienso en esos exvotos íberos con formas de
caperuza. Son iconográficamente, figuras de extraterrestres. No sé por qué no
ha cundido literatura a propósito de esta caprichosa semejanza. Al parecer,
figuras antiguas de marcianos sólo tienen que aparecer en regiones exóticas,
como en México, en la cultura maya.
Objetos rituales de oro:
ritones, que servían para que el agua sagrada irrigara lo que simbólicamente se
sacrificaba u ofrecía. Qué bien le hubiera venido a la poesía de Lezama Lima
cosas como estas, a no ser que las haya utilizado ya: objetos de las más
variadas maneras cuya función estaba precisamente reglada e instituida. Las
religiones antiguas pueden ser brutales en alguno de sus manejos, pero se
muestran absolutamente coherentes y firmes con respecto a lo que pretenden o
postulan. No hay medias tintas en lo que respecta a la utilidad y significado
del ritual.
A veces descubrimos que la
suma de los siglos no es nada. Ante mí una cuchara de 600 años antes de Cristo.
El objeto me es tan familiar, esa cuchara tan nítida y racionalmente diseñada
es tan absolutamente igual a la que he utilizado hoy mismo, en casa, a la hora
de comer, que me cuesta, o mejor, me es imposible imaginar el tiempo que dista
entre la mía y la de la exposición. Con
los antiguos podemos ser contemporáneos en la inteligencia, en el ejercicio de
alguna invención tecnológica, como por ejemplo, esta cuchara imposible. De
nuevo, la observación de Whitehead, “el objeto es atemporal”, acierta en las
acepciones de objeto como algo formal, como producto. Me es imposible, observando la
cuchara, pensar en genealogías dirimiendo las formas prototípicas de los
cubiertos de la mesa, o en el tiempo que le llevó al hombre inventar, dar con
la forma de la cuchara. Ahí está, fuera de las grávidas orbitas del tiempo y de
la historia. La cuchara jamás fue inventada, siempre estuvo ahí.
Ante algunas
representaciones de la diosa Deméter, reparo en la elegancia, en la soberanía
ineludible de la estatuaria clásica. Esos bloques de piedra, qué sensualidad,
qué ligereza, qué gracia adquieren con el toque del artista. Con tan sólo
presentarse ante la vista, este arte expone toda su majestuosidad, toda su
belleza como objetivo único y perenne. La eternidad y la serenidad le pertenecen. Y qué harmonía
despiden a su alrededor estas imágenes, qué terso y supremo orden establecen en
el mundo de las formas. Observando y elogiando de este modo a la escultura
clásica, le das la razón a quien identifica este arte con una de las más
supremas civilizaciones.
Si yo hubiera nacido en la
antigüedad, es decir, durante el imperio romano o en la Grecia clásica, qué
destino hubiera sido el mío… pero sé que esto es imposible.
Todos los conceptos o
disciplinas que se derivan del estudio de lo antiguo y que poseen ese atractivo
de analizar la solidez de los posos del tiempo. Por ejemplo, “epigrafía”. En
cierto sentido es lo que no paramos de hacer: interpretar, al mundo, al
prójimo, a la mente propia. Somos tan extraños que de uno a otro, hay como
siglos de distancia, somos poblaciones remotas los unos para los otros. La gramática de nuestros abuelos, por
ejemplo, los usos lingüísticos del XVIII o del XIX, qué extrañas nos parecen.
Hay que hacer un esfuerzo
con la imaginación e intentar ubicarse, aunque sea por instantes, en la época y
disfrutar de un sorpresivo efecto de revelación. Esto me digo observando un
fragmento de estuco coloreado: las casas, los templos estaban pintados, la antigüedad estaba llena de color.
Observando la decoración
interior romana, me fijo en las líneas pintadas que demarcan paredes o
fragmentos concretos de lienzo. Me pregunto por el origen de estas líneas,
sobre su función específica. Es como un pensar dos veces las paredes, como una
réplica lineal de las mismas con la intención de colocar algo dentro de esa
enmarcación, o intensificar el color de las paredes en tales zonas. Las líneas
no molestan ni a la vista ni a la percepción del espacio ni al uso de las
habitaciones. Es como una demarcación sutil y fina que en realidad hace levitar
la pared sobre la mera inercia de la piedra. Decoración geométrica que
meramente se hace eco de las líneas rectas de las paredes, multiplicando
internamente el espacio, distribuyendo zonas para pintarlas de modo distinto o
colocar cuadros. ¿Por qué se llaman las pinturas, cuadros? Quizá por esa misma
lógica geométrica. Modernidad sorprendente de los interiores romanos. Esa
funcionalidad a la que no le sobra ni le falta nada.
La visita a la sala de la
era romana, me lleva, finalmente, tras las observaciones anteriores, a pensar
la vida de todos los días en la época, cómo se percibían las cosas, el arte, cómo
era la vida social. Un complicado instrumento que servía para la
compartimentación de la tierra de cultivo, me hace pensar que las complejidades
tecnológicas siempre han existido en todas las épocas. Sólo el delirio
actual, que cree paralelo el progreso
tecnológico al cultural y social, se autocorona como el apogeo de la invención
humana, enarbolando cosas como la realidad virtual, las impresoras en tres
dimensiones y los adelantos sin fin integrados a los teléfonos móviles. En
realidad, una visita a la era que sea, nos revela la excelencia humana y la
futilidad de nuestros prejuicios despreciativos con respecto a lo antiguo. Los
templos, las casas y las estatuas coloreadas, tal y como eran en la antigüedad
y en realidad, acaban con el concepto romántico de ruina, adorado por germanos
y góticos. La ruina se convirtió en motivo propio del arte y se la ilustró y se
la produjo literaria y pictóricamente. Pero, de dónde procedían las famosas
ruinas: de los colosales y bellos imperios romanos y griegos, universos ajenos
al abandono y el regodeo espectral de la ruina. Los románticos se embriagaban
con el aura que envolvía a las ruinas, se solazaban con el desastre del tiempo
ejecutado sobre soberbias arquitecturas. Los clásicos, simplemente, producían
esas arquitecturas sin ningún concepto brumoso de aura gravitando sobre sus
planos. Al imaginar la antigüedad plena de color, con más razón pienso que se
la conceptúe como el período clásico de la cultura occidental.
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