miércoles, 31 de diciembre de 2025

DOS NOTAS




Me gusta la poesía de Gimferrer. Iba a escribir, “Todavía me gusta…” ¿Qué quiere decir esto: que me encantaba la obra de este autor hace unos años, pero que me he distanciado de su lectura, que ya no la venero como antes, cuando tenía veintitantos años y todo era pasión e inteligencia apasionada? Lo que quiere decir es que a pesar del tiempo transcurrido, me sigue interesando la poesía y que la ofertada por Gimferrer en concreto, aunque en algún momento su lectura se vea aureolada por ciertos destellos melancólicos al remitirme a un pasado más feliz y menos complejo que el tiempo presente, consigue ilusionarme y fascinarme con su belleza y despliegue de imágenes. Entonces ¿sobre quién pesa más el tiempo: sobre la obra de Gimferrer o sobre sus lectores, en este caso, yo?

 

Con el paso del tiempo,  - el fastidioso tema de siempre que lo modifica todo - , no es que nos hartemos de los libros que hemos leído con placer y pasión, sino que la fe ciega que practicábamos con aquellos autores que leíamos sin que admitiésemos crítica alguna porque eran nuestros preferidos y nos volvían locos, cede en unos cuantos grados. Antes lo que eran genialidades de un estilo, ahora ya no nos lo parece tanto; antes lo que identificaba la escritura de un novelista o poeta que disfrutaba de nuestro seguimiento sin fisuras, ahora nos fastidia, nos parecen manías prescindibles. Antes, el universo que representaba la obra de un escritor era irrefutable, nadie podía describirlo mejor. Ahora ya no nos sorprende tanto lo que cuenta, podría decirse de otro modo, combinarse sus elementos en acorde con la abundante información de que disponemos actualmente. De todos modos, aunque la emotividad y expectación que la literatura de un autor nos ofrecía en años pasados, haya decrecido o incluso casi desaparecido, debemos darnos cuenta de que todos estos procesos son subjetivos, es decir, dependen de la ubicación intelectual y vital que ocupemos o que vayamos ocupando, y que el placer que nos procuraban estas obras literarias de nuestro pasado, puede  súbitamente regresar, según las metamorfosis intimas de nuestros deseos. Por ejemplo, cuántas veces me creí distanciado definitivamente de la poesía surrealista o expresionista, y me sorprendí a mí mismo, volviendo a frecuentar los libros que devoré en la adolescencia y primera adultez. Teniendo en cuenta que la obra literaria es una oferta de mundos específica diseñada por un creador particular, todo encuentro con un libro supone un remover, un estimular, un activar tanto nuestra imaginación como nuestra memoria, de tal modo que la inmersión en la obra literaria puede implicar un viaje renovador en el tiempo a las fuentes de la inspiración ubicadas en un texto leído hace cuarenta años o bien, antes de ayer. Se dice que no hay hábito mejor que la relectura, y estoy de acuerdo con ello, porque al practicarla descubres aspectos y significaciones que no eran tan manifiestos en la primera lectura. Descubrimos de este modo un pequeño milagro, la capacidad de la obra literaria para renovar sus símbolos, la vida concreta que la obra exhibe en cuanto una nueva lectura detecta dimensiones no percibidas anteriormente.

domingo, 28 de diciembre de 2025

EL CUERPO ETERNO



 

Yendo más allá de todo somero encasillamiento semiótico, decía Lezama Lima que el traje no viste sino al alma, es decir, que en el despliegue de las telas, la significación de las mismas, califica e identifica el rango en devenir de cada espíritu.

También es cierto que los distintos cortes y estilos del vestir, definen la dinamicidad de los cuerpos, cómo acometen el espacio que les circunda. Y con ello, además del porte, la elegancia y el rango íntimo, también se revelan los límites  de la eclosión erótica.

Este último detalle es bien importante y yo diría que determina nuestro gusto o rechazo ante el vestir de algunas épocas.  Por ejemplo, la moda de los años treinta, cuarenta y cincuenta, en Europa y América me resulta seca, plana, antierótica, pobre, cuasi detestable, aunque fuera un Balenciaga quien ideó por entonces la elegancia femenina. Es a partir de los sesenta que el cuerpo empieza a despojarse de encortesamientos y tendencias talares o rígidas, experimentando una liberación notable para encarnar su erotismo  a través de prendas más ligeras y más ceñidas que marcan el atractivo de las líneas y curvas.

El que el vestido sea históricamente diferente y venga a ser la representación política del control del cuerpo, de algún modo lo experimento con las fotos interminables que existen de la modelo Betty Page.

Acabo de decir que siento un rechazo que podría codificarse como puramente estético más que instintivo hacia esas modas del período de entreguerras y algo después. En las fotos de Betty Page puedo anotar y precisar este disgusto independientemente del atractivo de la chica. Es decir, que mientras Betty Page ejerce un indiscutible atractivo en mí y su tipo físico no viene determinado por la moda del momento sino que tiende a escapar de ella, en cuanto algún trapajo de los cuarenta o principios de los cincuenta ciñe partes de su cuerpo, tales partes dejan de parecerme eróticas y es como si su sensualidad originaria se frustrase bajo lo desabrido de la prenda. Lo explicaré brevemente con ejemplos.

 


En esta imagen, las medias combinan muy bien con la esbeltez del cuerpo. Pero la prenda en negro que lleva chirría, no está lo suficientemebnte ajustada al cuerpo. Es una prenda "antigua". 



Algo parecido ocurre con esta otra foto. De cintura para arriba, nada que objetar, pero de cintura para abajo, la prenda se ha enredado en pura retórica y no me parece erótica. Incluso, al contrario, me produce cierto repelús.

En definitiva, ¿qué quiere decir todo esto? Que los códigos culturales sí determinan gustos y erotismos y que en este sentido, el ámbito del traje es en donde se certifican con total visibilidad  todas las evoluciones de la elegancia y la sensualidad y la libertad del cuerpo.

lunes, 22 de diciembre de 2025

LENGUAJE COMÚN


Últimamente no hago otra cosa que comprobar cómo el lenguaje, las expresiones corrientes que usamos, incluso las frases hechas y otros estereotipos verbales hacen posible la comunicación entre personas de muy distinta índole cultural y social. Puedo irme, por ejemplo, al caso extremo de criminales intentando explicar ante las autoridades porqué han actuado de la manera que lo han hecho, o por ejemplo, en una encendida discusión vecinal en la que los contendientes son de un nivel cultural bajo y, sin embargo, llegan a un acuerdo provisional a través de expresiones predeterminadas.

En realidad este fijarme en cómo se comunica la gente no traduce sino una angustia personal cuyas incidencias específicas no precisaré aquí. A veces, cuando te das un atracón de información, cuando se te ocurre, temerariamente, abandonarte ante el televisor o la pantalla del ordenador, se te pueden colapsar las resistencias que como ser humano, medianamente civilizado, posees. El egoísmo general, el sectarismo, la violencia ambiental, el clima generalizado de rechazo, bombardean tus depósitos de esperanza. Una cosa es estar al día y otra dejar que la masa de imágenes y de noticias basura te saturen el cerebro.

Pero hay posibilidades de renacer, de continuar y de considerar el lenguaje como algo mucho más denso y complejo que un apoyo inmediato. Cómo me sorprendo a mí mismo empleando locuciones, palabras y dichos que mi padre o mi madre empleaban cuando yo era un adolescente y que poseen toda su contundencia y claridad familiar. Es entonces cuando tiembla en mí una esquirla de luz muy singular. Cuando percibo esto, además, en un amigo o familiar, es como si la memoria de nuestra idiosincrasia y de nuestro pensamiento fulgurara súbitamente para asegurarnos de que el hilo vital que nos une como generación de hablantes no se pierde ni se perderá. 

sábado, 20 de diciembre de 2025

UN LIBRO, ¿SALVA LA VIDA?


A mí me ha ocurrido ya tantas veces que casi ha perdido su magia. Me refiero a la circunstancia siguiente: tarde deprimente, soledad total, horas de secreta agonía en devenir y como única salida, irme a andurrear por ahí como un condenado y entrar por un azar en una librería o centro comercial y encontrarme con el libro que soñaba hallar. 

No tengo mascotas, pero en ocasiones como esta en que ante la ausencia de amigos, familiares y ánimo vital propio, y en las que el encuentro con un libro te salva de la tristeza mortal de una tarde sin vida, no puedo sino afirmar que el libro se revela como el mejor amigo del hombre, es decir, del desolado, del amante solitario, del poeta sin destino. 

Con el libro que te interesa en las manos todo recobra, súbitamente, el sentido, vuelve a brillar la esperanza en el horizonte íntimo, y tu imaginación se integra a un cosmos de signos y referencias. 

Esta tarde de ambiente navideño amenazaba con sepultarme en el olvido, y al encontarme inesperadamente con una librería abierta, he entrado y apenas rastrear el material, me he encontrado con este libro de Josep Pla sobre uno de esos artistas que tan gratos nos pueden resultar pero que no se encuentran en la primera línea de los pintores comúnmente nombrados: Santiago Rusiñol

Recuerdo las deliciosas páginas de memorias en las que el propio Rusiñol nos hablaba sobre su experiencia bohemia en París. No espero menos de estas de Pla, escritor siempre tan sabroso y fluyente, tan ducho en el uso rebosante del adjetivo. 

Actualmente no hay grandes gurús en el ámbito del arte pictórico. Desconozco el itinerario último de un Barceló. Rusiñol fue un gran artista de su tiempo pero también un personaje destacado y admirado. Supongo que este texto se nos hablará de aquella época en que los sacerdocios en las artes sí estaban justificados por sus notables protagonistas. 

martes, 25 de noviembre de 2025

YO ERA UN FOTÓGRAFO FAMOSO Y UN DÍA....




A veces, el poder de evocación de una fotografía resulta más específico que el de la pintura. Esta imagen de Lucien Clergue, tomada en Estados Unidos en 1980, suscita en mí una fuerte ensoñación, recurrente durante aquella década, cuando creía que mi futuro era el de ser pintor o fotógrafo. La ensoñación, es quizá previsible. Yo soy un destacado fotógrafo, reconocido por mis contemporáneos. Se me encarga hacer una serie de reportajes urbanos de la ciudad de New York y allí me dirijo con mi equipo. En la dinámica cosmópolis, conozco en un restaurante a una modelo que además estudia Bellas Artes. Nos enamoramos locamente y la voy llevando a los hoteles y rascacielos más imponentes del lugar en donde le hago un montón de fotos. Esta en particular, la correspondiente al fotógrafo francés, es una clara puesta en escena de tales fantasías. Hemos viajado a Houston, alquilo el ático del rascacielos más espectacular de la ciudad, y le hago una foto un tanto vertiginosa, pues la modelo se pega a la ancha ventana desde la que se divisa el parking del edificio. Que la imagen sea de un lejano, casi remoto año 1980, ratifica el caracter iluso de mi ensoñación, confirma que toda feliz evolución erótica quedó varada en el pasado, pues actualmente no encuentro confín o lugar que me provoque las mismas ensoñaciones.    

EL FUEGO SEMEJANTE


 

En el orden de la representación estética, ¿qué diferencia existe entre una jirafa en llamas y una tuba ardiendo? Nos referimos a la jirafa daliniana (Salvador Dalí) y a la tuba margriteña (René Magritte), valga el neologismo que más bien parece un gentilicio surrealista: así se llaman los que son del país de Magritte.

Ambos artistas pertenecían al movimiento surrealista, cuyo onirismo programático les dictó tales fantasías. Teniendo en cuenta la plurimetaforización de lo surreal, demasiado hubiera sido que los dos artistas hubiesen elegido el mismo motivo para sumirlo en indoloras llamas. Pues aquí el fuego es absolutamente simbólico, es decir, sacraliza al objeto que incendia sin destruirlo. Una de las claves tanto del surrealismo como  de las obras de Dalí y Magritte, es la poesía. Nos movemos aquí  en explicaciones tautológicas, pero no nos excederíamos si indicamos que el resorte metafórico de toda poetización es el mensaje central de la libertad creativa surrealista. La pulsión conceptual de la poesía a través de un repertorio virtualmente infinito de imágenes es lo que relaciona la obra de ambos pintores. La repetición de una representación es sólo una coincidencia en la convergencia creativa. ¿Qué tiene que ver una jirafa con una tuba? Pues lo mismo que un paraguas con una mesa de operaciones: la lúdica asociación de todo lo cuantificablemente relacionable y existente.  

 

martes, 18 de noviembre de 2025

EL TIEMPO ESTÁ PASANDO Y NOSOTROS SOMOS SUS RELATORES



Cuando los lunes, iniciando la jornada de “trabajo”, me coloco ante el ordenador y busco en mi imaginación, en el repertorio infinito de imágenes de la red, cualquier tipo de estímulo con el que dar la señal de salida a la escritura, me asalta una viscosa mezcla de melancolía y frustración, un querer hacer y un darme cuenta de que ya es tarde para emprender determinados asuntos,  una percepción de las cosas que han sucedido en los últimos años que viene a convertirse en  confirmación: el  tiempo de la vida ha pasado.

Cierto es que apenas echo un vistazo a la actualidad, al debate social, al estado de la política, al número de protestas que ha habido a lo largo del día en la mayoría de las ciudades españolas, me encuentro con que la gente lucha, con que a pesar del viciado discurso a que asistimos, la información continúa significando libertad y democracia, que la vida sigue.

Pero, a pesar de ello, abro el ordenador a la tarde después de comprobar la vitalidad de la movida general, y como una hoja del árbol autumnal de la vida, se desprende lentamente ante mis ojos.

Compruebo que aquella gran actriz que tanto me encandilaba a ms veinte años, falleció hace unos meses, que no existen señores de la palabra en el ámbito creativo poético, que  los grandes creadores literarios o los filósofos destacados, o se reducen a un par de nombres ya rutinarios o no se han renovado. Que las tertulias exquisitas han cambiado tanto de partícipes como de temáticas, que no hay exquisitez intelectual en ningún ámbito, que la polémica ya sólo puede ser de índole económica o política.

Sí,  conozco perfectamente la razón generacional de esta melancolía. Los jóvenes que se van instalando en los puestos y enclaves que antes ocupaban los míos, lo hacen con un vocabulario menos selecto y más restringido, a mi modo de ver, con distinta gracia y soberanía, y a través de otras temáticas, invirtiendo las prioridades que nosotros despachábamos con humor y creatividad intelectual, sin el aura de las humanidades esplendiendo sobre sus motivaciones ya que han elegido otros duendes con los que llevar a cabo sus andaduras.

La realidad  es un depósito de fenómenos ignotos a punto de estallar cada día. No sabemos lo que la neurociencia, los estudios arqueológicos e históricos, otras investigaciones de la medicina o de la física estelar pueden revelarnos en los tiempos venideros. Esto es lo que me da esperanza.  

Este es el gran misterio: la gente, las personas que conocemos y amamos van desapareciendo, van muriendo, pero al mismo tiempo, este presente que habitamos es una rampa de lanzamiento continuo de realidad y de realidades que hay que interpretar y gestionar. La muerte se produce, increíble y tristemente, pero el tiempo, simultáneamente, no se cancela. Sigue habiendo otras existencias, asuntos que el devenir hace refluir ante  todos, objetos complejos de la cultura que nos retan a tantas otras lecturas, horizontes de mundos que no cesan de perfilarse y que requieren de nuestra entrega e implicación para ser comprendidos y definidos.

Por ello digo que: el conjunto de las cosas que ocurre, me emociona, me impacta, que el mundo actual me intriga y fascina,  pero que no voy a reflejar los aspectos de la realidad que los periodistas hayan elegido previamente como imperativos ni perder el cualitativo don del lenguaje desde el que dejar de definir mi puesto en la suma de las circunstancias.

ECLIPSAMIENTOS ORIOLANOS